
El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, anunció hoy el inicio de una gira oficial por sus aliados asiáticos Vietnam, China y Laos.
Díaz-Canel dijo en X que se trata de “naciones hermanas a las que nos unen lazos entrañables y una historia de cooperación y solidaridad compartidas, a prueba del tiempo y de los mayores desafíos. Los mantendremos informados”.
El mandatario participará en los actos por los aniversarios 80 de la proclamación de la independencia y fundación de la entonces República Democrática de Vietnam; y de la victoria en la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa y la Guerra Antifascista Mundial, informó la Presidencia de Cuba
Durante su estancia en estos países, se reunirá con sus homólogos “para promover el desarrollo de la cooperación bilateral en todos los casos, la implementación de los acuerdos existentes, así como acelerar la construcción conjunta de la Comunidad de Futuro Compartido Cuba-China”, precisa la información oficial.
Acompañan a Díaz-Canel Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Relaciones Exteriores; Emilio Lozada García, miembro del Comité Central y jefe de su Departamento de Relaciones Internacionales; y Oscar Pérez-Oliva Fraga, ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera.
En medio de la crisis estructural que padece la sociedad cubana, esta gira se convertirá seguramente en otro pedido de ayuda de La Habana a sus aliados.
Esta semana se conoció, por ejemplo, que en Vietnam una campaña de solidaridad con Cuba en pocos días reunió un donativo de 14 millones de dólares.
La campaña, que se extenderá hasta el 16 de octubre, refleja la fortaleza de los lazos diplomáticos entre ambos países, pero también evidencia cómo el régimen cubano se aferra a la narrativa de la solidaridad internacional, pese a que dentro de la isla millones de personas enfrentan pobreza extrema, hospitales colapsados y una calidad de vida en deterioro constante.
Este 2025, Díaz-Canel ha convertido sus giras internacionales en un escape diplomático de la realidad. En mayo viajó a Rusia, donde se reunió con Jinping y levantó la copa en un banquete de lujo en el Kremlin mientras en la isla caribeña se racionaba el pan.
Poco después aterrizó en Bielorrusia, en medio del colapso energético en la isla, para regalar a Lukashenko puros, ron y camisetas conmemorativas, símbolos de una amistad autoritaria que no ilumina ni una bombilla en La Habana.
Ahora, el itinerario lo lleva a China, país con el que el régimen cubano ha reforzado sus lazos militares y políticos en los últimos años, en medio de crecientes denuncias sobre la presencia de instalaciones de espionaje chino en la isla.
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