Cuba tiene hambre de democracia y libertad sin limosnas

La única oportunidad de supervivencia política del tardocastrismo en una Cuba democrática estriba en su capacidad para negociar con los cubanos -no con Estados Unidos ni la Unión Europea- un programa de reformas que conduzca a la nación a la libertad y la democracia, repartiéndose el coste político entre el último gabinete de la dictadura y el primero de la transición.

Cubana bajo aguacero Foto © CiberCuba

El tardocastrismo va camino de su próximo revés intentando comprar paz social con la venta extra de alimentos, manteniendo una represión visible, que deberá ser evaluada integralmente cuando concluyan los juicios; aunque ya la dictadura ha dejado claro que está dispuesta a matar para conservar el poder mientras continúan el hambre de comida y medicinas, apagones y el descontento popular.

Aunque todavía no se aprecie con claridad, especialmente por los cubanos aplastados por el comunismo de compadres sexagenario, la única oportunidad de supervivencia política del tardocastrismo en una Cuba democrática estriba en su capacidad para negociar con los cubanos -no con Estados Unidos ni la Unión Europea- un programa de reformas que conduzca a la nación a la libertad y la democracia, repartiéndose el coste político entre el último gabinete de la dictadura y el primero de la transición.

La torpe, generalizada e injusta represión del 11J dejó al tardocastrismo a los pies de los caballos porque cerró el cuadro a dos opciones: Morir matando o reformar el caduco sistema político y económico cubano, que el propio Fidel Castro reconoció como "inservible" cuando se sinceró ante un periodista norteamericano para revuelo de extraños y propios, que luego intentaron matizar al enfermo en jefe.

Dentro del régimen -ahora unido en bloque por el miedo que sintió el 11J- habitan dos sensibilidades, la que piensa que esto se resuelve con comida, ron, cerveza y alguna caricia a sectores descontentos, aprovechando que los rebeldes carecen de estructura política, y los que piensan que las reformas políticas y económica, que prefiguren un escenario democrático, son inaplazables y vitales para su supervivencia.

Hasta ahora, va ganando el bloque duro, convencido de castigar con saña al mayor número posible de cubanos, vincularlos con Estados Unidos y la contrarrevolución externa e interna, que fueron tan sorprendidos como el poder por la revuelta popular, aunque han reaccionado con propuestas democráticas y la exigencia de liberación incondicional de los sublevados y amnistía para los presos políticos.

Cuba debe avanzar hacia una democracia pluripartidista, donde la discrepancia sea goce y no delito, hacia una economía capitalista que aproveche la ventaja de vivir a 180 kilómetros del mercado más dinámico del mundo y el capital humano formado por la revolución, y hacia una sociedad justa, donde nadie sea marginado y excluido, como viene ocurriendo desde la crisis económica de los años 90 del siglo pasado.

El castrismo tuvo 62 años para gestionar Cuba y los resultados están a la vista, si como dicen teóricos acobardados, el fracaso de la revolución obedece únicamente al embargo norteamericano y la desaparición de la URSS, entonces queda demostrado que Fidel Castro se equivocó de cabo a rabo, suplantando a un socio natural, corregible en sus desequilibrios hemisféricos y apostando por un protector lejano, pernicioso y fallido.

Si tanto dicen admirar a Ernesto Guevara, empiecen por reconocer que el Che derrotó a Fidel en su apuesta estratégica; China es una realidad injusta, pero viva, la Unión Soviética no existe.

La maniobra oportunista de venta de cuotas extras de alimentos confirma el destrozo económico causado por el comunismo de compadres y la impostergable necesidad de reformar la economía, incluido un cambio cualitativo en el sistema de propiedad de la tierra, al estilo del que se hizo con lo que conocemos como compra-venta libre de casas entre cubanos; la privatización de los mecanismos de distribución y una política fiscal que incentive al productor y genere ingresos estatales para socorrer a los más desfavorecidos, que en Cuba son legión.

Los apagones siguen sin resolverse, y cubanos están sufriendo cortes eléctricos de hasta 12 horas, que es la mitad de un día; y no se trata únicamente de no poder comprar todo el combustible para generar electricidad, sino también de la obsolescencia de la mayoría de las termoeléctricas cubanas, con una vida útil de un cuarto de siglo, y la menos vieja acumula 28 años.

