Delegación cubana en la ONU saboteó intervención de Ariel Ruiz Urquiola Foto © Collage CiberCuba

Ruiz Urquiola, mono amarrado frente a león que se limitó a jugar al Pío Tai

Ariel Ruiz Urquiola ha crecido en experiencia política tras el duelo de león a mono, con el mono amarrado, que sostuvo este viernes con un hábil representante del tardocastrismo, experto en jugar al Pío Tai, y sus aliados multilaterales, en un plenario casi vacío de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas (ONU).

El escaso interés que despierta Cuba en el ámbito internacional volvió a quedar demostrado este viernes, cuando solo la representante de Australia apoyó la intervención de Ruiz Urquiola, constantemente interrumpido por el diplomático cubano designado para la faena, que cuidó las formas hasta el detalle mínimo y apeló constantemente al reglamento y a la autoridad presidencial.

Visto el resultado, muchos cubanos han reaccionado emocionalmente -más de lo deseable- arremetiendo contra ONU y la paradoja que implica que regímenes violadores de los Derechos Humanos ocupen sillones en la sección humanitaria.

Cuando uno compite en un torneo, acepta las reglas de juego del comité organizador, en este caso Naciones Unidas, y no valen excusas de ningún tipo porque la norma haya facilitado el sabotaje castrista a Ariel Ruiz Urquiola que, previamente, había aceptado usar el turno de una ONG que le cedió su palabra, limitada a escasos dos minutos.

Quizá Ruíz Urquiola no conocía todos los detalles que pautaban su intervención, como evidencia su intento de discurso, interrumpido hábilmente por La Habana, que cuenta con una larga experiencia en el manejo del multilateralismo en favor de sus prioridades políticas.

Las posiciones claves de China, Venezuela y Eritrea en el cónclave ginebrino son anteriores a la petición de Ruiz Urquiola de comparecer ante el plenario y el científico cubano debía saber a lo que se atenía, al aceptar unas reglas de juego adversas por los requisitos para intervinientes en el turno de ONGs y los habituales rejuegos de intereses de la diplomacia mundial.

El fallecido Fidel Castro Ruz forjó un pacto de caballeros con el general golpista argentino Jorge R. Videla, para no agredirse mutuamente en materia de Derechos Humanos y ya sabemos la veneración que madres y abuelas de la Plaza de Mayo sienten por el ex líder cubano.

Ronald Reagan fracasó incluso en sus intentos de sentar a Cuba en el banquillo de los violadores de Derechos Humanos, nombrando al ex preso político cubano Armando Valladares embajador norteamericano ante el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

Entonces, La Habana aceptó la visita de una comisión internacional y abrió la puerta al exilio a quienes pudieron probar su sufrimiento en entrevistas en el hotel Comodoro de la capital cubana.

La soledad de Ariel Ruiz Urquiola frente a los mandarines de Pekín, los gorilas venezolanos y los acomodaticios eritreos hacía innecesario que Cuba desplegara la variante del coro de diplomáticos gritones que ha usado en otras ocasiones; el representante de La Habana, una vez repartido los papeles, solo debía limitarse a interrumpir cuando fuera conveniente, haciendo uso del reglamento y fingiendo consternación por un supuesto menoscabo a la comisión.

El drama estaba perfectamente ensayado, al extremo de que el diplomático cubano se limitó a decir Pío Tai y pedir amparo a la presidencia, ante supuestos ataques que vulneraban la integridad de tan docta y prestigiosa comisión.

Los alabarderos de la corte verde oliva no tardarán en lanzar las campanas al vuelo, en otro ejercicio de incoherencia que pretenderá escamotear al Martí que avisó: Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.

Mientras Ariel Ruiz Urquiola intentaba hacerse oír, La Habana continúo violando los derechos humanos de millones de cubanos y no solo los políticos, como a veces intenta hacer creer la casta verde oliva, sino esos detalles básicos como son el acceso a una salud pública y educación de calidad, a agua potable, a electricidad, a una alimentación balanceada y salarios y pensiones justas.

Entorpecer el alegato de Ruiz Urquiola ante ONU no convertirá a Cuba en una nación justa y próspera, no sacará de las cárceles a más de 120 presos políticos; no aliviará la escasez de comida, aseo y medicamentos.

Pero tampoco conseguirá engañar al mundo, ni siquiera a los aliados tácticos de La Habana, cada vez más escasos y avergonzados de la ignominia de un régimen que desprecia a los cubanos, un pueblo noble aplastado por la perversión del delirio totalitario, que suplantó la fraternidad por el recelo y la persecución implacable del goce de la discrepancia.

El camino del castrismo está repleto de victorias contra Cuba que -con su desguace- ha dejado a la mayoría de sus hijos a la intemperie y enfrentados por la estupidez política. Ariel Ruiz Urquiola y el diplomático cubano que saboteó su intervención en Ginebra tienen más coincidencias que discrepancias, aunque vayan a tardar en descubrirlas porque al poder que los separa artificialmente no le conviene.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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