Régimen cubano se aferra a los eventos y congresos internacionales mientras el país se desmorona



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Lis Cuesta Peraza en evento gastronómico en Cuba (imagen de archivo) © Facebook / GastroCult Cuba
Lis Cuesta Peraza en evento gastronómico en Cuba (imagen de archivo) Foto © Facebook / GastroCult Cuba

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En medio de la peor crisis económica desde el llamado “Período Especial”, el régimen cubano mantiene intacta su maquinaria de eventos, congresos y ferias oficiales para el año 2026.  

El calendario oficial del gobierno —titulado “Eventos Cuba 2026”— incluye más de 280 actividades organizadas por casi todas las instituciones del Estado, desde el ministerio de Cultura hasta el de la Agricultura, pasando por el Turismo, el Deporte y la Salud Pública.

Captura de pantalla Facebook / Granma Travel

Mientras los cubanos enfrentan apagones diarios, escasez crónica de alimentos y medicamentos, inflación desbocada y salarios que no cubren ni una semana de gastos, los ministerios se preparan para celebrar congresos internacionales, simposios, ferias y festivales en hoteles de lujo como el Nacional, el Meliá Varadero o el Habana Libre.  

La contradicción es brutal: el país se hunde en la precariedad, pero el aparato estatal se comporta como si la isla siguiera siendo un escaparate tropical para el turismo y la propaganda. 

Según el documento oficial, el ministerio de Cultura (MINCULT) y el INDER concentran la mayoría de las actividades, con cerca de 150 eventos entre ambos.  


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La Feria Internacional del Libro, la Bienal de La Habana, el Festival de Cine Latinoamericano, la Feria de Artesanía FIART o el Marabana–Maracuba figuran en el calendario junto a más de 40 torneos deportivos con participación extranjera.  

Detrás de estos eventos se movilizan recursos materiales, hospedajes, transporte, combustible y personal, en un país donde los hospitales carecen de insumos básicos y las escuelas apenas pueden sostener la alimentación de los alumnos. 

La estrategia oficial es clara: mantener la ilusión de normalidad y atraer divisas a través de congresos “internacionales” que, en su mayoría, sirven más para maquillar la imagen del país que para generar ingresos significativos.  

Cada ministerio busca captar algunos dólares a cambio de alojamiento, cuotas de inscripción o exhibiciones controladas, pero los costos logísticos y propagandísticos terminan siendo mucho mayores que los beneficios. 

Mientras tanto, el gobernante Miguel Díaz-Canel y su gabinete insisten en la retórica de la “resistencia creativa”, apelando al sacrificio del pueblo, pero sin recortar ni uno solo de los privilegios del aparato estatal. 

En este engranaje propagandístico destaca la figura de Lis Cuesta Peraza, esposa de Díaz-Canel y “no primera dama” del régimen, quien ha mantenido un papel activo como coordinadora y promotora de eventos del MINCULT en colaboración con el ministerio de Turismo (MINTUR).  

Cuesta Peraza ha impulsado encuentros exclusivos, festivales gourmet, ferias culturales y circuitos de “turismo cultural de élite” destinados a diplomáticos, empresarios afines y funcionarios extranjeros, en hoteles y centros turísticos bajo el control de GAESA.  

Su presencia al frente de actos como Varadero Gourmet, Arte y Moda o las actividades de la agencia Paradiso evidencia el intento del régimen por proyectar una imagen sofisticada de Cuba mientras el pueblo sobrevive entre apagones y colas.  

La persistencia en organizar este tipo de eventos —en hoteles de cuatro y cinco estrellas, con apoyo de las agencias Havanatur, Cubatur y Paradiso, todas bajo el control de GAESA— demuestra la desconexión absoluta entre la dirigencia y la realidad nacional. 

Por su parte, el ministerio de Economía y Planificación, responsable de aprobar cada gasto público, permite y ampara estas iniciativas, confirmando que la prioridad del régimen sigue siendo la autopromoción y la supervivencia política, no la recuperación económica ni el bienestar ciudadano. 

Con este calendario, el régimen cubano intenta proyectar hacia el exterior una imagen de estabilidad y apertura cultural, cuando en realidad el país vive una emergencia humanitaria silenciosa.  

La inversión pública en ferias y congresos es, en los hechos, un lujo inaceptable en un Estado donde millones de personas dependen de remesas o del trueque informal para sobrevivir; y donde las escuelas, hospitales, el transporte y otros servicios públicos son una ruina absoluta. 

Mientras los hoteles se preparan para recibir a delegaciones extranjeras, los cubanos seguirán con apagones, escasez, basura en las calles y epidemias.  

En vez de enfrentar la crisis, Díaz-Canel opta por el silencio y el espectáculo, escondiendo la cabeza bajo la arena como un avestruz que finge no ver el desastre que ayudó a provocar. 

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