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La República Dominicana confirmó la suspensión de la Décima Cumbre de las Américas, que debía celebrarse entre el 1 y el 5 de diciembre en Punta Cana, tras considerar que “no existen las condiciones adecuadas” para la realización del foro hemisférico.
La decisión, anunciada por el gobierno de Luis Abinader, fue adoptada después de consultas con socios regionales y cuenta con el respaldo de Estados Unidos, principal impulsor del evento.
El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, expresó su apoyo a la medida a través de un mensaje en la red social X, donde agradeció “la amistad y disposición” del presidente dominicano y aseguró que Washington trabajará junto a Santo Domingo y otros países “para organizar un evento productivo en 2026 enfocado en fortalecer las alianzas y mejorar la seguridad de nuestros ciudadanos”.
Aunque oficialmente el aplazamiento se justificó por “divergencias regionales” y el impacto de recientes desastres naturales en el Caribe, fuentes diplomáticas citadas por El Tiempo y CNN sostienen que la verdadera razón radica en el delicado contexto político y militar que atraviesa el hemisferio, marcado por el despliegue de fuerzas estadounidenses en el Caribe y el deterioro de las relaciones con Venezuela.
Desde agosto, Washington ha desplegado más de diez buques de guerra y varios aviones de combate en aguas caribeñas, como parte de una operación “antinarcóticos” que, según informes de prensa, incluye 14 bombardeos contra embarcaciones sospechosas, con un saldo de al menos 62 muertos.
Si bien la Casa Blanca insiste en que se trata de acciones contra el narcotráfico, distintos gobiernos y analistas consideran que la campaña busca aumentar la presión militar sobre el régimen de Nicolás Maduro.
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El propio presidente Donald Trump ha afirmado que “todas las opciones están sobre la mesa”, una declaración que reaviva las tensiones con Caracas y provoca alarma entre los aliados de Venezuela, especialmente Rusia, que calificó el despliegue estadounidense como “un uso excesivo de la fuerza” y confirmó que mantiene compromisos de cooperación con el gobierno venezolano.
En ese contexto, celebrar en Santo Domingo una cumbre multilateral bajo el paraguas de la Organización de los Estados Americanos (OEA) —y a pocas millas de la zona donde operan las fuerzas navales estadounidenses— resultaba políticamente explosivo.
Un diplomático dominicano, citado por Listín Diario, admitió bajo reserva que “no había garantías de seguridad ni de neutralidad política; Santo Domingo habría quedado en el centro de la tormenta”.
Además, la Cumbre estaba ya marcada por controversias diplomáticas. República Dominicana había decidido no invitar a Cuba, Nicaragua y Venezuela, siguiendo la línea adoptada por Washington en 2022, cuando esos países fueron excluidos por violaciones a los derechos humanos.
Esa medida provocó la reacción de varios gobiernos latinoamericanos, entre ellos los de México y Colombia, cuyos mandatarios Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro anunciaron que no asistirían al evento en señal de protesta.
Con varios líderes ausentes, la cumbre corría el riesgo de convertirse en un foro semivacío, lo que habría sido un revés político para Abinader, quien busca proyectar la imagen de un país mediador y estable. Para los diplomáticos consultados, la suspensión fue una decisión preventiva para evitar un fracaso diplomático anunciado.
Desde Washington, fuentes del Departamento de Estado reconocieron de manera informal que la “participación limitada” había sido un factor determinante. Un portavoz declaró que Estados Unidos “apoya la decisión dominicana de posponer la Cumbre hasta que las condiciones sean más favorables para el consenso”.
Analistas coinciden en que la postergación constituye un freno táctico de Washington y sus aliados: una forma de ganar tiempo mientras se redefinen las estrategias ante la crisis venezolana y el reacomodo político en América Latina.
También influye el panorama electoral en países como Colombia y México, donde se espera que los próximos comicios modifiquen el equilibrio de fuerzas en la región.
Por ahora, la Cumbre se reprograma para 2026, con el objetivo de reconstruir puentes diplomáticos y evitar que el foro se convierta en un escenario de confrontación abierta.
Mientras tanto, la tensión entre Caracas y Washington, el despliegue militar en el Caribe y la división política entre los gobiernos del continente dejan al descubierto un hemisferio más fragmentado que nunca.
En palabras de un embajador latinoamericano en Washington citadas por El Tiempo: “Es una mala señal que, frente a una crisis de esta magnitud, el hemisferio no pueda siquiera sentarse a hablar. Si el diálogo no ocurre en la Cumbre de las Américas, ¿dónde va a ocurrir?”.
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