El triunfo de Lula: ¿Un salvavidas geopolítico para el régimen cubano?

Lula, en campaña electoral. © @LulaOficial
Lula, en campaña electoral. Foto © @LulaOficial

El desenlace de la segunda vuelta presidencial en Brasil, donde Luiz Inácio Lula da Silva obtuvo la victoria con el 51,78 % de los votos válidos frente al 48,22 % de Flávio Bolsonaro, según el boletín del Tribunal Superior Electoral (TSE), podría representar para el régimen cubano una bocanada de aire en medio de su colapso económico-social y creciente aislamiento internacional. No obstante, el impacto concreto de esta victoria dependerá de hasta qué punto Brasilia esté dispuesta a asumir los costos diplomáticos y financieros que implica un acercamiento con La Habana.

Durante la campaña electoral, el mandatario brasileño electo solo mencionó a Cuba para tomar distancia y neutralizar ataques, aclarando con cautela que nadie en Brasil buscaba replicar el modelo de la Isla. En los debates televisivos el tema fue eludido, quizás como estrategia para no polarizar al electorado de centro ni perder votantes en una contienda reñida, o como evidencia de que la cercanía con la Isla no representa una prioridad política para el Partido de los Trabajadores.

Un posible acercamiento de Brasilia con Cuba tendría dentro de su contexto la definición de cómo quedaría la deuda que La Habana acumula, cercana a los 676 millones de dólares por los créditos otorgados para las obras del Puerto del Mariel, según registros del propio Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). En caso de que ambos países reactivaran líneas de crédito o cooperación técnica, el régimen tendría que ofrecer garantías de pago reales, algo difícil en medio de la bancarrota que atraviesa la Isla y su acostumbrada práctica de deber a muchos sin pagar a nadie.

De existir un interés concreto de Brasilia por acercarse a La Habana, este respondería a un cálculo estrictamente pragmático. En lo económico, mantener abiertos los canales comerciales para las exportaciones del agronegocio brasileño e intentar recuperar, mediante acuerdos de reestructuración o suministros preferenciales, al menos una fracción de los impagos que el régimen acumula.

En lo político, el acercamiento le permitiría a Lula afianzar la cohesión entre las bases y sectores más leales de su propio partido, al tiempo que reforzaría su ambición de proyectarse en los foros multilaterales como un referente de liderazgo e interlocución en la región.

En el ámbito de la salud, queda abierta la interrogante de si se reanudaría la contratación de profesionales bajo esquemas similares al programa Más Médicos, una fuente crucial de divisas que La Habana perdió en años anteriores. Aunque una reactivación de convenios en este sector otorgaría ingresos urgentes a las arcas estatales cubanas, cualquier iniciativa en esa dirección enfrentaría severos cuestionamientos legislativos y éticos en Brasil sobre los derechos de los profesionales y la retención salarial, denunciados reiteradamente como trata de personas.

Por último, el mayor dilema para Brasilia radica en el escenario hemisférico y su relación con Washington. En un contexto donde Estados Unidos mantiene y endurece su régimen de sanciones hacia La Habana, cabe preguntarse qué margen de maniobra diplomática asumiría Brasil. Aunque la diplomacia brasileña mantuviese su tradicional condena retórica del embargo en foros multilaterales, es poco probable que decida arriesgar sus intereses comerciales, energéticos y estratégicos ante la presión de la Casa Blanca sobre la Isla.

Habrá que observar, por tanto, cómo evoluciona el pragmatismo exterior de Lula frente a la quiebra cubana. Mientras no se despejen estas condicionantes, la expectativa de un salvavidas brasileño continuará siendo una hipótesis tentativa sobre la que La Habana intentará extraer propaganda y tiempo político, aun cuando la realidad apunte hacia la cautela y la contención de Lula.

Más allá del ámbito bilateral estricto, la presencia de Lula en el Palacio de Planalto podría robustecer la propaganda populista regional y en contra de los Estados Unidos. En un continente marcado por la fatiga democrática, el régimen cubano intentará capitalizar la figura del líder del PT para legitimar su relato de resistencia y rearticular plataformas de concertación como la CELAC o el Foro de São Paulo.

Para la cúpula castrista, el contar con el respaldo de la mayor potencia sudamericana representaría un escudo político útil para diluir las denuncias sobre violaciones de derechos humanos y reactivar el discurso de que su quiebra es exclusiva del embargo norteamericano, y por supuesto una bolsa de ingresos por donaciones o comercio.

Las posibles maniobras de Lula para ejercer liderazgo regional no le serán fáciles ante un mapa latinoamericano heterogéneo, donde confluyen liderazgos de derecha y centroderecha con notable peso como Javier Milei en Argentina, Santiago Peña en Paraguay o Daniel Noboa en Ecuador. Veremos si el mandatario brasileño opta por la confrontación ideológica abierta, que afecte los bloques de integración o perjudique su comercio intrarregional, o asume una postura de equilibrio pragmático: mantener una retórica de fraternidad hacia la izquierda tradicional sin descuidar los consensos comerciales indispensables dentro de foros como el Mercosur. En esta correlación de fuerzas, el oxígeno político que reciba Cuba serviría más para sostener su maquinaria propagandística exterior que para alterar una dinámica regional donde los intereses económicos tienden a prevalecer sobre las afinidades ideológicas.

A este escenario se suma la coyuntura macroeconómica de Brasil. Si bien el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) ha reportado un desempleo en mínimos históricos y dinamismo en la producción agroexportadora, el mandatario asume el gobierno con un estrecho margen de maniobrabilidad. De acuerdo con balances del Banco Central de Brasil (BCB), la deuda pública bruta general ronda el 78% del Producto Interno Bruto (PIB) con un persistente déficit fiscal, mientras que la inflación obliga a mantener la tasa básica Selic en niveles de dos dígitos para contener los precios.

En el ámbito doméstico, informes de la Confederación Nacional del Comercio (CNC) señalan que el endeudamiento de las familias supera el 78 %, lo que obliga a priorizar el presupuesto social interno, como los programas de Bolsa Família, frente a cualquier «aventura» económica en el extranjero. Con estas restricciones presupuestarias y bajo el escrutinio de los mercados, Lula carece del oxígeno financiero necesario para convertirse en el mecenas económico que la dictadura de La Habana añora como salvavidas.

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Yusmila Reyna Ferrera

(1976) Cubana. Filóloga de profesión y activista de Derechos Humanos. Ejerció durante varios años el periodismo independiente e hizo labor de oposición dentro de UNPACU. Actualmente vive en Miami.






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