Una propuesta en la prensa oficial sugiere que la falta de efectivo que hoy asfixia buena parte de las operaciones bancarias en Cuba podría resolverse con la puesta en circulación de monedas metálicas de alta denominación.
Un comentario en el periódico Victoria, de la Isla de la Juventud, menciona incluso la posibilidad de acuñar piezas de 10,000 o más pesos, las cuales ocuparían menos espacio, durarían más que los billetes y serían más difíciles de falsificar.
Pero esta “solución probable” ante “la enervante situación actual” de escasez de efectivo en los bancos, como reconoce el medio, ignora la raíz del problema: un sistema financiero colapsado, sin confianza ni liquidez.
Se cita como ejemplo a Venezuela, país donde circulan monedas de 50 a 1,000 bolívares, para justificar la idea de introducir mayor cantidad de monedas bimetálicas en Cuba.
Menciona asimismo que ya existen dos precedentes nacionales: una pieza de cinco pesos convertibles (CUC) -ya solo con valor numismático- con la imagen de Ernesto Che Guevara, acuñada en 1999, y la que hoy circula con la efigie de Antonio Maceo, emitida en 2016.
El razonamiento detrás de la propuesta se apoya en lo práctico: las monedas resisten más, no se deterioran como los billetes y son menos costosas a largo plazo. Además, se sugiere que quienes almacenan dinero en sus casas -por temor o desconfianza- estarían más dispuestos a canjearlo si el volumen físico del efectivo fuera menor. Es decir, si existieran monedas con gran valor facial.
“¿Propongo que se legalice el proceder de quienes violan el fisco y frenan el movimiento monetario, endureciendo el estancamiento económico? Nunca. Trato de que se mejore a la inmensa mayoría, al cubano de a pie… para que, mientras llega la solución que habrá de resolver el problema, haya más dinero efectivo en los bancos. Y en papel moneda que los cajeros puedan dispensar”, subraya el texto.
Pero en ningún momento se mencionan las causas reales de la escasez de efectivo: la inflación descontrolada, el colapso del peso cubano, la desconfianza generalizada en el sistema bancario y el vaciamiento sistemático de los cajeros automáticos, muchos de ellos además averiados. Menos se alude a la falta de respaldo productivo, al galopante proceso de dolarización o a los múltiples obstáculos para acceder al dinero propio.
La posible alternativa soslaya el problema de fondo y pone el foco en un parche estético. Más metal en circulación no significa más poder adquisitivo ni más liquidez real para el cubano de a pie. Lo que haría falta no es cambiar la forma del dinero, sino atacar de raíz las razones por las que no hay dinero disponible. Y eso, por ahora, no se acuña.
El fracasado “ordenamiento económico y monetario” implementado por el gobierno en 2021 terminó por dar la estocada mortal a la moneda nacional, disparar su cotización en el mercado informal ante la indisponibilidad de dólares en las Casas de Cambio (CADECAS), y precipitar una inflación sin precedentes.
La descontrolada inflación que padece la población encarece los productos de primera necesidad mientras los salarios permanecen estancados y se deteriora el poder adquisitivo de los cubanos, agotados de las colas, los apagones, el hambre y la desesperanza.
Según datos oficiales publicados en octubre de 2024, el 39% de los jubilados en Cuba recibe la pensión mínima de 1,528 CUP mensuales, lo cual no cubre ni una dieta mínima. De hecho, un kilogramo de leche en polvo puede costar hasta 1,800 CUP y un litro de aceite hasta 1,400 CUP.
Según el economista Pavel Vidal, estudioso de la Universidad Javeriana de Colombia, la crisis cubana ha disparado la economía informal y sobre todo el mercado informal cambiario “que parte importante funciona en efectivo, entonces tienes un gobierno emitiendo mucho dinero sin la capacidad, sin los dólares, para poder imprimir los pesos”.
El catedrático responsabiliza al gobierno porque “tampoco ha querido imprimir billetes de mayor denominación, el billete de mayor denominación son 1,000 pesos que en la tasa de cambio del mercado informal son tres dólares”.
Por su parte, la bancarización impulsada desde el gobierno para promover los pagos digitales y reducir el uso del efectivo, en la práctica enfrenta obstáculos técnicos, económicos y culturales.
Cajeros rotos, largas colas y poca disponibilidad de efectivo, es el panorama que viven desde hace meses las personas que intentan extraer sus salarios y pensiones en toda Cuba. A ello se suman comercios que alegan problemas de conexión, códigos QR inoperantes, recargos injustificados o simple negativa a aceptar pagos electrónicos son parte del día a día.
El mandatario Miguel Díaz-Canel ha culpado al sector privado de la falta de efectivo en los cajeros automáticos del país, desde que se inició el proceso de la bancarización.
Sin embargo, para algunos trabajadores por cuenta propia, el pago digital es visto como un estorbo: lento, poco fiable y molesto para los clientes. Esta desconfianza tecnológica se suma al hecho de que muchos actores económicos, estatales o privados, no logran acceder a su dinero con agilidad, lo que les lleva a preferir el efectivo y operar fuera del control fiscal, y en este caso la culpa recae directamente en el gobierno y su sistema bancario.
Otros factores estructurales también conspiran contra el éxito de la bancarización: existen zonas sin cobertura donde no es posible utilizar plataformas digitales, y en esos casos, el pago en efectivo sigue siendo la única opción real.
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