Los planes de producir electricidad con biomasa se han venido abajo con las magras zafras azucareras que -desde hace algunos años- obliga a comprar azúcar a países como Francia para cumplir los compromisos contraídos con China y abastecer el mercado interno; mientras el resto de energías alternativas son minoritarias en la matriz eléctrica cubana que sigue siendo ineficaz y muy dependiente de combustibles fósiles.

Ejemplos del creciente desprestigio de la dictadura tardocastrista son las reacciones del grupo Comunista y otros autores de izquierda en publicaciones que -hasta el 11J- mayoritariamente repetían la letanía de La Habana sobre imperialismo y bloqueo yanqui.

Manuel Garí, miembro del Consejo Asesor de la publicación Viento Sur, economista y miembro de la corriente Anticapitalista de Unidas Podemos, escribió: "el antiimperialismo con ser necesario en el actual laberinto cubano no es suficiente. Y menos aún reducir la compleja situación de Cuba al juego geoestratégico regional o mundial. Sin despreciar esos elementos como parte del problema y de la solución, hay que poner sobre la mesa la realidad social interna del país y el grado de esclerosis del modelo político.

"Para resistir la presión imperialista y llevar a cabo una apertura pacífica, Cuba necesitará el Partido Comunista, cierto. Pero no puede aplazar más la libertad política. ¿Imposible? Tal vez. Pero la única forma de solidarizarse con el pueblo cubano es apoyar esa posibilidad, opinó Jorge Costa, ex diputado y dirigente de la izquierda española.

La web Comunistas.que sufrió la detención en La Habana de unos de los miembros de su Consejo Editorial, publicó un análisis sobre el 11J, seis días después, y dejó escrito apuntes como este: La gran mayoría de los manifestantes no estaban vinculados a organizaciones contrarrevolucionarias, ni las protestas estuvieron dirigidas por organizaciones contrarrevolucionarias.

Los enfoques, aunque repiten algunos mantras de la factoría ideológica de La Habana, coinciden en que ha llegado la hora de la reforma política en Cuba y se trata de apuestas de compañeros de viaje, no de trotkistas y otras hierbas aromáticas, como gusta descalificar la dictadura más antigua de Occidente a quienes critican su vendaval sin rumbo.

Por si no bastara a los cegatos de La Habana la visión ajena, sería recomendable que atendieran a las reflexiones que, desde 2020, ha hecho Alina Bárbara López Hernández, una de las intelectuales cubanas con mayor realismo y honestidad en sus análisis, como demuestra en las siguientes observaciones.

"(...) Presenciamos el agotamiento definitivo de un modelo económico y político, el de socialismo burocrático. Quienes dirigen no logran hacer progresar la nación con los viejos métodos, pero no son capaces de aceptar formas más participativas, con un peso mayor de la ciudadanía en la toma de decisiones.

"En Cuba están maduras desde hace tiempo las condiciones objetivas para una transformación. Es indudable que la nación dejó de avanzar: la economía no crece desde hace años, la deuda externa aumenta constantemente, igual que los niveles de pobreza, y, a pesar de ello, las reformas han sido demoradas de manera inexplicable. Es evidente que los de arriba no pueden seguir administrando y gobernando como antes. Pero ¿qué ocurre con los de abajo?

"Los intelectuales que alertamos durante meses al gobierno sobre la posibilidad de un estallido social de mayor magnitud fuimos denominados mercenarios. El aparato partidista y gubernamental desconoció con negligencia las señales de alarma. Este es el resultado de su actitud".

Cuba vive un momento político que obliga a elegir, siempre es angustioso, entre nación o muerte, una parte significativa de los cubanos se pronunció el 11J, el poder pasó en 24 horas de reconocer que entre los sublevados había revolucionarios y confundidos a descalificar en masa a todos, con sus epítetos preferidos de contrarrevolucionarios y anexionistas.

Prolongar injustificadamente, por cobardía política, el sufrimiento de un pueblo noble, insultándolo con migajas de alimentos aparecidos en un acto de magia oportunista, solo confirma la degradación moral del tardocastrismo, vendedor de limosnas selectivas y temporales, que se cree futuro, estando muerto en vida.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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