Funcionaria del MINREX sobre Silvio Rodríguez: "Es un gran embajador de la Cuba revolucionaria"

Mientras el pueblo cubano sobrevive entre apagones y colas interminables, Johana Tablada y otros portavoces oficiales siguen aferrados a un relato épico donde artistas privilegiados son exhibidos como representantes de un pueblo que ya no los reconoce.

Johana Tablada de la Torre y Silvio Rodríguez © Facebook / Johana Tablada - Zurrón del Aprendiz
Johana Tablada de la Torre y Silvio Rodríguez Foto © Facebook / Johana Tablada - Zurrón del Aprendiz

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La diplomática cubana Johana Tablada de la Torre, subdirectora general para Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), ha vuelto a hacer gala de su fervor ideológico y de su papel como portavoz sentimental del régimen.

En un extenso post en redes sociales, la funcionaria calificó a Silvio Rodríguez como “un gran embajador de la Cuba revolucionaria” y dedicó párrafos enteros a ensalzar su reciente gira internacional como un “acontecimiento trascendental e inolvidable”.

Captura de pantalla Facebook / Johana Tablada

El texto, saturado de adjetivos y de una devoción casi religiosa hacia el trovador, dibuja con claridad el vínculo simbiótico entre el poder político cubano y su aparato cultural.

Tablada de la Torre escribe: “Silvio ayuda a despertar de toda la anestesia con que los que se creen dueños del mundo nos quieren adormecer”. Y lo eleva al rango de “embajador humanista” de la llamada “revolución”, un título que, viniendo de una diplomática del régimen, suena menos a elogio artístico que a una canonización política.

Detrás de las palabras de Tablada de la Torre se esconde un viejo mecanismo: la instrumentalización de la figura de Silvio Rodríguez como emblema de legitimación exterior del castrismo.


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Desde hace décadas, el autor de ‘Ojalá’ y ‘El necio’ ha funcionado como puente simbólico entre la vieja utopía revolucionaria y la realidad actual del país —una realidad marcada por la escasez, la represión y la migración masiva.

Mientras el pueblo cubano sobrevive entre apagones y colas interminables, Tablada de la Torre y otros portavoces oficiales siguen aferrados a un relato épico donde artistas privilegiados son exhibidos como representantes de un pueblo que ya no los reconoce.

Su elogio a Silvio no es inocente: intenta revalidar, desde la nostalgia, la vigencia de un proyecto político agotado.

La gira internacional del trovador, que recorrió países como Chile, Argentina y México, fue descrita por Tablada como una “gira de luz”, un acto de “resistencia cultural” y “memoria histórica”.

En su interpretación, cada canción de Silvio sería una reafirmación del ideal revolucionario. Sin embargo, lo que omite la funcionaria es que ese mismo ideal hace tiempo dejó de inspirar a la mayoría de los cubanos, hoy ocupados en huir del sistema que ella defiende desde la comodidad de su cargo diplomático.

Silvio Rodríguez, por su parte, encarna la contradicción de una generación que convirtió el conformismo en coherencia. Aunque a veces lanza tímidas críticas al estado de cosas en Cuba, su lealtad al poder sigue intacta.

En entrevistas recientes, el cantautor ha insistido en su adhesión a la revolución, incluso cuando admite que “no todo se le puede achacar al embargo”. Es, como él mismo cantó, un necio: un artista que prefiere la fidelidad al mito antes que el compromiso con la verdad.

Ambos —Tablada de la Torre y Silvio— son piezas distintas de una misma maquinaria de legitimación cultural. Ella, desde el lenguaje diplomático barnizado de retórica “humanista”; él, desde la nostalgia poética y la autoridad moral que le da haber sido la voz de una época.

En conjunto representan la versión intelectual del aparato ideológico del régimen totalitario cubano: una élite que habla de justicia social mientras vive de los privilegios del sistema que oprime al resto.

La exaltación que hace Tablada de la Torre de la “diplomacia revolucionaria” de Silvio revela, además, la estrategia del régimen: presentarse ante el mundo no con tanques ni discursos de partido, sino con trovadores y metáforas.

Es el poder blando del castrismo, ese que se disfraza de cultura y sensibilidad mientras censura, vigila y castiga dentro de la isla.

Resulta irónico que la funcionaria elogie una gira que, en su propio país, habría sido imposible organizar libremente para otros trovadores con mensajes diferentes. En Cuba, la música y el arte en general sigue siendo terreno vigilado: artistas independientes son reprimidos por cantar, pintar o escribir lo que piensan, y los escenarios están reservados para quienes no desafían la narrativa oficial.

Así, mientras Tablada de la Torre proclama que Silvio es un “embajador de la Cuba revolucionaria”, el pueblo cubano continúa siendo el verdadero exiliado de esa revolución. Ni la poesía ni la diplomacia pueden maquillar el fracaso de un sistema que solo sobrevive gracias a la propaganda y a sus viejos símbolos.

Y en ese teatro ideológico, Silvio Rodríguez y Tablada de la Torre actúan —cada uno en su papel— como fieles esbirros intelectuales de una dictadura que hace tiempo perdió sus pasos y sus cantares de gesta.

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