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El cuerpo de Rafael Junior Chávez Carrera, el niño cubano de ocho meses que murió el sábado sin poder acceder al trasplante de hígado que necesitaba, fue velado en su provincia natal, Ciego de Ávila. Pero ni siquiera en la muerte el Estado cubano fue capaz de garantizarle dignidad.
Su traslado fue caótico, y su velorio, indignante: se llevó a cabo a oscuras, en una funeraria sin electricidad. En pleno duelo, su familia tuvo que enfrentar no solo el dolor, sino también la desidia y el abandono institucional.
El ataúd con el cuerpo del niño debía salir a las 9:00 am del domingo desde la funeraria de Calzada y K, en La Habana, y llegar alrededor de las 3:00 pm a la funeraria de Morón, Ciego de Ávila. Sin embargo, pasadas las 3:30 pm, los padres del menor no tenían noticias de su paradero.
Desesperados, comenzaron a hacer llamadas, pero nadie daba respuesta. La razón que les ofrecieron rozaba lo absurdo: no podían localizar al chofer del carro fúnebre porque no tenía teléfono celular.
Solo tras la intervención de la activista Yamilka Lafita (Lara Crofs) se logró ubicar el vehículo. Finalmente, más de una hora después, el féretro llegó a la funeraria.
Pero el agravio no terminó ahí: al comenzar el velorio, el local estaba sin electricidad. Así, los padres tuvieron que despedirse de su hijo a oscuras, en penumbras, sin siquiera el consuelo mínimo de un ambiente digno para ese momento devastador.
"Ni siquiera este último momento ha podido desarrollarse con dignidad, no hay electricidad en la funeraria. El pueblo está apagado, literalmente. Velan a un niño en penumbras. Como si no bastara con la tragedia de su muerte...", denunció Lara en Facebook.
"¿Cuántos hijos de los dirigentes de este país son velados a oscuras? ¿Cuántos son trasladados en carros fúnebres sin comunicación, o depositados en féretros decadentes y maltrechos? ¿Cuántos mueren por una bacteria renal (nunca supimos cuál) en menos de 24h? ¿A cuántos les es demorado el traslado fuera del país para un trasplante?", cuestionó.
El caso de Rafa había generado una ola de solidaridad semanas antes, cuando su familia suplicó ayuda para salvarle la vida. El bebé sufría una insuficiencia hepática severa y requería con urgencia un trasplante de hígado.
Su madre era compatible como donante, pero en Cuba no se realizan ese tipo de intervenciones. Médicos en España estaban dispuestos a atenderlo, pero las autoridades cubanas no ofrecieron ninguna vía para su traslado.
La semana pasada su estado empeoró: una infección bacteriana en los riñones derivó en un fallo multiorgánico, y tras más de 24 horas sin orinar, el daño fue irreversible. El menor murió el sábado en el Hospital William Soler, La Habana, mientras su familia aún aguardaba una respuesta que nunca llegó.
Murió esperando un trasplante que era posible. Murió porque en Cuba la vida depende de permisos y burocracias, y no de la urgencia médica ni del amor desesperado de unos padres.
"Rafa no necesitaba milagros, necesitaba atención médica, recursos, verdad. ¿Cuántos niños más tienen que irse para que entendamos que la resignación no puede ser política de Estado?", escribió Lara Crofs.
En un país donde el Estado presume de proteger a su infancia, el caso de Rafa revela todo lo contrario: la negligencia, la indiferencia y el abandono institucional que matan en silencio, incluso cuando ya no queda nada por salvar. Ni siquiera el derecho a un último adiós.
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