
El régimen cubano tiene una nueva razón para celebrar: en el municipio de Chambas, provincia de Ciego de Ávila, inauguraron una vaquería y un centro de elaboración de alimentos destinado a producir croquetas, embutidos, picadillo y otros surtidos.
El anuncio, publicado este viernes por Julio Gómez Casanova, primer secretario del Partido Comunista en la provincia, llegó acompañado de banderas, corte de cinta y toda la pompa que merece tan monumental conquista.
Según el post de Gómez Casanova, al parecer con información de la emisora Radio Surco, las instalaciones «forman parte de las acciones que implementa la empresa agroindustrial municipal a través de las Transformaciones Económicas y Sociales (TES)» y con ellas «se busca diversificar y ampliar las ofertas de alimentos para la población, fortaleciendo la producción local y acercando los productos al pueblo».
Palabras hermosas. Lástima que la realidad tenga la costumbre de no leer los comunicados oficiales.
Las TES son el paquete de 176 medidas aprobado por el gobierno cubano en junio de este año para intentar reanimar una economía en estado terminal; de ellas la inmensa mayoría tienen relación directa o indirecta con la agricultura.
Un día antes de la inauguración, según reportó la propia Radio Surco, funcionarios chequeaban en Ciego de Ávila la aplicación de esas mismas medidas en entidades agrícolas. Todo muy verificado, todo muy chequeado, todo muy inaugurado.
El problema es que Ciego de Ávila tiene un historial lácteo que no invita al optimismo. En junio de este año, la industria láctea de esa provincia recibía apenas entre 4.800 y 5.000 litros diarios frente a los 33.700 litros previstos en el plan —aproximadamente el 15% de lo planificado—.
A escala nacional, la producción de leche cayó un 58% entre 2018 y 2023, y el hato ganadero perdió más de 900.000 cabezas desde 2019. Pero bueno, ahora tienen una vaquería nueva en Chambas, así que todo resuelto.
Los cubanos de a pie no tardaron en reaccionar con la ironía cortante. «¿Precio de las croquetas? ¿2.500 cada una?», preguntó un internauta. «¿Vamos a tener leche para todos?», quiso saber otro, a lo que una tercera respondió: «No hay para las dietas [médicas], imagínate para todos».
Alguien propuso hacer «un listado a ver cuántos jubilados podrán comprar picadillo y embutidos», y otra voz amplió el universo de los excluidos: «no digas jubilados, nos incluye a los trabajadores activos también». La conclusión más lapidaria llegó sin rodeos: «Los precios cuando llegan al consumidor son inalcanzables».
Las dudas tienen fundamento aritmético. El salario mínimo cubano es de 3.210 pesos mensuales, equivalente a poco más de tres dólares al cambio informal, mientras que solo la alimentación básica requiere entre 50.000 y 90.000 pesos al mes de acuerdo con estimados independientes. Los cubanos ya sustituyen el arroz por yuca ante la imposibilidad de costear la dieta básica.
A la desconfianza en los precios se suma la desconfianza en el producto mismo. En agosto de 2025, se denunció que en una unidad de empaquetamiento de La Habana la masa de croquetas se depositaba directamente sobre el piso y se reutilizaban croquetas deterioradas por los apagones, mezclándolas con masa nueva para disimular los malos olores.
Un internauta lo resumió con humor negro: «esas croquetas si no te mandan para el baño te van a mandar para un hospital».
Mientras el régimen inaugura instalaciones con hashtags triunfalistas, una encuesta del Food Monitor Program y Cuido60 presentada en mayo de 2026 reveló que el 33,9% de los hogares cubanos tuvo al menos un integrante que se acostó con hambre en los 30 días previos.
«Un logro más, bla bla bla, puras mentiras», escribió un cubano en los comentarios. Difícil argumentar en contra.
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