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Leí el texto de Michel E. Torres Corona con la misma mezcla de curiosidad y asco con que uno mira un noticiero de la TV cubana: las palabras cambian, pero la melodía es la misma. Mucho de azul, mucho de verde, mucho de patria y de bandera… y debajo, la misma letanía de siempre: resistir, aguantar, padecer con orgullo.
Sí, puede sonar bonito. Es un texto bien escrito, lleno de imágenes, de referencias a Martí, a Benedetti, a la cultura. Pero en realidad lo que hace es maquillar la miseria con poesía. Disfrazar la resignación de virtud. Habla del apagón como si fuera un acto heroico, cuando en verdad es una condena cotidiana.
Cuba no necesita más versos de apagones, necesita luz, comida y libertad.
Los que estamos fuera no nos fuimos por cobardía. Nos fuimos porque en Cuba solo hay dos opciones: la miseria o el exilio. Y lo digo con el peso de quien sabe lo que cuesta esa decisión. Nos fuimos con un costo enorme, familiar, emocional, económico. No hay nada heroico en empezar de cero, en no tener a los tuyos, en vivir sabiendo que tus hijos hablarán otro idioma y amarán otra tierra.
Mis familiares y amigos de toda la vida hoy están en Miami, Nueva York, Madrid, Asturias, Londres, etc. Ya nadie está donde solía estar. Cuando hablo con ellos por teléfono, parece que nos separaran siglos, no kilómetros.
Eso no es traición a la patria; es una herida abierta. Y duele porque la provocaron ellos: los Castro, su régimen, y quienes, como Torres Corona, lo defienden y pretenden hacernos creer que la pobreza es pureza, que el apagón es dignidad, que el sacrificio impuesto es virtud.
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El texto de Torres Corona esconde una idea tóxica: que los que se quedan son más cubanos que los que se van. Que los emigrados “renegamos” y “no seremos felices” porque no somos “grano de ese canto de arena”. Eso es mentira. Quedarse no te hace más cubano, e irse no te convierte en cobarde.
Martí escribió: “No hay espectáculo, en verdad más odioso, que el de los talentos serviles”. Y estamos viendo justamente eso, un "intelectual" usando su talento para justificar al poder. Para hacer poesía de la escasez, para convertir el apagón en símbolo, mientras millones de cubanos viven la oscuridad real de la desesperanza.
Ser cubano no es una dirección postal, es una forma de sentir, una memoria compartida. Es seguir llamando “la bodega” al supermercado, o mirar el mar con la misma mezcla de nostalgia y rabia. Yo sigo siendo cubano aunque viva en Valencia y mis hijos sean españoles. Y eso no me lo puede quitar ni el idioma ni la distancia, mucho menos un burócrata con una pluma poética.
Quedarse no te hace más cubano, e irse no te convierte en cobarde.
Siguiendo con Martí: “La tiranía es la misma en sus varias formas, aunque se vistan algunas de ellas de hermosos nombres y de hechos grandes”. Y esto es precisamente lo que hace el texto de Torres Corona: vestir la tiranía con palabras hermosas. Habla de cultura, de deber, de patria, pero lo que está defendiendo es la continuidad de un sistema que oprime, censura y empobrece.
Martí también escribió: “Cuando un pueblo emigra, sus gobernantes sobran”. Y ahí está la verdad que el oficialismo no soporta: el éxodo cubano no solo es una fuga, es una crítica y condena continua al sistema. Cada cubano que se va es una prueba viviente del fracaso del régimen. Y cada cubano que sobrevive fuera, que trabaja, que cría hijos libres, que sigue diciendo “asere” o “mi hermano”, es la demostración de que la patria no está en el territorio, sino en la dignidad.
La felicidad no está en resistir, sino en vivir con independencia. Martí lo dijo claro: “La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes.”. Por eso no seremos menos felices los que nos fuimos. Somos los que elegimos vivir sin amo, sin miedo, sin consignas. Los que amamos a Cuba, pero no a sus verdugos.
Yo no reniego de mi país. Reniego del régimen que lo hundió y de los "poetas" que lo justifican.
Cuba no necesita más versos de apagones. Cuba necesita luz.
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