Sin base productiva que la respalde, ¿cuál es la insistencia del régimen cubano con la biomasa y el biogás?



Trabajador cubano construye depósito de biomasa © Granma
Trabajador cubano construye depósito de biomasa Foto © Granma

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El régimen cubano volvió a apostar por el biogás y la biomasa como parte de su estrategia energética, pese a que estas fuentes siguen teniendo un peso marginal en la generación eléctrica del país y carecen de una base productiva sólida que permita su expansión real.

Durante un reciente encuentro encabezado por Miguel Díaz-Canel con expertos y científicos, se presentaron proyectos vinculados al aprovechamiento de residuales ganaderos, porcinos e industriales para la producción de biogás, así como propuestas para desarrollar la biomasa forestal mediante astillas y pellets.

Acorde al sitio de la Presidencia, las iniciativas fueron expuestas como soluciones viables a corto plazo dentro del proceso de transición energética.

Sin embargo, los datos actuales contrastan con ese optimismo. La biomasa —históricamente asociada al bagazo de la caña de azúcar— aporta hoy entre un 3 % y un 5 % de la electricidad nacional, mientras que el biogás apenas supera el 1 %.

En conjunto, ambas fuentes no alcanzan el 6 % de la generación total, muy lejos de los objetivos trazados por el propio gobierno en 2014, cuando proyectó que las energías renovables representarían el 24 % para 2030.

El principal problema es estructural. La industria azucarera, que durante décadas fue el soporte natural de la biomasa en Cuba, atraviesa uno de los peores momentos de su historia, con niveles de producción mínimos que limitan la disponibilidad de bagazo. Ante este escenario, el discurso oficial ha desplazado el énfasis hacia otras fuentes, como los residuos orgánicos y la biomasa forestal.

No obstante, estas alternativas presentan serias limitaciones. La producción agropecuaria también ha caído, lo que reduce los volúmenes de residuos aprovechables para biogás.

Por su parte, la biomasa forestal —incluido el marabú, frecuentemente citado como recurso— enfrenta obstáculos logísticos y tecnológicos que dificultan su explotación a gran escala. En la práctica, la mayoría de los proyectos de biogás siguen siendo experiencias locales, sin impacto significativo en el sistema eléctrico nacional.

A esto se suma que muchas de las iniciativas presentadas continúan en fase experimental o dependen de inversiones y condiciones que el país no ha logrado garantizar en medio de una crisis económica prolongada.

Incluso las propuestas de transformar la industria azucarera en un pilar energético parten de un escenario hipotético, distante de la realidad productiva actual.

Mientras tanto, la población continúa enfrentando apagones prolongados y un sistema eléctrico altamente dependiente de combustibles fósiles y de una infraestructura deteriorada.

En este contexto, la insistencia en la biomasa y el biogás parece responder más a una narrativa política que a una solución inmediata y viable para la crisis energética.

Sin una recuperación efectiva de los sectores productivos y sin inversiones sostenidas, la transición energética en Cuba corre el riesgo de seguir anclada en planes y promesas, con escaso impacto en la vida cotidiana de los ciudadanos.

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