
Una libra de pimiento a 600 pesos cubanos fue el punto de partida de una reflexión publicada este domingo por José E. González Marín sobre el encarecimiento de los alimentos en Cuba y las dificultades de quienes trabajan durante todo un mes sin conseguir ingresos suficientes para cubrir las necesidades básicas de sus familias.
«En Cuba, hasta un pimiento se ha convertido en un lujo», escribió González en una publicación en Facebook, donde cuestionó la distancia entre los salarios y los precios de productos cotidianos que antes formaban parte habitual de la alimentación.
El autor describió la frustración de cobrar después de un mes de trabajo y comprobar que ese dinero apenas permite resolver la comida durante unos días: «Hay algo profundamente humillante en trabajar un mes entero y descubrir que, cuando llega la hora de llevar comida a la mesa, el dinero apenas alcanza para sobrevivir unos días», expresó.
En su reflexión aclaró que no estaba hablando de viajes, vacaciones ni grandes aspiraciones económicas, sino de una necesidad elemental: poder alimentarse sin que cada compra represente una preocupación.
González eligió el pimiento para ilustrar una situación que considera especialmente dolorosa, precisamente porque se trata de un ingrediente asociado a la cocina doméstica y a preparaciones tan habituales como el sofrito y los potajes.
«Miremos un ejemplo tan sencillo como doloroso: un pimiento a 600 pesos la libra», señaló.
«Un pimiento. Ese ingrediente humilde que durante generaciones formó parte de la cocina cubana, que acompañaba un sofrito, daba sabor a un potaje o completaba cualquier comida sin convertirse en motivo de preocupación», recordó.
Para González, el problema no se limita al precio de una hortaliza, sino a lo que representa para las personas que dependen de ingresos en pesos cubanos.
«Hoy, verlo a ese precio es mucho más que encontrarse con una cifra absurda. Es contemplar, en un solo producto, la distancia brutal que se ha abierto entre lo que cuesta vivir y lo que un cubano puede ganar trabajando», afirmó.
La reflexión también se detiene en las situaciones que enfrentan distintos sectores de la población, desde los trabajadores estatales hasta los pensionados y las familias con hijos.
González mencionó a las maestras que cumplen sus jornadas laborales y después deben calcular cuánto dinero pueden dedicar a comprar alimentos, así como a los trabajadores que regresan a sus hogares sin saber cómo resolverán la comida del día siguiente.
También describió a los jubilados que comparan precios antes de decidir si pueden comprar determinado producto, conscientes de que hacerlo puede significar renunciar a otra necesidad.
«Y están las madres y los padres que aprenden a disimular sus preocupaciones delante de sus hijos, aunque por dentro estén desesperados porque quisieran darles mucho más de lo que pueden», escribió.
El autor cuestionó que esas dificultades hayan pasado a formar parte de la rutina cotidiana y que las familias terminen considerando normales sacrificios que antes no eran necesarios.
En uno de los pasajes más contundentes de su publicación, resumió su crítica a la pérdida de poder adquisitivo de quienes viven de su trabajo: «Pero no hay nada normal en que una persona trabaje y no pueda alimentarse dignamente», afirmó.
González insistió en que cobrar un salario no garantiza tranquilidad económica cuando los precios obligan a escoger constantemente entre alimentos y otros gastos indispensables.
En ese sentido, afirmó: «No hay dignidad en tener que elegir constantemente qué necesidad dejar sin atender. No hay tranquilidad en llegar a casa con el salario cobrado y sentir que ya es insuficiente».
González cerró su publicación insistiendo en que el precio del pimiento representa una dificultad económica mucho más amplia que la compra de un producto determinado.
«El problema no es solamente que un pimiento cueste 600 pesos. El problema es todo lo que ese precio revela sobre la vida de quienes tienen que pagarlo», escribió.
Su reflexión concluyó con una frase sobre las consecuencias del encarecimiento de los productos básicos: «Cuando trabajar ya no alcanza para comer, lo que se ha encarecido no es solo la comida: es el precio de vivir».
El encarecimiento de los alimentos que denuncia González también aparece en otros testimonios difundidos durante los últimos meses.
A comienzos de octubre, la arquitecta y emprendedora Yulieta Hernández Díaz mostró una pequeña cebolla que costaba 610 pesos en La Habana.
La mujer precisó que la libra de ese producto se comercializaba a 1,700 CUP, una cifra que despertó numerosas reacciones entre los usuarios de Facebook.
Días antes, una cubana residente en el extranjero mostró lo que había gastado al comprar alimentos durante una visita a la isla.
La compra incluía viandas, pan, aguacates, detergente, plátanos y productos cárnicos, con un costo total aproximado de 8,750 pesos.
Otro testimonio, publicado en agosto, mostró que el problema de conseguir alimentos no termina necesariamente cuando una familia logra pagarlos.
La creadora de contenido Sisi Aguilera denunció el precio de productos como el azúcar y el arroz, además de las dificultades para conservar alimentos durante los prolongados apagones.
Las estadísticas oficiales también reflejan el deterioro del poder adquisitivo. Según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), la inflación interanual de Cuba alcanzó el 28,44% en septiembre de 2026, mientras que los precios acumularon un incremento del 24,85% desde comienzos de año.
Los alimentos y las bebidas no alcohólicas fueron la categoría con mayor contribución al aumento mensual del Índice de Precios al Consumidor, al explicar el 73.39% de esa variación.
Vídeos relacionados:
Archivado en: