Colas para comprar productos de aseo, esta semana en La Habana Foto © CiberCuba

¿Qué más tiene que pasar en Cuba?

Tengo 47 años. Viví el Período Especial en La Habana. Eso te da pedigrí para reírte de cualquier otra crisis que venga de frente, estés donde estés. Digo yo que no es lo mismo si lo viviste en Oriente. Allí siempre hay a mano una vianda, un coco, un tamarindo o un mango. En la capital sólo había hambre, camellos y oscuridad.

Ese pasado no se parece a nada que hayamos vuelto a vivir quienes chupamos candado en la Cuba de los 90. Los que vivimos el Período Especial no solemos hablar de eso, pero hablar de verdad, a tumba abierta.

Me río cuando algún cubano me cuenta aquí en España que no pasó hambre en el Período Especial porque tenía el frío lleno de comida. Me río aún más cuando leo en la prensa cubana hablar de aquella “agonía soportada con poética y dolorosa entereza”. ¿De qué están hablando los unos y los otros? ¿A quién creen que están intoxicando?

Me río de la poética y dolorosa entereza. Ahora es así como llaman a aguantar el hambre y las penurias con las tripas montando un espectáculo. No se aguanta comiendo platos de convicciones. Se aguanta, en casi todos los casos, por el instinto animal de supervivencia. Enaltecer el aguante de quienes no nos lanzamos a la calle a protestar ante la inacción de un Estado parásito, que no sabía cómo sobrevivir sin subsidios de los rusos, es tomarle el pelo a la historia.

He escuchado tantas sandeces, de tantas bocas distintas, de comunistas y de emigrantes desmemoriados, que estoy por pensar que yo fui la única persona que sobrevivió el Período Especial con hambre. Y no me lo creo.

Eso me lleva a pensar que, como cubanos, no hemos asimilado esa terrible crisis económica. No hemos entendido que es parte de nuestra historia reciente y una parte importante de nuestras vidas. No pasa nada por reconocer que pasamos hambre. Lo importante es que eso ya pasó; que a nivel personal cambiamos nuestro futuro y el de nuestras familias; todo a pequeña escala; cada uno defendiendo lo suyo; cada uno a su manera.

Nuestros hijos, los que han nacido en Cuba o en el extranjero, no saben lo que fue el Período Especial.  No nos hemos molestado en contárselo como en España los abuelos han contado a sus nietos lo que fue la posguerra. No lo estudian en clases, como la historia de un modelo económico fracasado. Por eso no saben que en aquella época había que subirse la presión Milordo en mano y sin complejos.

Hoy Cuba vuelve a vivir una situación muy, muy difícil y los que estamos fuera nos esforzamos por ayudar un poquito más a la familia porque con lo de siempre no alcanza. Los precios están alterados. Muchos de nosotros, los de la generación que se hizo a sí misma en el Periodo Especial, pudimos cumplir nuestros sueños fuera de nuestro país, pero hay otra generación que se nos está muriendo en la selva, en la frontera de México o atravesando Panamá.

No me preocupa que nuestros muchachos tengan que irse de Cuba para sufrir como nosotros, lo que es vivir fuera de tu país. Eso no le ocurre sólo a los jóvenes cubanos. Españoles, italianos y griegos también emigran. El problema es que a los nuestros nos los están matando o se nos están muriendo por el camino, creyendo que fuera de Cuba todo es felicidad y prosperidad; que las cadenas de oro las sortean por la tele y que los buenos empleos están satos y en abundancia. Hay trabajo: sí. Hay sindicatos que defienden a los trabajadores: sí. Hay sueldo a fin de mes: sí. Hay vacaciones: sí. Hay pensiones: sí. Pero hay que trabajar ocho, diez y doce horas diarias y las que vengan. Trabajar sin despegar el culo del asiento. Trabajar a lo bestia. Y además, hay que sacar un trozo ese sueldo para mantener a la familia que dejamos atrás.

¿Qué hemos hecho para frenar la mala racha de la economía cubana desde 1959? No ataco a los que no han hecho nada por Cuba porque yo no lo he hecho. No soy una mártir ni voy de heroína por la vida. Pero ahora que estamos fuera, que vivimos en libertad, ¿qué nos pasa? Todavía creemos que nos vigilan y que tenemos el teléfono pinchado para escuchar las mierdas que hablamos a diario. Vivimos obsesionados con la persecución porque nos educaron para temer y respetar las prohibiciones. También porque nos enseñaron a obedecer, a traicionar y a no creer que otro país es posible. Nos dijeron que la culpa era del imperialismo yanqui y aunque muchos no les creímos, tampoco les rebatimos. Hombre, algo de culpa tendrán quienes han gobernado el país durante seis décadas, digo yo.

En estos momentos, como muchos cubanos, aspiro a que Cuba sea, algún día, un país próspero en el que los empresarios no sean considerados delincuentes porque no delinque el que crea empleo y riqueza. Delincuente es el incompetente que nos obliga a hacer colas, a empujarnos y hasta agredirnos por un tubo de pasta de dientes.

Yo soy de las que aspira a ver el cambio. Es legítimo que lo quiera. Como también es legítimo que no quiera ni comunismo ni bloqueo. No se puede ser liberal y apostar por poner puertas al campo. Por ningún motivo. Mucho menos ideológico.

Hoy hay crisis en el mundo entero, pero en Cuba llueve sobre mojado. Vendrán tiempos peores. Un país no puede vivir exclusivamente de remesas familiares y de exportar, explotar y expoliar médicos. Los comunistas cubanos han tenido 60 años para construir un país y nos lo van a entregar, tarde o temprano, hundido en la miseria. Ése es el legado de la batalla de las ideas y de las consignas. Y ahora nos anuncian que vamos directo a la madre de todas las crisis. Hay que joderse.

¿Qué más tiene que pasar para que las cosas cambien?

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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