Manifestación frente a Studio 60. | Foto © CiberCuba
Manifestación frente a Studio 60. | Foto © CiberCuba

La noche que Miami empezó a bailar su rabia y su amor


Publicado el Viernes, 15 Noviembre, 2019 - 08:18 (GMT-4)


Yo no sé cómo se matan las dictaduras. Nunca maté una. Yo he vivido una, eso sí. Pero todavía no la maté. Yo no sé qué sintió un rumano que hizo mojar a Ceaușescu la entrepierna antes de fusilarlo, o qué sintió un español cuando Franco exhaló el último suspiro y la democracia floreció al día siguiente.

Eso aún no lo sé.

Pero algo me dice las dictaduras comienzan a morirse cuando sus víctimas se reúnen, se miran a los ojos, y entre todas empiezan a curarse las cicatrices y sobreponerse al dolor, y de repente surge una chispa de alegría, de disfrute, una escena que nadie previó pero que cada uno sintió en lo más salvaje de su ser, en la raíz de su angustia y su fe. Cuando eso pasa, cuando una masa de víctimas se lame las heridas y recuerda cómo es sonreír, las dictaduras empiezan el largo pero irreversible principio del fin.

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Yo quiero creer que eso lo vivió Miami anoche. Nadie me puede privar de ese jodido pedazo de esperanza.

Porque Miami está cambiando. “I feel it in the earth. I smell it in the air”, escribiría Tolkien. Está convulsa. Se retuerce, chilla, se lanza mordiscos a sí misma y al viento. Miami es hoy una ciudad caótica, histérica, frenética, paranoica. Pero viva. Vibrante como nadie pensó que podría estarlo luego de ese impasse tedioso de una generación a otra, el tránsito agónico entre los históricos, ya convertidos en polvo y memoria, y los cibernéticos.

Esos, los del Facebook Live y el Whatsapp, esos del Youtube y los selfies y los hashtags, todos esos están pariendo un nuevo Miami y a mí nadie me puede quitar de la mente que esos, todos, yo incluido, podemos estar gestando una Cuba distinta en nuestros vientres.

Porque en una protesta que nació contra Haila y se reconvirtió a un objetivo más genérico (luego de que Haila se hiciera humo, un humo divertidamente olvidable) anoche un pedazo de Miami fue feliz.

Pregúntenle si no a la muchedumbre que bailó los tambores aporreados por el Chucho del Chucho y una legión de pendencieros sonrientes, al mar de cubanos que agradeció a Alex Otaola con la humildad y la emoción de quien sentía todo perdido y de repente vuelve a tener fe, una fe pequeñita y frágil, todavía lastimada luego de tanto desencanto y patraña, pero fe y esperanza al fin.

Pregúntenle a los casi mil cubanos que en el pico de dos horas de concentración frente a Studio 60, en una noche húmeda y en una nunca tierna Allapatah, se abrazaron entre sí o abrazaron a Eliécer Ávila, se reconciliaron, cantaron "Ya viene llegando", limaron ciber-asperezas, gritaron consignas contra Carlucho y luego corearon agradecidos al mismo Carlucho cuando asomó los mofletes y dijo yo también pertenezco a aquí.

Esta noche en La Habana no hay paz ni hay burlas. Hay ceños fruncidos.

Una masa muy joven hizo catarsis a solo 90 millas. Nosotros, en CiberCuba, transmitimos todo en vivo para más de 2 mil quinientas personas durante hora y media de transmisión. Al otro lado de sus teléfonos y sus tabletas, miles de otros jóvenes daban la vida por estar allí en esa callejuela de Allapatah tomada por los tambores y custodiada por policías.

Pero lo más terrible para La Habana, para ese poder que se presume seguro en su oficina de cortinas estampadas y cámaras de vigilancia oculta, es que la protesta frente a Studio 60 no lloraba las penas acumuladas, sino festejaba el futuro por llegar. Miami, por una vez, no lloró sus penas: las bailó. Bailó su rabia por los ahogados, los olvidados, los escupidos. Bailó su amor por el futuro y la libertad. Y eso es nuevo. Y es jodidamente hermoso.

Yo no sé cómo se matan las dictaduras. Pero algún día recordaré que hoy lo comencé a sentir en los huesos, de alguna extraña manera. Y se siente de puta madre.  

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

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Ernesto Morales

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