En medio de la expectación global por la elección del nuevo Papa, un nombre inesperado resuena desde el Caribe: el del cardenal cubano Juan de la Caridad García Rodríguez.
Su presencia en el Cónclave ha despertado un profundo interés dentro y fuera de Cuba, pero ¿quién es este hombre al que describen "sereno, austero y de fe inquebrantable" que representa a la isla en uno de los momentos más decisivos de la Iglesia católica?
Nacido en Camagüey en 1948, hijo de un preso político del régimen comunista, el cardenal García es, por encima de todo, un pastor de los olvidados. Su vocación nació en un terreno insólito: el béisbol. A los 13 años, un sacerdote lo atrajo al seminario prometiéndole campos para jugar pelota. Esa entrada, casi ingenua, marcó el inicio de una vida dedicada a servir a Dios entre los pobres, los enfermos y los pecadores, como decía su mentor, el siervo de Dios Adolfo Rodríguez, reseñó el medio Religión en Libertad, que hace un perfil del alto prelado.
Ordenado sacerdote a los 24 años, pasó gran parte de su ministerio recorriendo los rincones más humildes de la geografía cubana.
Vivía con tan poco que, al ser nombrado arzobispo de La Habana en 2016, llegó con apenas un maletín y sin más pertenencias.
En una sociedad donde el poder suele medirse en ostentación y jerarquía, García Rodríguez destacó por su desprendimiento, sencillez y coherencia de vida. No busca los focos, no impone discursos altisonantes; habla poco y actúa mucho, detalla la reseña.
Afirma que durante sus ocho años como arzobispo de La Habana, ha sido un referente de cercanía y servicio. A pesar de las presiones del entorno político y social, se ha mantenido junto al pueblo: en las parroquias, en las casas, en las calles, incluso en el cementerio de Colón, donde celebra misas matutinas con los fieles.
En tiempos en que parte del episcopado latinoamericano ha sido tentado por los vaivenes ideológicos o por el silencio cómplice, el cardenal García ha mantenido una postura firme pero serena, agrega.
Ha hablado de justicia, de reconciliación, de dignidad humana, sin caer en estridencias ni en pactos que comprometan el alma de la Iglesia.
Sus homilías son breves, claras, directas. Su enfoque está en lo esencial: que los cubanos puedan vivir, comer, trabajar y morir en paz. Afirma que no hay nada más revolucionario —ni más cristiano— que esa sencillez cargada de contenido humano y evangélico.
La teóloga Paloma Girona las ha calificado de “barojianas”, por sintéticas, descriptivas, por ir al grano de las ideas sin florituras dialécticas, poniéndose siempre en el lugar de sus destinatarios.
En enero, el cardenal lamentó no haber participado en las mediaciones del régimen con el Vaticano por la excarcelación de más de 500 presos en la isla; pero afirmó que se alegraba de la decisión y recordó que en varias ocasiones, él mismo había solicitado al Papa Francisco interceder por la excarcelación de los prisioneros políticos.
Aunque no sea "papable" según los análisis de los vaticanistas, la sola presencia del cardenal cubano en el Cónclave es un símbolo para Latinoamérica.
Los cardenales católicos acordaron iniciar el próximo 7 de mayo el cónclave para elegir al sucesor del papa Francisco en la Capilla Sixtina.
La fecha fue acordada este lunes 28 de abril, durante la quinta Congregación General celebrada en el Aula Nueva del Sínodo.
Aunque el cónclave podía haber iniciado el 5 de mayo, optaron por retrasarlo dos días para realizar más reuniones informales, intercambiar opiniones y buscar consensos antes de ingresar en la reclusión que caracteriza al proceso de votación.
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