
Una residente del Circuito 7 de Santiago de Cuba denunció el jueves que su barrio acumulaba casi 24 horas consecutivas sin electricidad, en un testimonio que refleja el agotamiento extremo de quienes sobreviven a la peor crisis energética de la historia reciente de la Isla.
Mary Elena Hernández Rodríguez describió con crudeza en Facebook las consecuencias del corte prolongado: familias sin descanso, alimentos echados a perder, personas mayores en dificultades y niños sin condiciones mínimas. «Detrás de ese número hay mucho más que una casa a oscuras», escribió, y añadió que la gente «intenta seguir adelante como si vivir así fuera normal».
El estrés acumulado le ha pasado factura físicamente. «¿Cuánto más podremos soportar sin que el corazón nos estalle? ¡Tengo la presión arterial casi en 180 con 110!», alertó.
La autora también advirtió que los problemas no acaban cuando restituyen el servicio: «Cuando lo restablezcan, entonces a coger agua». La dependencia es directa: el 66 % de las interrupciones del suministro hídrico en Cuba se atribuye a fallos eléctricos. Díaz-Canel admitió que la crisis del agua es «grave y compleja», sin ofrecer soluciones concretas.
Y concluye Hernández Rodríguez: «¿En qué momento dejamos de hablar de calidad de vida para conformarnos simplemente con resistir? Porque vivir no debería ser así».
El panorama eléctrico en Cuba es devastador. El jueves el servicio se afectó por déficit de capacidad durante las 24 horas, con un registro máximo de 1,785 MW a las 6:10 pm, según el parte de la Unión Eléctrica.
El historial de apagones en Cuba registra ocho desconexiones totales del Sistema Electroenergético Nacional durante 2026, incluida una el 18 de septiembre.
El impacto en la salud de la población está documentado. En mayo, un estudio publicado en la revista científica Social Science & Medicine concluyó que los apagones en Cuba están asociados a niveles severos de depresión, ansiedad y estrés en la población adulta.
Las noches sin electricidad, sin ventiladores ni aires acondicionados bajo un calor asfixiante, hacen que dormir sea casi imposible. La falta de descanso acumulado puede provocar agotamiento crónico, desregulación hormonal, irritabilidad, trastornos del sueño y caída del sistema inmunológico.
El arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Dionisio García Ibáñez, sintetizó la desesperanza colectiva con una frase que sigue resonando: «Estamos mal, no sabemos cómo salir de esto».
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