La gran mentira del Memorándum Mallory: El régimen manipula la historia para tapar su fracaso



Bruno Rodríguez Parrilla y diplomáticos cubanos © Facebook / Bruno Rodríguez Parrilla
Bruno Rodríguez Parrilla y diplomáticos cubanos Foto © Facebook / Bruno Rodríguez Parrilla

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El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla volvió a desempolvar a uno de los pilares clásicos de la propaganda del régimen: el Memorándum Mallory.

Según su apergaminada versión, este documento sería la “base” de una política “genocida” de Estados Unidos contra Cuba. La afirmación no es nueva, pero sí profundamente engañosa.

El memorándum, redactado en abril de 1960 por un funcionario del Departamento de Estado, no fue una ley, ni una orden ejecutiva, ni una decisión de gobierno.

Fue un análisis interno en el contexto de la Guerra Fría, en un momento en que el régimen cubano ya había iniciado la confiscación de propiedades estadounidenses y avanzaba hacia una alianza estratégica con la Unión Soviética.

Convertir ese texto en el origen de toda la política estadounidense hacia la isla es una manipulación deliberada.

El embargo no nació de un memorando

El embargo impuesto en 1962 no surgió de una recomendación aislada, sino de una cadena de hechos concretos.

Entre 1959 y 1960, el gobierno cubano expropió miles de millones de dólares en activos estadounidenses —refinerías, centrales azucareros, empresas— sin compensación efectiva. En respuesta, Washington eliminó la cuota azucarera cubana, una de las principales fuentes de divisas del país.

La Habana reaccionó profundizando su dependencia de la Unión Soviética, firmando acuerdos económicos y militares. En plena Guerra Fría, la instalación de un aliado soviético a 90 millas de Estados Unidos fue considerada una amenaza estratégica directa.

Ese contexto —no un documento— es el que explica el embargo. Reducirlo al Memorándum Mallory no es un error: es propaganda.

Un documento útil para construir un relato

El texto de Mallory sí refleja una idea clara: utilizar presión económica para debilitar al régimen cubano. Pero eso no convierte al documento en el “manual” del embargo ni en la causa de la crisis cubana.

El régimen lo utiliza porque encaja perfectamente en su narrativa: un enemigo externo omnipotente al que atribuir todos los problemas internos. Sin embargo, los datos desmontan ese relato.

Durante más de 60 años, el modelo económico cubano ha mostrado:

  • Crecimiento crónicamente bajo o negativo
  • Dependencia estructural de subsidios externos (URSS primero, Venezuela después)
  • Colapso productivo en sectores clave como la agricultura y la industria azucarera
  • Dualidad monetaria fallida y reformas económicas incompletas

Incluso en momentos de alivio de sanciones —como durante la administración Obama— la economía cubana no logró despegar ni generar bienestar sostenido.

El victimismo como política de Estado

El discurso de Rodríguez Parrilla insiste en términos como “cerco energético”, “guerra cognitiva” o “bloqueo genocida”. No es un lenguaje técnico: es un lenguaje político diseñado para movilizar apoyos y desviar responsabilidades.

Llamar “genocidio” a una política de sanciones económicas no solo es incorrecto desde el punto de vista jurídico internacional, sino que banaliza un término reservado para crímenes de exterminio.

Mientras tanto, el régimen evita responder preguntas clave: ¿Por qué Cuba no produce suficiente comida? ¿Por qué depende de importaciones básicas tras décadas de control estatal? ¿Por qué las reformas económicas siempre llegan tarde o se revierten?

La respuesta no está en Washington, sino en La Habana y el régimen comunista totalitario construido durante décadas, que ahora se descompone, exacerbando la violencia y la corrupción.

El verdadero problema que no quieren admitir

El Memorándum Mallory es un documento histórico relevante, pero su uso como explicación total de la crisis cubana es una estrategia política, no un análisis serio.

Seis décadas después, el régimen sigue recurriendo al mismo argumento porque le permite evitar lo esencial: reconocer que el modelo económico y político impuesto en Cuba ha fracasado.

Y que, más allá de sanciones externas, ese fracaso tiene responsables internos.

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