Premio Goya Foto © Wikimedia

Memoria del Exilio: Goyescas

Este artículo es de hace 1 año

Quiso el pasado domingo ser distinto a fuerza de sorpresa.

Así, revolcado, entre tantas historias de películas nominadas, o no, a los Oscars, ni siquiera advertí la inminencia en la entrega de los Goyas de este año.

Como no tengo Televisión Española, pensé renunciar a ver la gala de premiaciones.

Mas, Santo Google -bendito seas entre todos los comunicadores, siempre a mano, en la guerra como en la paz - de repente y cacharreando entre las redes, se me ofreció el mismísimo espectáculo, en vivo, en directo y a todo color, en la pantalla de mi desvencijada computadora.

Sentado en la oficina de mi casa y sin necesidad de pagar un centavo.

Maravillas de la tecnología moderna. Y viendo la ceremonia, no pude evitar evocar la ocasión en que estuvimos allí.

Porque NADA estuvo nominada como mejor película iberoamericana. Por lo que fuimos invitados a la ceremonia de premiación, Thais Valdés y un servidor. *

* No conservo ninguna foto pues creo eran años en que todavía no existía la costumbre del selfie porque los celulares no tenían cámara.

Fue un viaje relámpago. A Madrid -. *

* Este año se hizo en Málaga. Y me pareció atinado el que la sede se traslade a distintos lugares de la geografía española.

Desde que nos cursaron la invitación, nos dispusimos a aprovechar mucho más el viaje regalado y olvidarnos, por completo del espíritu de competencia.

Ya el paso por Cannes nos había cujeado lo suficiente, como para no abrigar nunca más esperanza alguna con reconocimientos ni siquiera soñados.

Gozamos -aún hoy día- la certeza de haber ganado el premio más importante de todos, que es haber hecho la película y que esta se vea, exista. *

* Porque toda película nace - es su esencia - para ser vista.

Al llegar a la capital española, nos hospedaron en un hotelito pequeño, en pleno centro. Un albergue, a todas luces gay, con diseño super chic y ultra moderno.

Acogedor, íntimo y privado.

En la recepción, creímos ver a Juan Gabriel. Que, por esos años, huía de México, no sé si por motivos fiscales, amorosos, o porque le venía en ganas escapar.

Por supuesto que ni lo abordamos. Andaba de incognito y no seríamos nosotros los que lo importunáramos con un “¿Usted no es…? o, “¿me permite hacerme una foto a su lado?”.

Nos entrevistó una periodista, facilitada por los distribuidores, para un espacio televisivo que nunca pudimos ver. El jet lag - diacronía o fatiga de viaje - me hizo rendirme frente a cámara.

Y nos invitaron a un almuerzo en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de España.

* No recuerdo con quién, ni tampoco el menú. Aunque sí, que aquella mesa la presidió una mujer. Creo que viceministra.

Por la noche fue la función de gala. En el Palacio de los Deportes.

Todos muy encopetados. Por suerte, las temperaturas andaban bastante bajas, pues el invierno ofrece la ocasión pintada para endilgarse, encima, cualquier trapo. ¡Hasta una colcha!

Y como alguien me había regalado un poncho andino, bellísimo - que el eterno verano cubano no me había dejado, ni siquiera, estrenar - le eché mano intentando aplacar las carencias evidentes en nuestro criollo vestuario.

En la cola de entrada, nos tocó entrar detrás de Lolita. Pero, nosotros… zzzzzitooos, calladitos.

Y al sentarnos en los puestos establecidos, se acercó a saludarnos la cantante cubana Lucrecia*, a quien conocíamos desde que estudiamos en el ISA.

* Fue el contacto más humano que experimentamos, en medio de toda aquella feria de lentejuelas, risas forzadas para las cámaras e iluminadas vanidades.

Con más gusto habríamos aprovechado la noche para disfrutar del reencuentro con amigos u otras atracciones madrileñas. Pero, tampoco hubiéramos tenido material para contar luego. Y era nuestro deber estar allí. Aunque no nos agradara.

