"Mulatos sin camisa", un texto inspirado en Luis Manuel Otero y en Cuba

Mulatos sin Camisa es un texto del cubanoamericano Raúl Montejo, inspirado en Luis Manuel Otero, en el Movimiento San Isidro y Cuba.

Luis Manuel Otero Alcántara Foto © Facebook Katherine Bisquet Rodríguez

Mulatos sin camisa es un texto escrito por un cubanoamericano residente en Miami. Está inspirado en el Movimiento San Isidro, especialmente en la figura de Luis Manuel Otero Alcántara y en la Historia de Cuba.

Su autor es Raúl Montejoun enfermero que ha luchado frente a frente contra el coronavirus en Estados Unidos. Ahora alza también su voz para apoyar a sus compatriotas en Cuba, en la continua lucha por la libertad.

El actor Gilberto Reyes leyó este conmovedor mensaje que se ha hecho viral entre cubanos en las redes sociales.

Raúl Montejo accedió a compartir su escrito con los lectores de CiberCuba. A continuación publicamos el texto íntegramente.

Mulatos sin camisa

He salido a tomarme un café. En la mesa de al lado hay un tipo al teléfono. Uno de esos que no tiene idea de qué cosa es espacio ajeno, discreción, volumen adecuado.

Yo, que en las mañanas soy tan amistoso como un Orco en celo, tengo que soportar a aquel tipo sin modales, que no sabe diferenciar entre teléfono y megáfono. Habla de Cuba. De mulatos sin camisa.

Dice que en la isla, todo, desde siempre, ha empezado con un mulato sin camisa.

Habla de Salvador Golomón, un esclavo que allá en 1604, en las costas de Manzanillo, ayudó a rescatar al Obispo de Cuba, que había sido secuestrado por el pirata Gilberto Girón.

Según mi vecino de mesa, parece que en medio del rescate (que él llama bronca), el pirata Gilberto Girón vio aparecer a aquel moreno sudoroso, descamisado, que le clavó una lanza en medio del pecho. Aquel suceso dio lugar a la primera obra literaria cubana, titulada Espejo de Paciencia y el nombre de aquel prieto de torso desnudo se hizo inmortal.

Habla de otro mulato. Antonio, lo llama. Es uno que, una vez, en la guerra de independencia, herido de bala, rodeado por una columna española, se montó a caballo (sin camisa, recalca) y se la dejó en la uña a los gallegos. Su escape, aparentemente, significó la extensión de la guerra por muchos años más.

Ahora, en una casona de San Isidro, otro mulato mal hablado y sin camisa, junto con unos “peluos ahí” y unas mujeres que ya las quisiera él para nueras, a ver si su hijo se endereza, han hecho que Cuba se acueste tarde. Que un ministro se coma las uñas. Que uno al que llama “presidentico de mierda” ande por ahí con la cara a la altura del culo. Que le echen gasolina a los Migs, que ya tenían telas de araña en las alas. Que los del castillo hablen de tú a tú con los plebeyos.

Un moreno de costillas al aire, unos peluos y unas mujeres con tres pares, dice, que han convertido una calle de putas y escombros, en el campamento de aquel Antonio que, aún sin camisa y sangrando, se sabía a todas luces que era el temible Titán de Bronce.

Han hecho que haya cientos de artistas frente a un edificio del gobierno. No tiran piedras, no hay tiros. Solo aplauden y cantan canciones de Pablo, de Serrat.

El presidentico de la cara a la altura del fondillo andará preocupado, explica muerto de risa mi vecino de mesa y es que ellos, los de la mordaza y las mazmorras, saben que nada, nadie, le gana a una canción de Pablo, otro mulato él, que quizás en este mismo minuto ande por ahí, también con el pecho al aire.

Y una canción de Serrat, no es un arma convencional. Las de Serrat son para tirarle a los tanques, exclama. A Sabina lo tendrán de reserva, porque con esas, se pueden tumbar aviones.

Y el colmo, es que cantan canciones de Teresita Fernández, canciones infantiles ¿entiendes? Esas (el gobierno lo sabe), son las peores. Con esas, crecimos. Esas canciones alfabetizan, convencen, son destructoras de dogmas y son, ellas mismas, melodías indestructibles.

Esa calle, San Isidro, hoy es un poema, un templo, un mausoleo a la dignidad, exclama. Este prieto de ahora y los peluos y esas mujeres, grita al teléfono, van matando piratas, como Salvador Golomón. Están escribiendo su Espejo de Paciencia y no lo saben, dice, con los ojos húmedos.

Yo lo miro. Yo, que no soy benévolo en las mañanas, sonrío y pienso que me estoy tomando uno de los cafés mas lindos de mi vida.

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