“Siempre vamos a vencer”… aunque no haya qué comer



Miguel Díaz-Canel y la cúpula militar del régimen © presidencia.gob.cu
Miguel Díaz-Canel y la cúpula militar del régimen Foto © presidencia.gob.cu

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Hay consignas que envejecen mal. Y luego está esta: “Por la Patria, la Revolución y el Socialismo, siempre vamos a vencer”. Una frase que en 2026 ya no suena a épica, sino a eco, a telepantalla del Gran Hermano. A grabación vieja reproducida en bucle mientras el país se apaga —literal y metafóricamente— a oscuras.

El último espectáculo en los salones climatizados de Palacio reunió a veteranos, generales, cuadros del Partido y jóvenes cuidadosamente seleccionados para repetir el libreto. Dos horas de intercambio “entrañable” donde, según la narrativa oficial, Cuba volvió a ganar… quién sabe exactamente qué.

Porque la escena tiene algo de teatro experimental. Un salón lleno de combatientes históricos, funcionarios y uniformes, hablando de victorias, misiones y epopeyas, mientras afuera la realidad insiste en ser menos poética: apagones, escasez, emigración masiva. Pero dentro de Palacio no entra el aire. Ni la crítica. Ni la verdad.

Miguel Díaz-Canel, en su papel ya desgastado de lector de consignas, aseguró que la dignidad y el coraje garantizan que “siempre vamos a vencer”. Curioso: llevan décadas venciendo y, sin embargo, el país amanece cada día más derrotado. Tal vez se trate de una victoria conceptual, de esas que no se ven, no se comen y no se pueden explicar, pero que se celebran igual. De victoria en victoria hasta la derrota final.

El evento, por supuesto, tuvo todos los ingredientes del ritual: Playa Girón, Angola, la lucha contra “bandidos”, la defensa de Venezuela y los 32 militares muertos en "combate desigual", los mercenarios imaginarios desembarcando por la cayería… una colección de fantasmas útiles que sirven para justificar el presente.

Porque si algo domina este guion es la necesidad constante de enemigos, reales o ficticios, para sostener una narrativa que ya no se sostiene sola.

Pero lo más fascinante no es el contenido, sino la insistencia. La obsesión por mantener viva una épica que ya solo existe en discursos y actos cerrados, cada vez más mustios y grotescos. Mientras el poder real se mueve en silencio —entre contactos discretos, cálculos y estrategias de supervivencia— el aparato propagandístico redobla el volumen.

Este sábado se habló del concepto “Mi Barrio por la Patria”. Una iniciativa que, traducida al lenguaje común, consiste en movilizar a los mismos de siempre para que vigilen, limpien, produzcan y, de paso, sigan creyendo. Barrio Seguro, Barrio Participativo, Barrio Productivo… faltó “Barrio Resignado”, que sería el más honesto.

La idea de que “la defensa de la revolución empieza en el barrio” suena menos a patriotismo y más a control social con nombre puesto por espías fracasados y guacamayos de la Ñico López.

Que nadie quede sin tarea. Que nadie quede sin vigilar. Que nadie quede sin repetir la consigna. Todo muy participativo, siempre que la participación consista en obedecer sin rechistar.

Y mientras tanto, en paralelo, otra Cuba se mueve. Una donde los herederos del poder —los de la "familia real"— no están organizando brigadas de limpieza, sino explorando cómo asegurar su lugar en el futuro. Una Cuba donde la palabra clave no es “resistencia”, sino “negociación”. Donde el altoparlante sigue siendo socialista, pero la lógica es cada vez más patrimonial.

Por eso este tipo de actos ya no convencen: revelan. No hablan de fuerza, sino de miedo. No de convicción, sino de necesidad. La necesidad de repetir una historia que se deshace, de invocar una "revolución" que ya no explica nada, de sostener un mito mientras la realidad toma otro rumbo.

Al final, la frase “siempre vamos a vencer” queda flotando en el aire, como ese Fidel de cartón con el que ahora invitan a hacerse selfies. Sonriente, inmóvil, ajeno al presente.

Un símbolo perfecto: la revolución convertida en decorado. Y el poder, como siempre, en otra parte.

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Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.





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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




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