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En Cuba, la unanimidad dejó de sorprender hace mucho. Lo insólito sería un voto en contra. Cada sesión del Parlamento se desarrolla como un ritual calcado: manos que se alzan al unísono, rostros inexpresivos y una obediencia que no necesita justificación. No hay debate, solo reflejos. Por eso, hablar de un “hemiciclo zombi” no es una licencia poética, sino una descripción precisa del estado vital de la política cubana.
La llamada Asamblea Nacional del Poder Popular se parece menos a un órgano legislativo y más a una escenografía institucional. Sus reuniones no buscan resolver apagones, hambre o migración masiva; se limitan a explicar por qué esos problemas seguirán formando parte del paisaje. Los diputados levantan la mano con la reacción automática de quien ha sido entrenado para no pensar, ni cuestionar, ni disentir. En ese teatro, cada votación es una función predecible.
El zombi, en el cine, es un cuerpo sin alma, movido por una fuerza ajena. Camina, se sienta, obedece... pero está vacío por dentro. Así ocurre con un Parlamento que aprueba el 100% de las leyes, el 100% de los presupuestos fallidos y el 100% de las políticas que profundizan la ruina nacional. La maquinaria institucional sigue moviéndose, aunque el pensamiento crítico haya muerto hace décadas.
Mientras el país real se desmorona -con apagones que no acaban, con colas interminables y un éxodo que vacía las calles-, el Parlamento sigue votando “sí” a todo: sí al discurso vacío, sí a la mentira repetida, sí a la continuidad de un modelo agotado. Lo hace con solemnidad casi ritual, como si la obediencia absoluta fuera un acto de fe patriótica. No representan al pueblo que sobrevive; representan al sistema que los utiliza como decorado.
La unanimidad, en realidad, no expresa consenso. Es un síntoma: miedo, esterilidad política y muerte institucional. Cuba no tiene un Parlamento vivo, sino una asamblea de muertos en vida que aplauden, sonríen y obedecen mientras el país se desangra.
Pero incluso en las películas de zombis, hay giros inesperados. A veces, uno de ellos recuerda quién fue, siente algo, reacciona distinto. Si en esos escaños quedara, aunque sea, un trocito de alma humana, tal vez un día veamos una mano que no se alce, una voz que disienta, un voto en contra. Tal vez entonces, por primera vez en mucho tiempo, el Parlamento cubano empiece a volver a la vida.
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