El programa oficialista Con Filo dedicó una de sus emisiones a atacar al medio independiente La Joven Cuba (LJC), a raíz de la entrevista que este realizó al cantautor Israel Rojas, líder de Buena Fe.
En un tono que mezcló una chusca ironía con advertencias veladas, el presentador Michel Torres Corona acusó al portal de ser un proyecto “financiado por Noruega para labores de subversión” y de representar una “oposición light reformista” que, según el dogma del régimen, es igualmente contrarrevolucionaria.

El ataque televisivo se produjo acompañado de una cita textual del viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos R. Fernández de Cossío, reproducida en pantalla:
“La oposición a la Revolución es contrarrevolución, tenga el apellido que tenga. El fundador de la verdadera y genuina Joven Cuba, Antonio Guiteras, no recibió, ni hubiera aceptado financiamiento del imperialismo para emprender su lucha revolucionaria”.
Esta declaración se alinea con el histórico precepto fidelista de “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”, utilizado durante décadas para justificar censura, persecución y represión contra cualquier voz crítica, incluso si esta surge dentro del espectro socialista.
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El propio Torres Corona insistió en que es “deber de los militantes denunciar y combatir” a los medios y proyectos que, en su opinión, pretendan “desmontar el socialismo”.
Ataque coordinado y vieja narrativa
En su discurso, Con Filo buscó vincular a LJC con instituciones y actores extranjeros, insinuando una agenda de injerencia, y repasó de forma parcial la trayectoria del proyecto para presentar su actual línea editorial como una “deriva reaccionaria” iniciada por uno de sus fundadores.
La acusación, sin pruebas verificables presentadas en el programa, reproduce un patrón habitual en la propaganda oficial: desacreditar mediante la sospecha de financiamiento foráneo a toda organización que ejerza un periodismo no subordinado al Partido Comunista.
El señalamiento se produce en un contexto más amplio de radicalización discursiva del oficialismo. Apenas días antes, el periódico Granma desempolvó una de las frases más violentas de Fidel Castro: “Si la Revolución se frustra, la contrarrevolución triunfa, y la contrarrevolución solo podría triunfar aquí sobre la base de un mar de sangre, de un verdadero mar de sangre”.
En palabras del presidente Miguel Díaz-Canel, no se trata de recordar a Castro, sino de “traerlo a este momento”, dejando claro que el régimen asume esa intransigencia como una política vigente.
Un mensaje para la disidencia… y para la crítica interna
El énfasis en que “cualquier oposición a la Revolución es contrarrevolución” no solo apunta a medios abiertamente opositores, sino también a espacios críticos que, como LJC, se ubican en el espectro de la izquierda y no reniegan del socialismo como concepto.
Esta ampliación de la categoría “enemigo” busca reducir el margen de tolerancia hacia voces reformistas que puedan cuestionar la gestión gubernamental sin alinearse con la narrativa oficial.
La amenaza es clara: en el marco del castrismo, cualquier agenda política, mediática o cultural que no se subordine por completo a la ideología del Partido Comunista será tratada como un proyecto hostil, susceptible de ser atacado públicamente y marginado del debate nacional.
El blindaje legal de la intransigencia
El ataque de Con Filo y la cita del viceministro Fernández de Cossío no se producen en un vacío retórico: encuentran respaldo en el propio entramado legal del régimen.
Aunque la Constitución cubana de 2019 no menciona de forma literal el término “contrarrevolución”, declara irrevocable el sistema socialista y consagra al Partido Comunista como “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”.
Este marco convierte cualquier propuesta política o mediática que se sitúe fuera de esa órbita en algo, por definición, inconstitucional.
El Código Penal cubano, heredero de disposiciones como la Ley No. 425 de 1959, sí ha tipificado históricamente la “contrarrevolución” como un delito grave, con sanciones que en sus formulaciones más duras han incluido la pena de muerte.
Aunque en su versión vigente de 2022 no utiliza ya ese término de manera expresa, mantiene figuras delictivas que cumplen el mismo propósito: sancionar la recepción de financiamiento extranjero, la difusión de “propaganda enemiga”, la difamación contra instituciones y dirigentes, o cualquier acción que se interprete como orientada a “desmontar el sistema socialista”.
Las penas por estos delitos van desde varios años de prisión hasta la privación perpetua de libertad, además de inhabilitaciones y otras sanciones accesorias.
Bajo esta arquitectura legal, la frase “cualquier oposición a la Revolución es contrarrevolución” no es solo un eslogan ideológico: puede traducirse en persecución judicial contra medios, periodistas y activistas.
El efecto es un ecosistema comunicativo en el que toda crítica que exceda los límites tolerados por el Partido se expone no solo a la estigmatización mediática, como la practicada por Con Filo, sino también a consecuencias penales severas.
En este contexto, el periodismo independiente en Cuba opera bajo una doble amenaza: la difamación pública como antesala de un posible proceso judicial.
El papel de Con Filo en la maquinaria de propaganda
Desde su estreno, Con Filo ha funcionado como un espacio de propaganda de choque, donde se ataca con nombres y apellidos a opositores, periodistas, activistas y medios independientes.
Su lenguaje, que mezcla humor burlesco con consignas políticas, busca movilizar a la base más ideologizada del oficialismo y reforzar la percepción de que Cuba vive bajo un asedio constante de “agentes externos”.
La emisión dedicada a LJC y la entrevista a Israel Rojas ilustra cómo el régimen combina múltiples niveles de ataque:
- El plano mediático, con programas que difunden acusaciones y teorías de injerencia.
- El plano institucional, con declaraciones de altos funcionarios como Fernández de Cossío, que elevan esas acusaciones a posición oficial del Estado.
- El plano simbólico, con el uso del ideario de Fidel Castro para legitimar la represión contra cualquier forma de disenso.
Línea dura en tiempos de crisis
El endurecimiento del discurso se produce mientras el país enfrenta una crisis multisistémica: apagones de más de 20 horas, inflación descontrolada, escasez de alimentos y migración masiva.
En este escenario, el régimen totalitario parece apostar a cerrar filas ideológicas, revivir el culto a la figura de Castro y desacreditar cualquier propuesta de cambio que no pase por sus estructuras.
La frase del viceministro y el guion de Con Filo no dejan lugar a dudas: el oficialismo no concibe un espacio de diálogo plural, ni siquiera con sectores que se reconocen como parte de la izquierda.
Toda crítica que cuestione el monopolio político del Partido Comunista será combatida como “contrarrevolución”, perpetuando una lógica que ha sofocado por décadas el debate y la libertad de prensa en Cuba.
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