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En el Memorial José Martí, lugar cargado de simbolismo patrio, Miguel Díaz-Canel estampó su firma en una declaración grandilocuente titulada “Urge impedir una agresión militar contra la República Bolivariana de Venezuela”.
Rodeado de dirigentes del Partido Comunista, con la réplica de la espada de Bolívar como escenografía y el embajador venezolano aplaudiendo, el acto quedó coronado con el anuncio de que el pueblo cubano, disciplinadamente, refrendará la iniciativa a golpe de rúbricas en centros de trabajo, escuelas y barrios.
La coreografía propagandística evoca el viejo estilo soviético: solemnidad, épica de utilería, mucha retórica y cero sustancia. El detalle es que, mientras la prensa oficial repite consignas sobre solidaridad inquebrantable con Caracas, la realidad es otra: el régimen cubano se limita a recoger firmas y, en palabras del vicecanciller Carlos Fernández de Cossío, ofrecer “pleno apoyo político” a Nicolás Maduro, descartando cualquier participación militar.
Del fusil al bolígrafo
La paradoja salta a la vista. Durante más de seis décadas, el castrismo ha alimentado la imagen de una revolución guerrera, dispuesta a inmolarse frente al imperio.
Fidel Castro, paladín del anti-imperialismo regional, construyó su liderazgo sobre frases de alto voltaje bélico: “Patria o muerte, ¡venceremos!”, “con armas en la mano moriré combatiendo”, o la doctrina de la “guerra de todo el pueblo”.
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Esa retórica no quedó solo en palabras. Con financiamiento soviético, La Habana exportó su modelo a medio planeta: guerrillas en América Latina, asesores en Nicaragua y El Salvador, armas para insurgencias en Colombia, y decenas de miles de soldados enviados a África bajo el rótulo del “internacionalismo proletario”.
En Angola, Etiopía y el Congo, Cuba se convirtió en el peón armado de Moscú, sacrificando miles de vidas jóvenes en guerras ajenas que, sin embargo, reforzaban la narrativa de una revolución “triunfante” y combativa.
Ese pasado de bravuconería guerrera contrasta con el presente de Díaz-Canel, un presidente que enfrenta la amenaza de un despliegue militar estadounidense en el Caribe con… un bolígrafo.
Lo que antes se resolvía con consignas de fusiles y promesas de sangre derramada, ahora se traduce en campañas de firmas compulsivas, en las que quien no estampe su nombre se arriesga a ser señalado por falta de “solidaridad”.
Solidaridad o control social
El oficialismo vende la iniciativa como un gesto espontáneo de apoyo a la “fusión popular, militar y policial” en Venezuela. En realidad, se trata de otro ejercicio de control social: un mecanismo para medir lealtades, someter voluntades y convertir la política exterior en un espectáculo interno de obediencia.
En el discurso, se invoca la “hermandad bolivariana” y la defensa de la soberanía venezolana. En la práctica, la campaña funciona como termómetro para saber quién se pliega dócilmente a la orden y quién osa apartarse del guion. Las firmas, lejos de expresar solidaridad libre, terminan siendo el equivalente a un voto obligatorio de fidelidad al Partido.
La contradicción es obscena: el mismo régimen que durante décadas presumió de enviar tropas, armas y recursos a causas revolucionarias allende los mares, ahora se limita a encadenar ciudadanos frente a mesas con un bolígrafo, mientras observa cómo EE.UU. despliega su poderío militar a escasos kilómetros de las costas cubanas.
Venezuela: El aliado exprimido
La ironía alcanza ribetes mayores cuando se recuerda que Cuba lleva más de veinte años beneficiándose del petróleo venezolano, de créditos blandos y de transferencias de recursos que apuntalaron la economía de la isla durante la era Chávez.
Fue un matrimonio de conveniencia en el que La Habana exportaba médicos, maestros y sobre todo inteligencia y asesoría militar, a cambio de barriles de crudo que mantenían las termoeléctricas encendidas y el transporte en movimiento.
Organismos internacionales y reportajes de investigación han documentado la profunda infiltración de asesores cubanos en los cuerpos militares y represivos venezolanos. El aparato de inteligencia de Maduro tiene ADN habanero, y la represión a la disidencia se nutrió de manuales aprendidos en la isla.
Sin embargo, en el momento crítico, cuando el aliado se dice amenazado por el “imperio”, Cuba se pone de perfil. Ni tropas, ni barcos, ni tanques, ni siquiera una amenaza velada. Solo declaraciones altisonantes, firmas compulsivas y el reiterado mantra del “pleno apoyo político”.
Anti-imperialismo de salón
Lo que estamos presenciando es la versión descafeinada de aquel anti-imperialismo bravucón que Castro vendió al mundo. Hoy se reduce a un ritual de propaganda para consumo interno, mientras el régimen intenta sobrevivir en medio de una crisis económica devastadora.
El contraste entre la épica revolucionaria de antaño y la burocrática recogida de firmas de hoy es la metáfora perfecta de la decadencia del castrismo: de la guerrilla en Sierra Maestra al pupitre de primaria donde se obliga a firmar contra Estados Unidos; del internacionalismo proletario al “pleno apoyo político” sin más.
El mensaje implícito es claro: la Revolución que un día presumió de fusiles, muertos heroicos y despliegues intercontinentales, ya no tiene ni fuerzas ni voluntad para otra cosa que no sea controlar a su propia población.
Del machete al papel mojado
Si algo demuestra esta campaña de firmas es que el anti-imperialismo cubano se ha convertido en un anti-imperialismo de salón: mucho símbolo, mucha escenografía, mucho discurso vacío, y ninguna capacidad real de respuesta.
Venezuela, exprimida durante dos décadas, se queda sola en la trinchera. Cuba, que tanto presume de épica revolucionaria, se limita a pasar la hoja y el bolígrafo. Mientras tanto, EE.UU. pasea sus buques por el Caribe sin que nadie dispare un tiro, y el régimen repite el viejo guion de propaganda para mantener a su pueblo alineado.
La revolución que un día se presentó como guerrera y triunfante ha quedado reducida a eso: a un formulario de firmas.
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