Arleen Rodríguez Derivet: La hermana del alma de Díaz-Canel que quisiera escribir como Martí y ser bella como Ana de Armas



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Arleen Rodríguez Derivet y José Martí Foto © Instagram / @rodriguezderivetarleen - Wikipedia

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Arleen Rodríguez Derivet no necesita luces: le basta con la que emana del propio concepto que tiene de sí. Aunque a veces, como esta semana, esa luz se le va junto con la corriente y se queda a la deriva como un bajel pirata. 

José Martí no conoció la luz eléctrica y era un genio; ojalá yo escribiera una línea como Martí con la luz encendida”, dijo en una entrevista con Rafael Correa. La respuesta del prófugo ecuatoriano fue un parpadeo de incredulidad: “Pero Arleen, estamos en el siglo XXI”. 

La escena duró apenas unos segundos, pero bastó para exhibir lo que Arleen encarna desde hace décadas: el extravío y mediocridad de una prensa oficialista que confunde propaganda con pensamiento y fe con periodismo.  

Su frase viral sobre Martí —que además conoció, escribió y celebró la luz eléctrica— fue más que un desliz histórico; fue un retrato psicológico involuntario. 

Porque Arleen, más que informar, se interpreta a sí misma. La guantanamera tiene la costumbre de convertir cada aparición pública en una pequeña epopeya personal.

No entrevista: pontifica. No comenta: evangeliza. Se ha construido como una heroína sentimental del castrismo, una figura que necesita estar siempre en el centro de la historia, en el foco de las cámaras o al costado del poder.  

Ella misma lo ha reconocido: “Tengo un gran problema de protagonismo dondequiera que voy”

En esa confesión cabe toda su carrera. Desde los tiempos de Juventud Rebelde y Radio Rebelde hasta su papel actual como voz de la Mesa Redonda y del podcast ‘Chapeando bajito’, Rodríguez Derivet ha hecho del servilismo político una forma de identidad.  

Es la comisaria que defiende el corte de Internet porque “se organiza la guerra contra Cuba”, la que justifica los apagones citando al Apóstol y la que agradece serpenteando en Twitter la visita de la Monroe de La Colmenita con la frase: “Todas quisimos ser Ana de Armas”. 

Esa mezcla de adoración, envidia y necesidad de espejo explica buena parte de su personaje público.  

Arleen vive en una constante identificación idealizada con los poderosos y los admirados. Quiere escribir como Martí, ser tan bella y aplaudida como De Armas, y al mismo tiempo, seguir siendo la “hermana del alma” de Miguel Díaz-Canel, quien la llamó así en una de sus ridículas felicitaciones públicas. 

En esa frase se resume su papel en el ecosistema del poder dictatorial cubano: la fiel sacerdotisa del relato oficial, el rostro llamativo de la grisura y la obediencia.  

Su vida, como ella misma dijo en una entrevista para Al Mayadeen, pretende ser una “permanente Operación Verdad”, una misión sagrada de servicio al régimen y al mito paleolítico de Santa Ifigenia.  

Arleen habla de sí misma con tono de elegida, con la solemnidad de quien cree que defiende algo más alto que la realidad, ya sean las reflexiones delirantes del dictador colostomizado, o el heroísmo de sainete de cinco espías apresados. 

Pero detrás de esa retórica mística —de la “luz de la memoria”, de la “decencia revolucionaria” y del “hombre nuevo”— se esconde una figura profundamente subordinada y dependiente del poder.  

No hay distancia ni autocrítica, solo una fe devocional. Es la monja laica de la propaganda, siempre dispuesta a justificar lo injustificable, incluso a costa del martirizante ridículo.

Es un camino donde nos queda por sufrir un poquito de apagones, pero hay que aguantar todavía”, decía con zalamería ante un Vicente de la O Levy que, en septiembre de 2024, prometía generar en 2025 un minuto de electricidad con energías renovables... y “engordarlo” en lo adelante. 

Su necesidad de pertenecer al círculo del poder la ha llevado a habitar una especie de proceloso mar (o mal) ideológico, en el que se orienta con esta rosa de los vientos: el punto de Birán (enana roja del heliocentrismo), la materia oscura de Rosario (eclipse del mundo moral), el trovador de San Antonio (cometa Oumuamua), y el agujero negro de Placetas (heredero y “continuador decente”).  

En ese universo simbólico, Arleen flota entre la nostalgia y la servidumbre, entre campos gravitacionales de manuales y panfletos, convencida de que repite las palabras de héroes y pensadores, cuando apenas recicla consignas en el vacío. 

Y así, mientras el país se hunde en el caos y la oscuridad, Arleen sigue hablándole a su ilusoria luminosidad. Cree ver en cada apagón una metáfora de "resistencia creativa", y en cada líder "puesto a deo", un nuevo reflejo (o fe de erratas) de su fe.  

En su mundo, la verdad es un dogma, no una búsqueda infinita; una palabra que se pronuncia de memoria, incluso cuando todo alrededor apesta a estancamiento, silencio, privilegios y coágulos de sangre. 

Como dijera un veterano joven rebelde y subordinado suyo después de tomarse dos o tres tragos: Arleen “piensa con la sístole y la diástole”.

Y así, entonando la salmodia guevarista de la “honradez, honestidad y decencia”, Arleen va de intelectual de organopónico, cogitando entre contracciones de tubérculo.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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