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La escena es tan absurda como reveladora: cubanos posando sonrientes junto al dictador Fidel Castro rejuvenecido por inteligencia artificial, convertido en atracción de feria en un evento propagandístico del régimen.
Un “selfie” con el pasado. Un retrato con un fantasma. Un país obligado a mirar hacia atrás mientras su futuro se decide lejos de cámaras y el escrutinio público, lejos de las urnas y, sobre todo, lejos del propio pueblo, que sigue silenciado, reprimido y hambreado.
Ese Castro de cartón resume el estado actual del castrismo: una imagen vacía, reproducida hasta el cansancio para sostener un relato que ya no explica la realidad. Porque mientras el aparato ideológico se aferra a la liturgia de la llamada “revolución”, el poder real en Cuba se mueve en otra dimensión: la de los intereses, las negociaciones y la supervivencia de una élite.
Durante décadas, el régimen se presentó como un proyecto político e ideológico. Hoy, esa fachada se resquebraja. Lo que emerge no es una "revolución" en crisis, sino algo mucho más reconocible: una estructura de poder familiar que administra el país como una propiedad. Cuba no es una república en transición, sino una finca en proceso de reorganización.
En ese esquema, las instituciones formales y sus monigotes —la presidencia, el gobierno, el Partido, Díaz-Canel y La Machi, Gerardo Hernández y el Noticiero— funcionan como un grotesco decorado.
El poder efectivo sigue concentrado en el entorno de los Castro y en el entramado empresarial-militar que controla los sectores estratégicos de la economía, con GAESA como columna vertebral. Es ahí donde se toman las decisiones, donde se gestiona la riqueza y donde se define el futuro.
Lo que estamos presenciando no es el final del sistema, sino su transformación. El castrismo muta. Deja atrás la retórica épica para adoptar una lógica más pragmática: la de una cleptocracia que busca preservarse.
Ya no se trata de inculcar o exportar una ideología, sino de proteger activos, garantizar continuidad y adaptarse a un nuevo contexto sin perder el control.
En ese proceso de "control de daños", una nueva generación del clan comienza a ocupar espacios clave. Algunos operan en la sombra, como intermediarios o gestores de relaciones sensibles.
Son los casos de El Tuerto (el coronel Alejandro Castro Espín) en su panóptico de los servicios represivos y de Inteligencia, y de El Cangrejo (el nieto guardaespaldas de Raúl, gozador de Hialeah con Makarov y mensajero de espístolas y gaznatones), Raúl Guillermo Rodríguez Castro.
Otros ascienden en estructuras formales con un perfil tecnocrático, como el "bueno" de Oscar Pérez-Oliva Fraga, al que presentan con todos sus apellidos para demostrar que no es un Castro, sino una estrella de la logística, un "Chicago Boy" surgido por generación espontánea en los arrabales de Siboney.
Y algunos, más visibles, proyectan una imagen pública que combina provocación, lujo y ambigüedad ideológica, como el cuentapropista de moda, el "príncipe de las tinieblas y rey de la noche" que entrevista CNN y NBC, el "joven revolucionario" alimentado distinto que el "hombre nuevo", aperturista de media neurona, Sandro Castro.
No son actores aislados, sino piezas de un mismo engranaje: el de la continuidad familiar del poder.
En paralelo, crecen las señales —difusas, opacas, pero persistentes— de contactos con Estados Unidos. No se trata de negociaciones formales, sino de tanteos, conversaciones exploratorias, canales discretos: backchannels aprendidos de la KGB en su mutación al FSB, para desplazarse en el tablero 5D de la administración Trump.
Lo significativo no es su contenido exacto, sino su lógica: Washington habla con quienes considera capaces de decidir, y esos no parecen ser los representantes institucionales visibles del Estado cubano.
Esa interlocución, real o potencial, revela una verdad incómoda: el poder en Cuba nunca ha sido plenamente institucional. Siempre ha estado mediado por redes de lealtad, control y acceso, donde la familia y el aparato militar y represor han jugado un papel determinante. Hoy, en un escenario de crisis profunda, ese poder busca reposicionarse.
Pero la estrategia no es lineal. Mientras se abren canales hacia el exterior, el régimen intensifica su narrativa interna. Se multiplica la propaganda, se refuerza el culto al pasado, se insiste en el mito de la “revolución” y su supuesto proyecto social.
No es nostalgia: es control. Es la herramienta que permite mantener cohesionada a una sociedad golpeada, mientras se reconfiguran los equilibrios de poder.
El objetivo parece claro: negociar sin ceder el relato, adaptarse sin desmontar el sistema, cambiar lo necesario para que nada esencial cambie. Una transición administrada desde dentro, donde los mismos actores —o sus herederos— conserven las palancas fundamentales del poder político y económico.
El precedente más cercano no está en América Latina, sino en Europa del Este. La Rusia postsoviética mostró cómo un sistema puede mutar sin desaparecer: las estructuras represivas se reciclan, las élites se reconvierten en oligarquías y el poder se recentraliza bajo nuevas formas. No hay ruptura, sino continuidad transformada.
Cuba podría estar asomándose a un escenario similar. Una “transición” que no nace de la voluntad popular, sino de acuerdos entre élites. Un rediseño del sistema donde la apertura económica convive con el control político. Una recomposición en la que la nación no participa, sino que es objeto de negociación.
Y ahí radica el problema de fondo. Porque todo esto ocurre de espaldas a los cubanos, con Silvios pidiendo metralletas y Marreros "resistencias creativas" entre comelatas y rancheras. Sin pudor, sin transparencia, sin debate, sin legitimidad. El país no decide su destino: otros lo hacen por él. Como si fuera una mercancía. Como si fuera, en efecto, una propiedad heredada.
Por eso la imagen del selfie no es anecdótica. Es profundamente simbólica. Mientras el ciudadano posa con un Fidel de cartón, sonriente y congelado en el tiempo, el país real —empobrecido, agotado, fragmentado— se mueve en otra dirección. Una dirección marcada por intereses que no se declaran y acuerdos que no se explican.
Durante años se habló de "revolución". Hoy, lo que queda es su envoltorio, un sudario ensangrentado y maloliente. Detrás, lo que se perfila es otra cosa: la administración de una herencia, la gestión de un patrimonio, la continuidad de un poder que nunca dejó de ser privado.
Cuba no se está liberando de su pasado. Está viendo cómo ese pasado cambia de forma para seguir mandando. Y mientras el régimen ofrece selfies con fantasmas, sus herederos avanzan en silencio, subastando la nación.
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