
El fotógrafo y emprendedor pinareño Mikely Arencibia Pantoja publicó el miércoles en Facebook una reflexión titulada «La otra orilla» en la que describe una circunstancia que se ha vuelto cotidiana en Cuba: la necesidad de los nacionales de que les paguen desde el extranjero productos y servicios que se comercializan en la isla.
«En Cuba se está volviendo habitual una paradoja: quien necesita un producto o servicio vive aquí, pero quien tiene que pagarlo está muchas veces en la otra orilla», escribió Arencibia, quien ha ganado visibilidad en redes sociales a lo largo de 2026 por sus reflexiones sobre la crisis que atraviesa el país.
Para ilustrar el fenómeno, el pinareño ofrece dos ejemplos concretos: ETECSA ofrece paquetes de datos que solo pueden adquirirse mediante distribuidores internacionales y no admiten recargas convencionales en pesos cubanos; y numerosas tiendas en línea ofertan productos que únicamente se permite comprar desde el exterior para que lo reciba alguien en Cuba.
La conclusión que extrae Arencibia es directa: «El consumidor está aquí, en Cuba, pero su capacidad de compra depende de un familiar que emigró».
El autor aclara que su análisis no pretende cuestionar a quienes emigraron y ayudan a sus familias, sino señalar una distorsión estructural del sistema: «¿Por qué una persona que vive en Cuba, incluso si dispone de USD, necesita que alguien desde otra nación le compre o le pague determinados servicios?».
Esa distorsión tiene cifras que permiten dimensionarla. Las remesas constituyen una fuente fundamental de ingresos para numerosas familias cubanas. Según un análisis publicado por OnCuba en 2023, alrededor del 38% de las familias cubanas tenía integrantes cercanos residiendo en el extranjero.
La magnitud del éxodo también resulta significativa: un estudio del Council on Foreign Relations, publicado en septiembre de 2026, sitúa entre 1,6 y 2,75 millones el número estimado de cubanos que abandonaron la isla desde 2020. A ello se suma el impacto generacional: según datos del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, el 50% de quienes habían emigrado al cierre de 2024 tenía menos de 35 años.
El contexto económico en que aparece «La otra orilla» es de crisis aguda. El dólar sobrepasa los 800 pesos cubanos en el mercado informal, mientras el salario mínimo es de apenas 3.210 pesos mensuales. La CEPAL proyecta una contracción del PIB cubano del 10,3% en 2026, y más del 90% de las familias se encuentra en pobreza extrema según estudios independientes recientes.
La dinámica que describe Arencibia tiene además un sustento institucional: el régimen cubano creó en 2020 las tiendas en moneda libremente convertible para captar divisas de la diáspora, canalizando las remesas hacia el comercio estatal. Fincimex, entidad que gestiona parte de esas remesas, pertenece al conglomerado militar GAESA. Así, la dependencia del exterior no solo sostiene a las familias cubanas, sino que también financia al Estado.
«La otra orilla» se suma a una serie de reflexiones que Arencibia ha publicado durante 2026. En julio describió al cubano como un «administrador profesional de la escasez» y advirtió que sobrevivir no equivale a vivir. En agosto denunció el «negocio de la miseria» que alimenta a los especuladores a costa de quienes no tienen alternativa. Y en julio señaló que «en Cuba hoy se vive mejor que mañana», aludiendo a la pérdida del horizonte de futuro.
Con «La otra orilla», Arencibia añade una dimensión económica estructural a ese diagnóstico acumulado, y lo cierra con una pregunta, casi retórica y presumiblemente enfocada a quienes encabezan el régimen, que resume el drama: «¿Estamos construyendo una economía al servicio de quienes viven en Cuba o una en la que, cada vez más, hay que mirar hacia fuera para poder vivir dentro?».
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