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El rescate del segundo tripulante del caza F-15E derribado en Irán fue mucho más que una operación “audaz”, como la describió Donald Trump.
Nuevos detalles de la prensa internacional revelan un operativo encubierto con combates en tierra, participación de fuerzas especiales, uso de drones armados y la destrucción de aeronaves estadounidenses dentro de territorio enemigo.
Según reportes de The Washington Post y The Guardian, la misión se prolongó durante casi dos días tras el derribo del avión, mientras el oficial —un coronel y especialista en sistemas de armas— permanecía herido y oculto en zonas montañosas, evadiendo una intensa búsqueda desplegada por la Guardia Revolucionaria iraní y milicias locales.
A diferencia de lo que se conocía inicialmente, el rescate no fue una simple extracción, sino una operación de combate activo.
De acuerdo con New York Post, drones MQ-9 Reaper y aeronaves de apoyo atacaron de forma constante a fuerzas iraníes que intentaban acercarse al piloto, en lo que fuentes citadas describen como una “neutralización continua” de amenazas sobre el terreno.
Además, medios como The Sun apuntan a la presencia de unidades de élite, incluido el SEAL Team 6, junto a equipos de rescate de la Fuerza Aérea, lo que confirma que hubo inserción directa de fuerzas especiales en territorio iraní, un escenario extremadamente inusual por el riesgo militar que implica.
Uno de los elementos más sensibles del operativo fue el uso de engaño estratégico. Según varias fuentes, la CIA habría difundido información falsa asegurando que el piloto ya había sido rescatado, con el objetivo de desorientar a las fuerzas iraníes y ganar tiempo para completar la operación real.
Este componente de guerra de información fue clave en una misión contrarreloj, en la que el piloto tuvo que desplazarse entre zonas montañosas para evitar ser capturado, mientras Irán incluso ofrecía recompensas por su localización.
Otro aspecto revelado por la prensa internacional es que Estados Unidos llegó a operar desde un punto avanzado dentro de Irán. Distintos reportes señalan la habilitación de una pista o base improvisada que permitió coordinar la fase final de la extracción, incluyendo el despliegue de aeronaves de operaciones especiales.
La magnitud del riesgo quedó reflejada en las pérdidas sufridas. Según The Wall Street Journal, al menos dos aviones MC-130J Commando II —plataformas clave para operaciones especiales— fueron destruidos por las propias fuerzas estadounidenses tras quedar inutilizados o comprometidos en tierra, para evitar que su tecnología cayera en manos iraníes.
Estos aviones, cuyo coste ronda los 90 a 110 millones de dólares por unidad, representan una de las pérdidas más significativas confirmadas en la operación. A esto se suman daños a helicópteros y drones, así como el impacto previo sobre otras aeronaves en el contexto del rescate.
Pese a todo, la Casa Blanca mantiene que la misión fue un éxito total, subrayando que ambos tripulantes del F-15E fueron recuperados con vida. Sin embargo, los detalles que siguen emergiendo apuntan a una operación mucho más compleja, con combate real, alto riesgo y decisiones críticas en pleno territorio enemigo.
Más allá del resultado, el rescate evidencia hasta qué punto el conflicto con Irán ha escalado hacia escenarios de confrontación directa, donde incluso una misión de salvamento puede convertirse en una operación militar de gran escala, con consecuencias estratégicas y materiales de gran impacto.
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