
En el Centro Regional de Cirugía Neonatal de Holguín, las enfermeras deben recurrir a sus propias manos para mantener respirando a recién nacidos cuando los apagones detienen los ventiladores mecánicos.
Mientras intentan salvarlos, dependen de sistemas eléctricos de emergencia que no siempre responden a tiempo, una situación que expone el deterioro de las condiciones hospitalarias que las autoridades cubanas no han conseguido resolver.
La alarmante realidad fue descrita en el reportaje «Salvar a oscuras», publicado el sábado por el periódico oficial Juventud Rebelde, que documentó las dificultades que enfrenta el personal del Hospital Pediátrico Octavio de la Concepción y de la Pedraja, en Holguín, para atender a bebés que dependen de equipos eléctricos para sobrevivir.
El relato presenta una escena que ilustra la gravedad del problema: las enfermeras Diana Rodríguez y Liliannis Carballo vigilan a los recién nacidos en sus incubadoras cuando, de pronto, desaparece la electricidad.
En medio de la oscuridad, una de ellas enciende una lámpara recargable mientras la otra busca un resucitador manual, conocido como Ambú, para ayudar a respirar al pequeño Leonardo, cuyo ventilador mecánico acaba de detenerse.
El aparato funciona mediante una bolsa que el personal sanitario comprime con las manos para introducir aire en los pulmones del paciente. Es un recurso de emergencia que permite mantener la ventilación mientras se intenta restablecer el funcionamiento del equipo eléctrico.
Las enfermeras no saben cuánto tiempo tendrán que continuar realizando esas maniobras. El suministro puede regresar en segundos, pero también puede tardar varios minutos o más si fallan los sistemas de respaldo.
La escena refleja la valentía y el compromiso del personal sanitario, pero también resulta desgarradora por las precarias condiciones en que los recién nacidos reciben atención médica en Cuba.
En un servicio donde algunos pacientes son prematuros o presentan condiciones médicas graves, cada interrupción añade riesgos que no deberían depender de la rapidez con que un trabajador consiga poner en marcha una planta eléctrica.
Diana Rodríguez, de 28 años, lleva ocho trabajando en el centro y recuerda con angustia su primera experiencia ante un apagón mientras atendía a un paciente crítico.
«Yo era recién graduada», contó al periódico oficial.
«Estaba trabajando con otra enfermera, que había salido del cubículo un momento. En eso se fue la corriente. Recuerdo que teníamos unas sillas en el medio y no sé cómo fue que salté por encima de una».
La enfermera relató que el episodio le provocó temblores y sudor frío, una reacción comprensible ante la responsabilidad de atender a un bebé que depende de un ventilador mecánico.
«No hay una clase en la universidad que te prepare para estos casos. Es la experiencia la que te enseña. Ese momento jamás lo olvidaré. Se me ha quedado grabado para siempre», confesó.
Lo que debería ser una situación excepcional se ha convertido en un riesgo recurrente para trabajadores que necesitan concentrarse en sus pacientes, no en anticipar el próximo corte eléctrico.
Liliannis Carballo, de 32 años, especialista en Neonatología, también recordó una interrupción especialmente complicada que obligó a trasladar a un paciente hacia otra zona del hospital.
«Hubo una ocasión en que se fue la corriente durante más de una hora y tuvimos que trasladar a uno de los pacientes hacia otra parte del hospital, donde había electricidad», explicó.
La profesional describió cómo, ante una emergencia de ese tipo, el equipo médico debe dejar en segundo plano algunas de las precauciones habituales de la atención neonatal para concentrarse en mantener con vida al paciente.
«Salvarle la vida pasa a ocupar el centro de todo, sin mediar procedimientos alternativos», afirmó.
Sus palabras resumen la dramática realidad de la atención médica en Cuba, donde la falta de recursos y el deterioro de las instalaciones obligan al personal sanitario a trabajar en condiciones que parecen más propias de un hospital de campaña en tiempos de guerra que de un centro de salud en pleno siglo XXI.
La falta de electricidad no afecta únicamente a los ventiladores mecánicos. Las incubadoras necesitan energía para mantener una temperatura adecuada, especialmente importante en bebés prematuros, que todavía no pueden regular eficazmente el calor de su cuerpo.
También puede complicar otros procedimientos delicados, como la administración de líquidos y medicamentos mediante catéteres intravenosos.
