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Caravana de hondureños vs. Caravana de cubanos: ni es lo mismo, ni es igual

Siete mil hondureños están camino a Estados Unidos. Entre 2014 y 2016, también 7 mil cubanos cruzaron la frontera estadounidense. El paralelismo admite analizar ambos casos.

Entre 2014 y 2016, aproximadamente 7 mil cubanos cruzaron la frontera estadounidense © Blog "CubaInsider by Havana Club"
Entre 2014 y 2016, aproximadamente 7 mil cubanos cruzaron la frontera estadounidense Foto © Blog "CubaInsider by Havana Club"

Este artículo es de hace 5 años

La complejidad del caso obliga a la introspección. No hay manera justa, equilibrada, de hacer análisis sobre una caravana humana de almas desesperadas que al mismo tiempo que se salta leyes migratorias, pone en práctica algo tan antiguo como nuestra especie: el instinto de supervivencia, de conservación

Si fuera fácil abordar el tema sería fácil también resolverlo. No lo es. Ahí van 7 mil víctimas de la violencia, la corrupción, la desesperanza, el desamparo endémico de Centroamérica, camino a un país donde no se les espera, donde su gobierno no les quiere, a pesar de que ellos hayan escuchado que allá, en Estados Unidos, todo huele mejor, sabe mejor, paga mejor, duerme y vive mejor.

Para lograrlo han debido echar abajo verjas fronterizas limítrofes entre Guatemala y México, y han enfrentado gases lacrimógenos como método disuasorio que no logró su cometido: al salir de Honduras eran poco más de mil. Ya se han multiplicado por siete.

Como siete mil fueron, poco más poco menos, los cubanos que llegaron a la frontera estadounidense de El Paso, Texas, entre 2014 y 2016, según estadísticas de la Patrulla Fronteriza. Y el paralelismo salta a la vista obligando al análisis de circunstancias.

Las similitudes y diferencias determinan los juicios de valor. En la posible comparación de dos éxodos similares en método y lugar, incluso en número, pero antagónicamente diferentes en cuanto a motivos y coberturas mediáticas, el primer factor, el que no puede hacerse como si no existiera, es la legalidad. La línea roja que lo determina todo.

Tracemos entonces esa línea en el suelo: ¿es ilegal, migratoriamente hablando, la intención de los 7 mil centroamericanos de llegar a pie a Estados Unidos e insertarse en la sociedad? Sí. ¿Era ilegal en el caso de esos 7 mil cubanos que llegaron por la misma frontera en solo dos años? No.

La vigencia de la política “Pies Secos, Pies Mojados” validaba el éxodo. Quien no haya leído la fundamentación de ese decreto presidencial instaurado por un demócrata (Bill Clinton) y derogado por otro demócrata (Barack Obama), debe entender que el gobierno estadounidense asumía la desesperación de los cubanos por escapar de su país como un asunto humanitario de interés nacional, y en consecuencia les ofrecía a los cubanos la posibilidad de llegar legalmente a América siempre y cuando lograran pisar suelo continental.

Cómo llegaba usted a ese suelo continental no era incumbencia de “Pies Secos, Pies Mojados”. El hecho era que en el instante en que el cubano pisaba la frontera estadounidense, se acogía a un decreto vigente y su método de acceso al país era enteramente legal. La entrevista con funcionarios de inmigración duraba a veces menos de dos horas antes de otorgarle el parole que le permitía estar legalmente en el país, y cuya validez le servía para aplicar a la Ley de Ajuste Cubano, un año y un día después.

Para colmo, los cubanos cumplían también con políticas migratorias centroamericanas: hay un acuerdo firmado entre Guatemala, El Salvador y Honduras para permitir la circulación migratoria sin mayores contratiempos. El paso por Panamá, o Colombia, o México, sí implicaba casi siempre violaciones migratorias que solían resolverse con un puñado de dólares. La ley del dinero en países de corrupción rampante, donde eran las propias autoridades las que sacaban pasta fuerte del éxodo cubano.

Pero en el momento de llegar a las puertas de América, los cubanos tocaban y pasaban de manera legal.