El solo hecho de estar nominados era un premio en sí. *

* Para alcanzar uno de esos escaños se requiere de una coproducción española y la debida distribución en las salas. Al igual que los Oscars, pero, en la madre patria.

También esta vez - como en todo viaje que hacemos - llevamos a Elegguá. *

* Era mi intención, si salíamos galardonados, presentarle al Goya, en persona.

Y tanta ropa encima me permitió llevar conmigo una botellita de agua para luchar contra mi sed perenne e implacable.

Pero, los nervios me traicionaron y en una de esas, dejé sin querer mal tapado el pomito…

Menos mal, que no ganamos. Porque no habría sabido explicar la pinta de Manuel Ascensio Padilla todo meado.

Tan pronto dieron el veredicto en nuestra categoría y luego del discurso de los representantes de la película argentina que ganó, aprovechamos un impasse para salir de todo aquello y olvidarnos de los peces de colores.

Pá afuera, pá la calle.

Había un frío… de tres pares. Lo cual se acentuaba con la humedad vertida sobre mis pantalones, luego del tonto accidente.

No sé bien, mi gente hermosa, lo que sucedió después. Creo que terminamos comiendo unos chocolates con churros en la Plaza Mayor, para aplacar cualquier posible neumonía y al otro día regresamos a la Habana.

Se sucedieron, después, tantos viajes y tantos festivales, que aquello pasó a ser solo uno más.

Una experiencia única, empero ni cumbre, ni cimera. Una” gotica cultural” perdida en un curriculum vitae ya abultado.

No obstante, la vivencia nos sembró la firme convicción de que toda premiación es algo extra y no siempre justa para todos.

Sí; se debe honrar, homenajear, laurear. Pero, no coronar.

Y el virus por las coronas parece inmutable en el género humano. ¡Hasta el Rey León!

La película de Amenábar tiene, pero que mucho, más que decirle a España, en este momento, que la sinceridad para consigo mismo, experimentada por su cineasta actual más internacional.

La “reconciliación” de Almodóvar con la Academia del Cine Español*, se deslució ante este inoportuno “enfrentamiento”. Porque, por otro lado, si no le hubiesen premiado, habría causado asimismo malestar o berrinche.

* Plausible, en extremo, como acertado en su discurso en favor de cine independiente español, que es el futuro, lo que vendrá.

Y no porque no se merezca ese y todos los galardones del mundo, sino porque lo que está mal es el premio en sí mismo. No los laureados.

Eduard Fernández está impresionante en su interpretación del general Millán-Astray en MIENTRAS DURE LA GUERRA. Excelente, descomunal. Mas, ¿quién puede afirmar que es mejor que Luis Tosar en QUIEN A HIERRO MATA? *

* Peliculón que tuve la suerte de que me la mandaran y pude verla inmediatamente.

¿Está mejor Antonio Banderas* que el imponente retrato de Miguel de Unamuno que ofrece Karra Elejalde?

* No entendí el cierre final cantando y bailando CHORUS LINE. Como tampoco aplaudo a Madonna pretendiendo bailar flamenco.

Ni una cosa, ni la otra. Vamos a ver… Son películas DIFERENTES.

Y LA DIFERENCIA NO TIENE EXCELENCIAS, por favor.

Ardo por ver O QUE ARDE. O LA TRINCHERA INFINITA. O LA HIJA DEL LADRÓN. O INTEMPERIE. O el animado BUÑUEL Y EL LABERINTO DE LAS TORTUGAS. *

* Cualquier información la pagaré é é… ¡Oh, no, que se me acusará de plagio!

Porque vivo convencido de que todas me aportaran algo distinto, nuevo, peculiar.

Otra visión. Me harán un ser distinto, superior.

¿Existe recompensa mayor?

Así que, si es GOYA, de seguro es bueno. Muy bueno.

Pero, nunca nada será LO MEJOR.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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