El reportaje describe que, cuando una interrupción prolongada provoca problemas con estos accesos, los especialistas pueden verse obligados a repetir procedimientos difíciles en recién nacidos que ya se encuentran en estado crítico.
Pero uno de los aspectos más preocupantes de la investigación es el estado de los sistemas eléctricos que deberían proteger al hospital frente a los apagones.
La instalación recibe energía por dos vías y dispone de equipos de respaldo. Uno de ellos está diseñado para comenzar a suministrar electricidad automáticamente unos 30 segundos después de una interrupción.
Sin embargo, el propio reportaje reconoce que la antigüedad y el deterioro técnico de esos equipos provocan fallas en su funcionamiento.
Cuando el sistema automático no responde, el restablecimiento del servicio depende de que un operador detecte el problema, llegue hasta el lugar y realice las maniobras necesarias.
Ese trabajador es Néstor Vélez Sinta, un técnico con cuatro décadas de experiencia en el sector eléctrico que desde 2023 opera los grupos electrógenos del hospital.
Entre las dos estaciones eléctricas que atiende hay 175 pasos, un recorrido que en ocasiones debe hacer corriendo mientras intenta restablecer la energía, momentos que parecen dilatarse y convertirse los segundos en horas.
Cuando falla el sistema eléctrico nacional o se interrumpen simultáneamente las entradas de suministro del hospital, Néstor puede necesitar desplazarse varias veces entre ambas instalaciones.
Durante ese tiempo, de angustia indescriptible, el personal sanitario continúa atendiendo manualmente a los pacientes que necesitan ventilación.
La precariedad llega al extremo de que el técnico tuvo que fabricar una alarma artesanal con piezas recuperadas de un radio para enterarse rápidamente de los cortes eléctricos.
El dispositivo le permite detectar las interrupciones y actuar con mayor rapidez, pero no repara los equipos deteriorados ni garantiza que el suministro vuelva inmediatamente.
La inventiva del trabajador merece reconocimiento por su utilidad en una emergencia. Sin embargo, también evidencia la falta de soluciones técnicas adecuadas en una institución donde funcionan equipos indispensables para la supervivencia de los pacientes.
Que un hospital pediátrico dependa parcialmente de una alarma improvisada para detectar fallos en su sistema eléctrico plantea interrogantes sobre el mantenimiento de sus instalaciones, la renovación de equipos y los recursos destinados a servicios esenciales.
Las autoridades cubanas son responsables de administrar el sistema público de salud, establecer prioridades presupuestarias, mantener las instalaciones hospitalarias y organizar los recursos disponibles para garantizar servicios esenciales.
Las dificultades para importar combustible o componentes pueden agravar el problema, pero no eliminan la necesidad de examinar la antigüedad de los equipos, el mantenimiento realizado y las decisiones de inversión adoptadas durante años.
La fragilidad de los sistemas eléctricos hospitalarios no es un problema aislado de Holguín.
En agosto de 2025, las propias autoridades reconocieron el colapso de plantas eléctricas de emergencia en hospitales de Santiago de Cuba, debido al uso prolongado de equipos que no estaban diseñados para funcionar de manera continua.
Aquel reconocimiento puso de manifiesto que incluso las instalaciones sanitarias consideradas prioritarias podían perder su capacidad de respuesta ante los apagones.
En septiembre del mismo año, el Ministerio de Salud Pública admitió que un apagón general obligó a suspender operaciones programadas y otros procedimientos médicos, mientras los hospitales intentaban concentrar sus recursos en las urgencias.
La viceministra Carilda Peña García explicó entonces que se habían activado protocolos de contingencia, incluidos controles sobre los grupos electrógenos, los bancos de oxígeno y los sistemas de abastecimiento de agua.
Un día después, se denunciaron nuevas interrupciones en centros hospitalarios durante el apagón nacional, incluidas fallas de los equipos de respaldo que dificultaron la atención.
En mayo, la Empresa Eléctrica de Holguín reconoció que dejaba municipios enteros sin electricidad para priorizar determinados circuitos, incluidos los que abastecen hospitales, instalaciones del Gobierno y sedes del Partido Comunista.
Sin embargo, el reportaje sobre el Centro Regional de Cirugía Neonatal demuestra que contar con prioridad en la distribución eléctrica no garantiza por sí solo una atención ininterrumpida cuando también fallan los sistemas de emergencia.
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