Mural de Yulier P, en la calle O'Reilly, en La Habana Vieja. Foto © CiberCuba

¿Por qué nadie reaccionó a los gritos de la mujer asesinada en un hotel de Holguín?

Es imposible leer la noticia del último feminicidio registrado en Holguín esta semana y no reparar en la indiferencia de los trabajadores de un hotel de esta ciudad, donde la cubana Maricel González Arencibia, de 50 años, fue golpeada y estrangulada por su ex esposo. 

Sus gritos se escucharon en el Hotel Santiago, en pleno centro de la ciudad, pero ninguno de los trabajadores llamó a la Policía ni acudió en su auxilio, según ha trascendido en los medios independientes. Para variar, la prensa estatal cubana no recogió un suceso que ha conmocionado a los holguineros.

Los periódicos Granma y Ahora siguen despegados de temas transversales que hacen país. La violencia de género no tiene ideología, pero ellos siguen sin entender que silenciar los crímenes machistas no ayuda a encontrar solución a un problema real, que Cuba tiene que encarar de una vez por todas.

Me gustaría decir que no entiendo qué pasó por la cabeza de los trabajadores del Hotel Santiago de Holguín, pero sí puedo hacerme una idea más o menos clara de los motivos que les llevaron a hacer gala de la misma apatía que nos tiene hundidos en el desinterés colectivo por construir una verdadera nación.

Haber llamado a la Policía les habría convertido en testigos de un crimen, víctimas de interrogatorios y el miedo les llevó, probablemente, a la indiferencia. No sé qué se les pasa ahora por la cabeza, cuando saben que la mujer que gritaba está muerta. 

Este tipo de apatía social la hemos visto también, de manera exageradamente rutinaria, en China, otro país comunista, en el que la gente huye de prestar ayuda a quien esté en problemas por temor a las represalias de los investigadores policiales. Por el pánico que produce la idea de verse involucrado en el crimen. Por temor a perder el trabajo.

Los cubanos nos pasamos todo el tiempo eligiendo entre lo que va conmigo y lo que no. Si alguien protesta en la calle y la Policía le cae como una fiera encima, nos decimos: ése no es mi problema.

Si una mujer grita en una habitación de hotel, muchos prefieren creer que está teniendo sexo a pensar que la están matando. Otra vez, ése no es mi problema. Y con eso, nos lavamos las manos a lo Poncio Pilato.

¿Y saben qué? Sí es nuestro problema. El tuyo, el mío y el de todos. Cuba está envuelta en una ola reaccionaria que impide a los gobernantes ir más allá de perseguir a los coleros, acosar permanentemente a los emprendedores y los pequeños empresarios, multarlos; recaudar dólares y acusar de terrorismo a todo el que no apoye al Partido Comunista.

En muchas partes del mundo han aumentado las denuncias por violencia de género durante el confinamiento obligado por la pandemia del coronavirus. Pero Cuba vuelve a sacar pecho del milagro socialista. Prefieren creer que no hay violencia machista a reconocer que el hombre creado por un socialismo tropical y machista es igual de bestia que el que nace, crece, se reproduce y mata en el capitalismo más salvaje.

Esconder los casos de violencia de género no es el mejor camino para atajar el problema. Cuba debería tener cuanto antes una ley contra la violencia de género que ayude a frenar los asesinatos de mujeres y, de paso, que aporte herramientas legales para crear mecanismos de protección de las víctimas, como existen en el capitalismo brutal que tanto demonizan.

Los gobernantes cubanos son incapaces de gestionar con acierto la economía, pero desde la izquierda en la que simulan militar silencian los feminicidios, no encaran el racismo, no hablan de marginalidad y pobreza y se niegan a impulsar la legalización del matrimonio homosexual.

Fíjense, los comunistas fueron capaces de retirar la propuesta del matrimonio gay para acallar el descontento de una población que ha sido educada de acuerdo a los cánones del machismo revolucionario, pero sí han sido capaces de, en contra de la opinión mayoritaria, abrir la tiendas MLC, que son una auténtica humillación para los trabajadores cubanos.

¿Saben por qué? Porque  probablemente crean que dotar a los ciudadanos homosexuales de los mismos derechos que tienen los heterosexuales no ayuda a recaudar divisas.

El castrismo ha convertido las escuelas en máquinas de adoctrinamiento y memorización absurda y ha dejado de lado la educación cívica, la formación crítica y la necesidad de que los ciudadanos sepan cuáles son sus derechos y cómo ejercerlos.

Los deberes los inculcan desde el círculo infantil: pagar, pagar y pagar... FMC, CDR, CTC, PCC, UJC, MTT y todo lo que nos ponga por delante el Gobierno. 

Pero, sobre todo, nos imponen el deber de obedecer, de creer que nada puede cambiar porque lo que tenemos es el paraíso y, por tanto, es inmejorable. 

Hay que cambiar la manera en la que encaramos los problemas en Cuba porque nos jugamos la vida. Maricel González Arencibia, la mujer asesinada en Holguín por su ex marido, no recibió el auxilio de los trabajadores del Hotel Santiago.

Sobre el asesino debe caer todo el peso de la ley. Él la mató. Pero nuestra apatía colectiva le allanó el camino. 

Pese a que la justicia cubana es como un barco que hace aguas por todas partes, confiemos en que el asesino de Maricel pague por lo que hizo. No podemos pasar página. Es un crimen por motivos de género. Inaceptable. El criminal tiene que pagar y el castigo debe ser ejemplarizante.

Todos los cubanos debemos sentir como nuestro el dolor de la familia de Maricel, y de todas las víctimas de la violencia machista que el Gobierno de Cuba silencia. Esconder la mierda debajo del sofá no hace que nuestra casa esté limpia. En algún momento hay que meter la escoba y empezar a desescombrar.

Cubanos, hay que superar la apatía. Eso es lo que tiene a nuestro país en ruinas. Esta semana mataron a Maricel González Arencibia, pero la semana que viene pueden morir nuestras madres, abuelas, tías, primas o hermanas. O sencillamente puede morir asesinada otra mujer que tuvo la desgracia de nacer en un país donde no se respeta ni se ampara a las víctimas del machismo. 

Basta de creer que estamos única y exclusivamente en manos de Dios. El Estado cubano tiene que asumir una responsabilidad que ha delegado durante 62 años a la gracia divina. ¿Y saben qué? No ha funcionado. Los problemas no se solucionan mirando al cielo.

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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