Vicente Hernández Brito, quien fue soldado en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña durante los primeros años del régimen castrista, ha ofrecido un estremecedor testimonio sobre los métodos represivos que marcaron los inicios de la llamada Revolución Cubana.
Enfermo, envejecido y sumido en el olvido, Hernández participó recientemente en un recorrido -recogido en un reportaje para CubaNet- donde no solo documentó los horrores del paredón de fusilamiento, sino también la tragedia silenciosa de quienes ejecutaron la maquinaria del terror en nombre de una causa, para luego ser desechados por el mismo sistema.
“Así se fusilaban los presos”
Vicente Hernández, quien actualmente tiene 77 años, relató sin tapujos cómo se llevaban a cabo las ejecuciones dictadas por los tribunales revolucionarios.
“Primer puente con la jaula, cuando traíamos a los presos para llevarlos a la capilla, para llevarlos a ejecutar. Ahí se escuchaba la orden: ‘Oficial ejecutor, cumpla la sentencia del Tribunal Revolucionario. En nombre de la patria y del pueblo, proceda.’ Así se fusilaban los presos”, rememoró con una mezcla de resignación y trauma.
Todo estaba milimétricamente calculado.
“En el segundo puente, en una esquina, había un palo con sacos de arena detrás. Era cuadrado. Cuando fusilaban a alguien, el proyectil lo pasaba y se iba astillando el palo", explicó.
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Contó que los reflectores se encendían antes de cada ejecución, casi siempre en la madrugada, y que los disparos eran escuchados por todos los presos en las galeras.
“Los presos gritaban ‘¡asesino!’ cuando veían que se llevaban a alguien al paredón”, agregó.
El ritual previo a la muerte
Antes de ser fusilados, los prisioneros eran despojados incluso de sus objetos más personales, en un procedimiento tan impersonal como brutal.
“Les quitaban el cinto a los presos y los cordones para que no se ahorcaran. De ahí los bajaban por una escalera hacia donde los fusilaban, allá abajo”, explicó el anciano, dejando entrever el protocolo sistemático con que se despojaba a los hombres de toda dignidad.
También había espacio para la tortura psicológica. Hernández describe lo que se conocía como el saladito, una celda de castigo “debajo del tanque de agua, donde te caía una gota en la cabeza durante horas.
"Doce horas ahí te volvían loco, pero no podías moverte ni apartar la gota. De ahí el nombre. Se volvían locos", explicó.
La Cabaña: De prisión a atracción turística
Con amarga ironía, Hernández observa hoy cómo La Cabaña se ha convertido en sitio turístico, una atracción para visitantes y cubanos por igual. Pero él recuerda su verdadera función.
“Este lugar estaba lleno de presos. Ahora es para turistas esto, pero esto era ‘malos momentos desde que entrabas’. Era un lugar terrible. A nada bueno se entraba aquí”, aseguró.
La represión no solo alcanzaba a los opositores ideológicos. “¿Tú sabes cuánto le echaron a alguien por tener una pertenencia legal en divisas? Tres años. A otro, por tener dos o tres dólares en el bolsillo, seis años por tráfico de divisas.”
Pedro Luis Boitel: La muerte de un símbolo
Uno de los momentos más sobrecogedores de su testimonio es la muerte del opositor Pedro Luis Boitel, símbolo de la resistencia al castrismo.
Hernández Brito asegura que fue testigo directo de sus últimos momentos: “Yo estaba de retén esa mañana y subí a llevar café a la posta de la enfermería. Y me dicen: ‘Ese que está allá adentro se está muriendo.’
Le pregunté: ‘¿Pedro Luis?’ Me dijeron: ‘Sí, es Pedro Luis.’”
Lo que ocurrió a continuación quedó grabado para siempre en su memoria.
“Cuando murió, le pedí permiso al teniente para cerrar sus ojos. Y fue ahí cuando todos los presos empezaron a cantar el himno nacional. Nos acuartelan a todos. Nadie se podía mover. Nadie podía salir", relató.
Décadas más tarde, Hernández supo que en honor a Boitel se instituyó un premio internacional de derechos humanos y dice haberse sentido emocionado al enterarse.
“Me emocioné mucho. No sabía que existía ese reconocimiento. Me dio orgullo. Yo, este viejo que está aquí, está orgulloso de haberle cerrado los ojos a Pedro Luis. Él murió porque estaba muy débil”, concluyó.
De servidor del régimen a olvidado
Más adelante, Hernández Brito participó como “trabajador internacionalista” y formó parte del aparato propagandístico del régimen.
“Para ser trabajador internacionalista tienes que pasar entrenamiento militar antes de ir a una misión civil. Aquí dicen que no, que los médicos que van a Venezuela no son militares, pero para poder ir a trabajar en Angola, por ejemplo, yo tuve que entrenarme como soldado.”
Hoy, sin embargo, vive una vejez que desmiente las promesas de la Revolución.
“Compañeros míos y gente vienen y comen de los basureros. Esto ha dado un cambio radical, que no es por lo que luchamos nosotros", confesó.
Con voz quebrada, reconoció la miseria en que ha terminado: “Yo pensaba que cuando me jubilara estaría tranquilo, sin problemas, con una vejez asegurada: con medicinas, con atención médica. Si no hubiera sido por la ayuda de mi hija, no sé dónde estaría yo. Muerto seguro.”
Y acabó lanzando una pregunta que sintetiza la desilusión de toda una generación: “¿Se acabó la salud o no se acabó? ¿La culpa de todas esas cosas la tiene el imperialismo?”
El testimonio de Vicente Hernández Brito es una ventana cruda al funcionamiento interno de la represión en los inicios del castrismo.
Más que una confesión, es una denuncia: no solo contra los verdugos, sino contra la estructura que los formó, los utilizó y finalmente los arrojó al olvido.
Constituye también un llamado urgente a la memoria histórica, que obliga a mirar sin filtros los cimientos de un sistema que justificó la muerte “en nombre de la patria y del pueblo”, y que luego dejó en total abandono a sus propios "soldados".
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