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El conglomerado empresarial GAESA, controlado por las Fuerzas Armadas cubanas, se perfila como una de las piezas clave en cualquier escenario de transición en la isla, y también como un objetivo central dentro de la estrategia de Estados Unidos, según revela un reportaje reciente de la revista The Atlantic.
El Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA) no es una empresa más dentro del entramado estatal cubano. Se trata del núcleo económico que articula buena parte del poder real del régimen. Bajo su control se encuentran sectores estratégicos como el turismo, el comercio en divisas, los puertos, las remesas, las telecomunicaciones y numerosas operaciones financieras.
Diversas estimaciones sitúan su influencia entre el 40 % y el 70 % de la economía cubana, especialmente en lo que respecta a los ingresos en moneda dura. En la práctica, GAESA funciona como la columna vertebral financiera del sistema, garantizando los recursos necesarios para sostener tanto el aparato político como los mecanismos de control interno.
Por ello, dentro del entorno de Washington existe un consenso creciente: cualquier intento de transformación real en Cuba pasa inevitablemente por modificar el papel de este conglomerado. The Atlantic señala que figuras clave de la administración del presidente Donald Trump, así como aliados políticos, han puesto el foco en estructuras como GAESA como parte de una estrategia más amplia hacia la isla.
Más allá de Díaz-Canel: dónde está el poder real
El énfasis en GAESA también refleja una lectura cada vez más extendida: el poder en Cuba no reside únicamente en figuras visibles como Miguel Díaz-Canel, sino en un entramado institucional y económico mucho más profundo, opaco, estrechamente vinculado al estamento militar y a las redes construidas durante décadas por el castrismo.
En ese contexto, un eventual cambio de liderazgo sin alterar el control de GAESA podría tener un impacto limitado. La estructura que concentra los ingresos, gestiona sectores estratégicos y articula la economía en divisas seguiría intacta.
Esta realidad plantea dudas sobre la eficacia de cualquier transición que no aborde directamente el núcleo económico del sistema.
El precedente de Venezuela y la lógica estratégica
El enfoque que se perfila hacia Cuba guarda paralelismos con la estrategia aplicada recientemente por Estados Unidos en Venezuela. En ese caso, la presión no se limitó al plano político, sino que apuntó a debilitar la principal fuente de ingresos del régimen: el petróleo.
La lógica detrás de ese movimiento era clara. Mientras un sistema conserve el control de sus principales recursos económicos, mantiene también su capacidad de sostener el aparato de poder.
Trasladado al caso cubano, el paralelismo es inevitable.
Si en Venezuela el objetivo fue un chavismo sin petróleo, en Cuba la ecuación apunta hacia un elemento equivalente: GAESA.
El conglomerado militar no solo concentra ingresos, sino que conecta directamente la economía con el control político, lo que lo convierte en una pieza clave para cualquier intento de reconfiguración del sistema.
Negociación, presión y posibles escenarios
En medio de este contexto, las conversaciones en curso entre Washington y La Habana adquieren un significado más complejo.
Sobre la mesa están temas como la apertura económica, cambios estructurales y compensaciones por propiedades confiscadas, pero también —implícitamente— el futuro de las estructuras que sostienen el poder económico del régimen.
Sin embargo, las señales desde Cuba apuntan a una resistencia clara en aspectos fundamentales. Autoridades del régimen han reiterado que el sistema político no es negociable y han evitado incluir temas sensibles como los presos políticos dentro del diálogo bilateral.
Esta combinación de apertura limitada y líneas rojas rígidas aumenta el riesgo de que las negociaciones no prosperen.
El punto de inflexión: ¿Qué pasa si fracasa el diálogo?
Es en este escenario donde el papel de GAESA adquiere una dimensión decisiva. Según The Atlantic, la administración Trump no solo contempla la vía negociada, sino que ya tendría preparadas alternativas más contundentes en caso de que el diálogo no produzca resultados.
El precedente de Venezuela vuelve a ser clave. Allí, el fracaso de las negociaciones fue seguido por un cambio de estrategia que incluyó acciones más agresivas para debilitar al régimen.
Aplicado a Cuba, el razonamiento es directo: si las conversaciones no logran avances en cuestiones esenciales —incluida una eventual reconfiguración del control económico—, Washington podría pasar de la presión política a medidas de mayor alcance.
En ese contexto, la pregunta que emerge es inevitable: si el petróleo fue el punto débil del chavismo, ¿puede existir un cambio real en Cuba sin afectar el control de GAESA?
La respuesta no solo marcará el destino de las negociaciones actuales, sino también el tipo de escenario que podría abrirse para la isla en los próximos meses.
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