Los miles de desesperados que huyen hoy de Honduras, uno de los recordistas mundiales en homicidios, no han ocultado la intención de llegar como sea a los Estados Unidos. Y se han hecho el flaco favor de no ocultarlo. Si bien es cierto que no hay manera de ocultar una marcha de mil, o tres mil, o siete mil almas rumbo norte, también es cierto que la publicidad exótica que ha acompañado a estos inmigrantes en busca de seguridad y pan y trabajo ha puesto los pelos de punta en Estados Unidos. Donde por cierto -hay que decirlo- no está al mando una administración precisamente conocida por su candor hacia los inmigrantes.

Aquellos 7 mil cubanos llegaron en puñados de diez, de veinte cada vez. Grupos más nutridos, parejas solas, de todo hubo. Pero no hubo una marea unánime, uniforme, tan apetecible para las cámaras y la presión.

Para colmo de despropósitos, la cobertura mediática actual es de un sesgo parcializado que hace temblar los fundamentos del periodismo de rigor. El seguimiento de periodistas que acompañan ahora mismo a la caravana se limita a dos enfoques: 1. Contar las historias de desesperación y muerte que les llevaron a huir rumbo norte 2. Escribir titulares vociferantes de Donald Trump contra la caravana.

Entiéndase: la caravana de individuos foráneos que han decidido encontrar hospedaje en el país poderoso, sin pedir permiso. Con el solo visado de la agonía insoportable por delante.

Y tristemente, el mundo no funciona así.

Los cubanos no pueden hacer eso hoy. Ni uno solo de esos 7 mil que llegaron entre 2014 y 2016 podría hacerlo. Para muestra un botón: ahí están decenas de detenidos y deportados que llegaron a la frontera sin el resguardo de aquel decreto milagroso y hoy rezan por salir libres de centros de detención en Louisiana, El Paso, Broward y Miami.

Para colmo de paradojas, ironías y suspicacias, si bien al éxodo centroamericano la prensa mundial se le suma en plegarias y comprensiones, a la cubana se le ignora sospechosamente. Ya lo sabemos: es infinitamente más fácil denunciar la corruptela de gobiernos guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, que la de una maquinaria militar cubana con propaganda izquierdista universal. Y muy engrasada.

Con Cuba nadie se quiere meter, que alguien lo admita de una vez por todas. Les pesa la tinta a los editoriales. Les pesa la lengua a los denunciantes. Lo que no se calla ante gobiernos corruptos y disfuncionales pero elegidos democráticamente, se le permite a una junta militar y familiar que ha administrado la isla por sesenta años con una impunidad de desparpajo.

Nadie, absolutamente nadie durante el éxodo cubano de fronteras le exigía a Raúl Castro que hiciera algo. Que propusiera soluciones. Que se responsabilizara con una marea indetenible cuyos cauces se originaban en La Habana, Santa Clara, Santiago de Cuba. La misma prensa que hoy escudriña cómos y porqués en esta Caravana hondureña, guardaba un ominoso silencio ante el empobrecimiento y la falta de libertades individuales que llevaban casi siempre a los cubanos a querer emigrar. Fuera por mar o por selvas.

Los cubanos eran fuentes de ingreso. Sus dólares -provenientes de Miami- daban de comer a coyotes, hospederos, saqueadores, agentes fronterizos en cuanto país iban cruzando. A veces les encarcelaban por un día o dos solo para que aceptaran pagar. Eran un negocio redondo: nadie los reclamaba como suyos.

Solo al llegar a América tenían el abrazo de la ley. El resguardo. Y esos cubanos también traían niños y embarazadas. Y muchos eran también gente noble y trabajadora y humilde. Aunque la opinión pública internacional se fijara más en el Hotel Gran Manzana Kempinski que en las ansias desesperadas por encontrar oxígeno fuera. Y al precio que fuera.

Cuando hoy se compara esta caravana que ahora mismo sigue su recorrido a pie descalzo, provocando un caos diplomático y migratorio que nadie sabe cómo terminará, ni de qué manera Donald Trump los frenará al acercarse a Estados Unidos, con aquellos cubanos que hicieron algo similar pero al amparo de una atípica y vigente legalidad, están olvidando que de alguna manera los cubanos hemos sido siempre pobres bajo el castrismo.

Pero de otra clase que, al parecer, despierta menos simpatía universal. Ya quisiera el hondureño Juan Orlando Hernández tener la tranquilidad imperturbable que tuvo Raúl Castro con un éxodo igual de desesperado, pero mucho más silencioso.

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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba


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