
A pesar de décadas de quejas y reportajes, la mala atención al cliente continúa siendo uno de los males más enquistados en los espacios comerciales de Cuba. Así lo retrata, sin eufemismos, un reciente reportaje publicado en el sitio del semanario 5 de Septiembre, donde una periodista confiesa su impotencia ante lo que califica como “el cuento de nunca acabar”.
El texto -firmado por Leyaní Díaz Hernández que y que ha resonado con fuerza entre los lectores cienfuegueros- recoge varias escenas cotidianas donde lo que debería ser un proceso simple y fluido, como comprar en una tienda o una mipyme, se convierte en una experiencia frustrante.
La autora narra en primera persona cómo tuvo que esperar más de diez minutos por una cajera que, en lugar de atender, se dedicaba a reorganizar productos en el área de perfumería. A pesar de que otras trabajadoras observaban la escena, ninguna intervino porque “no les correspondía”.
El problema no es nuevo, pero sigue igual o peor. Como bien apunta el comentario, es una práctica periodística evitar ser el centro del relato, sin embargo, cuando se trata de la mala atención al público en Cuba, resulta casi imposible no involucrarse: todos son víctimas, todos tienen una historia parecida. Y lo más alarmante: nada cambia.
Un mal sistémico y normalizado
Más allá de la anécdota, lo que desborda las líneas del reportaje es una cultura arraigada de indiferencia, lentitud y apatía hacia el cliente. En otra escena, narrada por testigos, un joven empleado de una mipyme ni siquiera levantó la vista de su celular cuando un cliente pidió una bolsa. Solo reaccionó cuando fue increpado en voz alta. “No cree sano pedir que te atiendan casi a gritos, cuando es más simple responder con celeridad”, lamenta la autora.
Se trata de una problemática estructural, que afecta desde mercados estatales hasta negocios privados, con independencia del modelo económico. Aunque muchos trabajadores podrían alegar bajos salarios o exceso de carga laboral, lo cierto es que el desdén por el público está tan naturalizado que se ha vuelto invisible incluso para quienes lo ejercen.
El dinero no vale si no “convence”
Una tercera historia retrata lo que podría parecer una sátira, pero es real: un cliente fue rechazado por intentar pagar con billetes de 10 CUP. El dependiente se negó a aceptarlos por la simple razón de que eran de baja denominación. Solo después de que el hombre fuera reconocido como “vendedor del agro” por un tercero y recibiera una llamada, se le pidió que regresara… entonces sí, sería atendido.
La periodista cuestiona: “¿Diez pesos no es dinero?” Y el lector se hace la misma pregunta. ¿Hasta qué punto la atención comercial se ha distorsionado tanto que ya ni siquiera importa si el cliente tiene con qué pagar?
Una excepción entre tanta indiferencia
Como aliciente final, el artículo reconoce a algunas trabajadoras que aún apuestan por una atención cercana, afable, profesional. Pero son pocas, y ese es precisamente el problema. La cortesía, la eficiencia, la orientación al cliente —valores que deberían ser regla— se han convertido en excepción.
En un país donde conseguir productos ya es en sí una odisea, que encima haya que “pedir por favor” que te vendan, con trato decente, lo agrava todo. Como bien resume la autora: “Por suerte, no guardo rencor y soy práctica: no regreso a donde no me tratan bien”.
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