
Solidaridad no nació con diez millones de afiliados. No comenzó en un parlamento, ni con grandes recursos, ni con dirigentes protegidos de la represión. Comenzó entre trabajadores que descubrieron algo elemental y poderoso: cuando una injusticia contra uno deja de ser problema de uno y se convierte en problema de todos, comienza a cambiar la historia.
Polonia llevaba décadas sometida a una dictadura comunista. Existían censura, policía política, prisiones, persecución religiosa y sindicatos controlados por el Partido comunista. Las protestas obreras de 1956, 1970 y 1976 habían terminado con muertos, golpes, despidos y encarcelamientos. Pero cada derrota dejaba experiencia.
En 1976, después de la represión contra los trabajadores de Radom y Ursus, intelectuales como Jacek Kuroń y Adam Michnik ayudaron a crear el Comité de Defensa de los Obreros, KOR. Aquello fue decisivo: intelectuales y trabajadores comenzaron a comprender que separados podían ser aplastados; unidos podían construir una sociedad civil capaz de resistir.
Entonces llegó agosto de 1980. Anna Walentynowicz, una trabajadora de grúa del astillero Lenin de Gdansk, fue despedida pocos meses antes de jubilarse por su actividad sindical independiente. Sus compañeros hicieron algo aparentemente sencillo: pararon de trabajar. Querían que Anna regresara a su puesto.
Pero aquella huelga fue creciendo. Cuando la dirección del astillero aceptó algunas demandas y parecía que todo terminaría, Walentynowicz, Alina Pienkowska y otros activistas insistieron en que no podían abandonar a las fábricas que habían comenzado a protestar en solidaridad con ellos.
Ese instante resume el significado de Solidaridad. Ya no se trataba de “mi problema”. Se trataba de “nuestro problema”. Las demandas crecieron hasta convertirse en las famosas 21 reivindicaciones de Gdansk. La primera exigía algo intolerable para una dictadura comunista: sindicatos libres e independientes del Partido. También reclamaban derecho de huelga, libertad de expresión, acceso a información independiente, liberación de presos políticos y mejoras laborales.
El régimen tuvo que negociar. El 31 de agosto de 1980 nacía legalmente Solidaridad. En pocos meses llegó a reunir aproximadamente diez millones de afiliados. Obreros de astilleros y minas, ferroviarios, técnicos, ingenieros, maestros, profesionales y empleados públicos confluyeron alrededor de una organización independiente. Estudiantes crearon sus propias asociaciones. Los intelectuales aportaron análisis, publicaciones y asesoramiento. Sacerdotes y parroquias ofrecieron espacios donde reunirse, organizar ayuda y mantener viva la comunicación.
Aquello era mucho más que un sindicato. Era una sociedad aprendiendo nuevamente a ser sociedad. Solidaridad celebraba asambleas, escogía delegados y elegía dirigentes. Lech Wałęsa no fue proclamado jefe vitalicio: tuvo que presentarse ante los delegados y competir contra otros candidatos. En el congreso nacional de 1981 obtuvo la mayoría de los votos.
La democracia que el Estado negaba comenzó a practicarse dentro del propio movimiento. Eso aterrorizó al régimen. El 13 de diciembre de 1981, el general Wojciech Jaruzelski declaró la ley marcial. Los tanques ocuparon las calles, miles de personas fueron detenidas. Wałęsa, otros dirigentes y activistas terminaron encarcelados. Las huelgas fueron reprimidas. En la mina de Wujek, las fuerzas de seguridad dispararon contra los trabajadores y mataron a nueve.
Otros polacos fueron empujados al exilio, principalmente hacia Alemania Occidental, Francia, Suecia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá y otros países occidentales. Parecía el final, pero no lo fue.
Solidaridad pasó a la clandestinidad. Circularon periódicos impresos secretamente, funcionaron redes de ayuda a familiares de presos. Las parroquias sirvieron de refugio para actividades culturales y sociales. Intelectuales escribieron, trabajadores organizaron nuevas protestas. Los exiliados ayudaron desde fuera.
Adam Michnik pasó años encarcelado. Pudo escoger caminos más cómodos. No lo hizo. Desde prisión continuó escribiendo y defendiendo la idea de que ninguna sociedad libre podía construirse mediante el odio y la venganza. Lech Wałęsa también se mantuvo firme.
El sacerdote Jerzy Popiełuszko predicó en defensa de la dignidad humana y de los trabajadores hasta que agentes de la policía política lo secuestraron y asesinaron en 1984. La represión pudo encarcelar personas, pero no pudo detener una idea, un anhelo, que ya habían aprendido a reproducirse y fortalecerse.
Cuando las circunstancias cambiaron, Solidaridad seguía allí. Perseveraron, continuaron luchando. En 1989 llegaron las conversaciones de la Mesa Redonda, después vinieron las elecciones parcialmente libres del 4 de junio. Los candidatos vinculados a Solidaridad obtuvieron una victoria extraordinaria.
El sistema que parecía invencible comenzó a derrumbarse. La experiencia polaca ofrece inevitablemente motivos de reflexión para los cubanos. También Cuba ha tenido y tiene ciudadanos capaces de pagar precios enormes por defender la libertad y los derechos fundamentales.
Las Damas de Blanco transformaron el dolor de esposas, madres y familiares de presos políticos en presencia pública y protesta pacífica. Berta Soler ha mantenido durante años esa tradición frente a detenciones y hostigamiento.
Oswaldo Payá demostró con el Proyecto Varela que una iniciativa cívica podía colocar la reivindicación de derechos dentro del debate nacional. Félix Navarro ha conocido cárcel en tres ocasiones y se mantiene firme sin abandonar sus convicciones.
Tenemos también centenares de presos políticos y miles de ciudadanos que, dentro y fuera de Cuba, han mantenido viva durante décadas la lucha por la libertad, la dignidad humana y pluralismo.
Las grandes transformaciones comienzan cuando una persona decide no abandonar a otra, cuando el trabajador entiende al intelectual y el intelectual escucha al trabajador, cuando la fe acompaña al perseguido, cuando las familias defienden a los presos políticos, cuando quienes viven fuera no olvidan a quienes luchan dentro, cuando la derrota de hoy no es interpretada como el final de mañana.
Los comunistas polacos tenían Ejército, policía política, cárceles, censura y el respaldo de la Unión Soviética. Solidaridad comenzó con algo aparentemente mucho más pequeño: ciudadanos capaces de confiar unos en otros. Pero al final, aquello resultó más poderoso.
Por eso Polonia continúa ofreciendo una enseñanza que merece ser estudiada mucho más allá de sus fronteras: ningún sistema político es eternamente inmutable y ninguna sociedad está condenada para siempre a vivir sin derechos y bajo férrea opresión.
La historia polaca demuestra hasta qué punto perseverancia, organización cívica, pluralidad, solidaridad humana, disciplina y compromiso prolongado pueden transformar una nación.
Si los polacos pudieron, los cubanos también tenemos que poder.
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