Cuba antes y después de 1959: Desmontando un mito construido por el régimen totalitario comunista

Obras del Capitolio de La Habana Foto © Facebook / La Cuba que no conocías hasta 1959

Las recientes declaraciones de Miguel Díaz-Canel, en las que asegura que la revolución eliminó “todas las miserias” y que hoy los cubanos tienen “más derechos que nunca”, no son nuevas.

El cansino relato del gobernante designado por Raúl Castro, expuesto en Palacio ante el manso Pablo Iglesias, forma parte de un discurso repetido durante décadas por el poder, construido para justificar 67 años de control absoluto.

Sin embargo, ese relato se derrumba ante cualquier revisión mínimamente rigurosa de los datos históricos y la realidad actual del país.

Una república con problemas, pero lejos del colapso que describe el régimen

La Cuba anterior a 1959 tenía desigualdades, pobreza rural y dependencia económica. Pero no era, como insiste el discurso oficial, un país arrasado ni sin servicios básicos.

En los años 50, la isla se situaba entre las economías más avanzadas de América Latina. Estudios de historia económica publicados en el Journal of Economic History ubican su PIB per cápita entre los más altos de la región, comparable al de Argentina o Uruguay.

En salud, los indicadores eran sólidos para su contexto: una esperanza de vida cercana a los 62 años y una mortalidad infantil en torno a 30 por cada 1.000 nacidos vivos, de las más bajas del continente según reconstrucciones utilizadas por la OMS y analizadas en The Lancet. Cuba contaba además con unos 6.000 médicos para seis millones de habitantes, una proporción destacada en la región.

En educación, la alfabetización oscilaba entre el 60% y el 76% antes de la campaña de 1961, según estudios basados en censos históricos. No era universal, pero tampoco inexistente.

A ello se sumaban niveles de consumo y modernización elevados para América Latina: acceso extendido a electricidad, televisores y automóviles, así como uno de los mayores consumos calóricos de la región, según series históricas de la FAO.

La imagen de una Cuba sumida en la miseria absoluta no se corresponde con estos datos.

Dependencia de Estados Unidos: real, pero no única ni excepcional

Díaz-Canel insiste en presentar la República como una “neocolonia” sin soberanía.

Es cierto que existía una fuerte relación con Estados Unidos, con inversiones de entre 750 y 861 millones de dólares (unas cifras muy elevadas para la época) en sectores clave como el azúcar, la electricidad o el transporte, según documentos del propio Departamento de Estado.

También es cierto que esa presencia generaba dependencia. Pero omite un hecho clave: esas empresas operaban dentro de la economía cubana, generaban empleo, pagaban salarios e impuestos, y contribuían al desarrollo de sectores enteros.

Más importante aún, Cuba no era una excepción. Como documenta CEPAL, prácticamente toda América Latina funcionaba bajo un modelo dependiente del capital extranjero: Argentina del británico, Chile del cobre en manos externas, Venezuela del petróleo multinacional.

El problema no era la existencia de inversión extranjera, sino la combinación de dependencia, desigualdad y debilidad institucional.

Convertir eso en una caricatura de “país saqueado sin economía propia” es una simplificación propagandística.

La revolución: de la dependencia a Washington a la subordinación a Moscú

Lejos de eliminar la dependencia, la revolución la transformó. Cuba pasó a depender casi por completo de la Unión Soviética.

Durante décadas, el país sobrevivió gracias a subsidios masivos: compra de azúcar a precios artificiales, suministro de petróleo subvencionado y apoyo financiero directo, como documentan estudios de CEPAL y del economista Carmelo Mesa-Lago.

La supuesta “soberanía” quedó en entredicho en episodios como la crisis de los misiles de 1962, cuando Cuba fue utilizada como pieza estratégica en la Guerra Fría.

El colapso de la URSS en 1991 provocó una contracción económica superior al 30%, evidenciando una realidad incómoda: el modelo no era autosostenible.

La dependencia no desapareció; simplemente cambió de actores capitalistas a regímenes comunistas.

Logros sociales: reales, pero construidos sobre una base previa

El régimen suele atribuirse en exclusiva los avances en salud y educación. Sin embargo, estos no surgieron de la nada.

Cuba ya contaba con una base sanitaria y educativa antes de 1959. La revolución amplió y universalizó esos servicios, alcanzando niveles altos de alfabetización (pero no absolutos), esperanza de vida (78 años) y baja mortalidad infantil, según el Banco Mundial.

Pero esos logros convivieron durante décadas con el respaldo económico soviético y hoy contrastan con una realidad marcada por la escasez.

Organismos internacionales como el Programa Mundial de Alimentos advierten de recesión, inflación y creciente inseguridad alimentaria. La ONU ha alertado sobre el deterioro de derechos básicos, mientras Human Rights Watch documenta apagones, falta de medicamentos y crisis humanitaria.

Este es el contexto en el que Díaz-Canel habla de “más derechos que nunca”.

De una república imperfecta a un sistema sin libertades

La diferencia más profunda no es solo económica, sino política.

Antes de 1959, Cuba era una república con sistema pluripartidista, elecciones —con irregularidades en etapas como la dictadura de Fulgencio Batista— y una sociedad civil activa. Existían prensa independiente, debate público y espacios de participación.

Tras la revolución, se instauró un sistema de partido único: desaparecieron las elecciones competitivas, se prohibió la oposición y se eliminaron las libertades civiles fundamentales, como documentan organizaciones como Human Rights Watch y Freedom House.

El ciudadano dejó de ser sujeto político para convertirse en objeto de control.

El contraste que el discurso oficial intenta ocultar

La "continuidad" de Díaz-Canel no solo distorsiona el pasado: intenta desviar la atención del presente, tal y como enseñaron los hermanos Fidel y Raúl Castro a lo largo de seis décadas.

Mientras el gobierno habla de conquistas históricas, el país enfrenta una de las peores crisis de su historia reciente: apagones de hasta 30 horas, escasez generalizada y una contracción económica acumulada que ha empujado a cientos de miles de cubanos a emigrar.

La evidencia histórica y los datos actuales conducen a una conclusión incómoda para el poder:

  • Cuba antes de 1959 era un país relativamente avanzado en América Latina, aunque desigual y dependiente.
  • La revolución amplió servicios sociales, pero no partió de cero.
  • La dependencia no desapareció: se trasladó primero a la URSS y luego a otros aliados como Venezuela y México.
  • El costo ha sido una economía estancada y la pérdida de libertades fundamentales.

Conclusión

El mito de una Cuba prerrevolucionaria arrasada y una revolución redentora no resiste el contraste con los datos.

No se trata de idealizar el pasado, sino de desmontar una narrativa que ha sido utilizada para justificar décadas de control político y fracaso económico.

Hoy, cuando Díaz-Canel insiste en ese discurso, la realidad de millones de cubanos —marcada por carencias, apagones y falta de futuro— funciona como el desmentido más contundente.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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