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Ir de vacaciones a Cuba en 2025 es, literalmente, jugar a la ruleta rusa con tu salud. Lo que antes se promocionaba como “el paraíso del Caribe” se ha convertido en un destino de riesgo sanitario, donde una simple apendicitis puede terminar en tragedia. Lo demuestran los casos recientes de turistas extranjeros hospitalizados en condiciones deplorables, entre ellos el español Pedro Daniel Bernad Rodríguez, de 51 años, que hoy lucha por su vida en un hospital de Santa Clara sin acceso a los antibióticos que podrían salvarlo.
Pedro Daniel viajó el 3 de octubre de 2025 con la ilusión de pasar unas vacaciones en la isla. Una semana después estaba en una sala de terapia intensiva del Hospital Arnaldo Milián Castro, operado dos veces por un vólvulo intestinal y afectado por una neumonía postoperatoria. La familia tuvo que buscar colistina por su cuenta —un antibiótico vital inexistente en el hospital— y aún así no lograron completar el tratamiento.
Su historia no es un hecho aislado. En febrero, la canadiense Sylvie Beauchesne sufrió una fractura de cadera y pasó semanas en un hospital de Ciego de Ávila sin analgésicos ni antibióticos, hasta que su familia logró repatriarla en un avión ambulancia
En marzo, Caroline Tétrault, también canadiense, fue operada de urgencia por peritonitis en un hospital sin electricidad ni medicamentos. Otros turistas europeos se contagiaron con virus tropicales como chikungunya y Oropouche, mientras Estados Unidos y Canadá emitían alertas desaconsejando viajar a la isla.
El ministro de Salud Pública de Cuba, José Ángel Portal Miranda, reconoció ante la Asamblea Nacional que el país solo dispone del 30% del cuadro básico de medicamentos. Los hospitales carecen de gasas, jeringuillas y anestésicos, y la higiene es precaria. Según el propio gobierno, la mortalidad infantil y materna están en aumento, y los hospitales están infestados de plagas, con robos, cortes eléctricos y escasez de personal médico calificado
En ese contexto, enfermarse en Cuba -ya seas cubano o turista- significa enfrentarte a un sistema sanitario en ruinas. Los médicos trabajan sin insumos, los pacientes deben conseguir sus propios medicamentos, y las familias pagan sobornos o recurren a contactos para conseguir atención. El régimen intenta ocultarlo con campañas de propaganda mostrando hospitales recién pintados para las cámaras, pero la realidad huele a cloro vencido y desesperación.
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Las denuncias de extranjeros enfermos coinciden en algo: la atención prioritaria solo existe para quien paga en divisas o tiene un seguro internacional robusto. Los cubanos, por su parte, sobreviven como pueden. Pero incluso los turistas quedan atrapados en la burocracia y la miseria: la repatriación médica de Bernad cuesta 300.000 euros, una cifra que ni la aseguradora ni el consulado español quisieron cubrir. Su familia ha tenido que abrir una colecta pública para intentar traerlo de vuelta.
La imagen romántica de Cuba con música y mojitos esconde una verdad trágica: el país atraviesa una emergencia sanitaria. Las cifras oficiales confirman brotes simultáneos de dengue, zika, chikungunya y fiebre de Oropouche, mientras los hospitales se derrumban y los médicos huyen del país. En Matanzas y Cienfuegos, epicentros turísticos, las embajadas de Estados Unidos y Canadá han pedido a sus ciudadanos no viajar. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) y el CDC estadounidense lo corroboran: Cuba ya no es un destino seguro.
Desde España hasta Canadá, las historias se repiten: turistas hospitalizados, familias desesperadas, hospitales sin agua ni medicinas, diagnósticos errados y médicos exhaustos que improvisan con lo que tienen. Todo mientras el gobierno cubano insiste en vender una imagen de excelencia médica exportable al mundo. Pero las cifras, las fotos y los testimonios cuentan otra historia: el colapso es total.
Viajar de turismo a Cuba en 2025 no es un acto de curiosidad cultural ni de solidaridad con el pueblo cubano. Es, lisa y llanamente, una locura. No existen garantías médicas, las embajadas no pueden ayudarte, los seguros no cubren evacuaciones, y si enfermas, estarás solo en un sistema que ni siquiera puede atender a sus propios ciudadanos.
Mientras el régimen sigue usando al turismo como oxígeno económico, los viajeros extranjeros deberían preguntarse si vale la pena financiar una dictadura a costa de su salud y su vida.
Cuba necesita solidaridad, sí, pero no en forma de turismo ingenuo. Viajar a Cuba hoy no es apoyar al pueblo: es exponerse a una pesadilla.
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