Muerte en el Saratoga

Si los seres humanos fueran lo primero en Cuba, no habría explotado el hotel Saratoga, no habría que llevar colchones con urgencia al hospital Calixto García, ni se habría caído un avión alquilado a una empresa extranjera.

Ismael Batista Ramírez / Granma
Explosión en el Saratoga, vista desde la Fuente de la India Foto © Ismael Batista Ramírez / Granma

¡Del carajo, tremendo palo! Cuba enlutada absurdamente por negligencias atribuibles al gobierno y a la suprapoderosa GAESA; el primero por no fiscalizar ni exigir -en un ámbito vital para la economía- y la segunda por creerse que la gestión pública consiste en enriquecerse, mientras cubanos mueren por accidentes y enfermedades.

La respuesta de cubanos, particularmente de habanerosbrigadas de Rescate y Salvamento, bomberos, un teniente coronel del Ministerio del Interior, un actor, la hostigada oposición, la vilipendiada emigración y la cobertura de la televisión estatal es un modelo de cooperación solidaria imprescindible para Cuba, que contrastó con la represión, politización gubernamental y la insensibilidad del partido comunista, un paramecio que no tuvo peor ocurrencia que titular en Granma: "Primero, siempre… el ser humano".

Si los seres humanos fueran lo primero en Cuba, no habría explotado el hotel Saratoga, no habría que llevar colchones con urgencia al hospital Calixto García para ocultar el desastre sanitario a la prensa extranjera y los teléfonos móviles de familiares y visitantes; el gobierno no habría lanzado la actual avalancha migratoria contra Estados Unidos y tampoco habrían muerto tres niñas, tras ser aplastadas por un balcón ruinoso en La Habana Vieja, ni se habría caído el viejo avión alquilado a una empresa extranjera.

Ramiro Valdés debió asimilar el trance de Palma Soriano y no dudó en acudir a la catástrofe, pedir explicaciones y apoyar a bomberos y habaneros, haciendo brillar por su ausencia a Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura y Luis A. Rodríguez López-Calleja. Si el general de ejército vale para exhibirlo y cantinflear el Primero de mayo, asegurando que el presidente trabaja bien y mucho, debía valer para abrazar a eternos perdedores, aunque sean sus víctimas.

"Somos un país con estabilidad política, somos un país con seguridad, somos un país con tranquilidad ciudadana, somos un país con seguridad epidemiológica y esas son realidades que tenemos que potenciar. Pocos destinos del mundo pueden ofrecer hoy lo que Cuba pone a disposición del turismo", dijo el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez en el balance anual del Ministerio de Turismo, el 22 de marzo.

Se nota que Díaz-Canel ha viajado poco y desconoce lo que Francia, España, Estados Unidos, México, Costa Rica, Barbados, República Dominicana, Gran Caimán o Bahamas ofrecen al turista; sin necesidad de resistencia creativa, planificación central, OSDEs ruinosas y nuevos actores económicos vigilados y exprimidos, solo con la combinación de democracia y libre empresa. Sencillito.

Señor presidente, ¡pare ya!, que Cuba sabrá apreciar su silencio. Abandone poses y esa comunicación tan poco empática, carente de contacto visual, siempre repleta de ditirambos absurdos que -a los ojos de muchos cubanos- lo hacen aparecer como un narcisista, mal imitador de Fidel Castro Ruz; porque sensibilidad y solidaridad no deben fingirse, como ese puchero suyo en formato de cómoda declaración, que más parece un olvido tensional del mensaje, que emoción contenida. Y si no fuera mucho pedirle, acabe de nombrar a su esposa ministra de Cultura, liberándola como CVP de twitter y librando a los cubanos de sus fallidas imitaciones de Trompoloco.

Solo hay que ver al mentecato y corrupto primer ministro Manuel Marrero Cruz para calcular el potencial real de GAESA y sus nefastas consecuencias para Cuba, donde ya no valen remilgos de falsa solidaridad ni politiquería barata ante el dolor de más de 30 muertos -cifra provisional-, porque si tamaña desgracia ocurre en un hotel de lujo, planificando una cena para empresarios extranjeros, como cumbre de la Feria Internacional de Turismo, el desamparo de los cubanos, por negligencias de un estado fallido, es incalculable.

Ciberclarias, acobardados, fingidores y gusañeros podrían ahorrarse sus llamados a la unidad y sus rasgados de vestiduras por la politización de la desgracia, que atribuyen interesadamente a adversarios y escasos cubanos en redes sociales, porque no tuvieron valor para apelar a la unidad, mientras Tropas Especiales, policía y terroristas de las Brigadas de Respuesta Rápida apaleaban a miles de cubanos el 11J, por orden directa del presidente Díaz-Canel; al contrario, jalearon y apoyaron a los verdugos del pueblo.

Cuba no era así, la nación tuvo una tradición de perdón y reconciliación, acentuada por la República, como demostró la amnistía de Fulgencio Batista a los asaltantes a los cuarteles Moncada y Bayamo; junto a una educación en valores, que benefició a la revolución, con dos generaciones muy bien preparadas, incluidos los graduados en las míticas escuelas Técnicas-Industriales, de Contadores Públicos, Artes y Oficios y de Maestros Normalistas, muchos de ellos patriotas disciplinados con sentido de responsabilidad y razonado orgullo.

Las siguientes generaciones crecieron creyendo que la discrepancia era traición, aunque tuvieron buena enseñanza, pero lastrada por la cultura de la pobreza e indefensión aprendida, y apabullada por el totalitarismo ideológico, que sovietizó hasta los pirulís; seguido por el derrumbe de la URSS, que consolidó el invento, la simulación, el parche, la consigna política hueca y -peor aún- convirtió a la mayoría de los cubanos en ciudadanos de segunda clase en su propio país, junto con la precarización educativa y le reinvención de la historia.

Muchas veces, el criterio de un empresario extranjero, aunque no fuera más que un robagallinas avispado en su país natal, anuló al dirigente, funcionario, empresario y empleados cubanos; y el chavismo acrecentó esa tendencia de castigar o limitar al nativo y ponderar y exaltar al foráneo, aunque esta discriminación no impidió el enriquecimiento de corruptos con carné del partido comunista y crecidos a la sombra de Fidel y Raúl Castro.

Ya no vale con moler al director del hotel, si es que había alguno, pues los traspasos y liquidaciones societarias, aunque sea un enroque dentro de GAESA, generan vacíos e interinidades. Tampoco sirve tronar a jefes de CUPET y su subordinada empresa del gas. Debe irse a la raíz del problema, democratizando y enriqueciendo a Cuba. Mientras no haya libertad ni prosperidad, habrá dolorosísimos Saratogas, que pasará a la historia como un tajo horroroso en la nación afligida y vergüenza del tardocastrismo, que apuesta por la pobreza y desigualdad como herramientas para mantenerse, asustado, en el poder.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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