“Es un imbécil”: Vocero oficialista estalla contra Sandro Castro, nieto de Fidel

El intelectual oficialista Ernesto Limia llamó “imbécil” a Sandro Castro y negó que su fortuna provenga de Fidel. Gerardo Hernández, uno de los llamados “Cinco Héroes”, respaldó el texto con un “Amén”. Pero el sistema que generó esos privilegios sigue intacto.



Ernesto Limia, figura del oficialismo, califica a Sandro castro como un imbécil Foto © Collage Facebook / Ernesto Limia

Este artículo es de hace 1 año

Desde hace años, Sandro Castro, nieto del dictador cubano Fidel Castro, se ha convertido en sinónimo de ostentación, desprecio y burla pública hacia el pueblo cubano, mostrando autos de lujo, fiestas privadas y comportamientos arrogantes en redes sociales.

Pese al evidente daño simbólico que esto representa para el castrismo y el régimen cubano, muy pocas voces del oficialismo habían alzado la voz para condenar su conducta.

Este jueves, sin embargo, eso cambió: el abogado, escritor, ensayista e historiador Ernesto Limia, uno de los intelectuales vocero del régimen, publicó en Facebook un extenso y apasionado texto en el que no solo se pronunció contra Sandro, sino que lo calificó directamente como lo que es, “un imbécil”.

Captura Facebook / Ernesto Limia

La publicación fue respaldada públicamente por Gerardo Hernández Nordelo, uno de los llamados “Cinco Héroes”, actual coordinador nacional de los CDR y símbolo del castrismo, quien compartió el texto con un escueto pero elocuente “Amén”, dejando claro que comparte tanto el juicio como el desprecio hacia la conducta de Sandro Castro.

Captura Facebook / Gerardo de Los Cinco

En su escrito, titulado “Te lo prometió Martí…”, Limia intenta deslindar por completo a Fidel Castro de las acciones y privilegios de su nieto, lo cual resulta una manipulación del vocero castrense.  

“No sé de qué lugar sacó Sandro su dinero, pero seguro estoy de que no se lo dio Fidel. Este pueblo lo sabe, y la CIA también”, afirma, en una frase que roza lo absurdo y omite deliberadamente la estructura de privilegios en la que Sandro creció, rodeado de recursos, acceso, protección y silencio institucional, y que finalmente, heredó.

El texto navega entre la defensa del legado de Fidel, una idealización de los valores martianos y una crítica al papel de las redes sociales como plataformas que “exacerban la ira y el rencor”, un burdo intento por desviar la atención de lo que realmente es importante: los privilegios que goza Sandro Castro, debido a su apellido, evidenciando que en Cuba existe una clase que está al margen de la ley.

Pero en lugar de reconocer la complicidad del sistema que lo formó y protegió, Limia culpa a enemigos externos: “Nuestros enemigos lo saben y por ello inducen sus estupideces”, escribe, como si la irresponsabilidad de Sandro fuera una maniobra fabricada desde Miami.

Lo que Limia no dice —y probablemente no puede decir— es que la actitud del nieto de Fidel no es una anomalía, sino el resultado lógico de una clase dirigente que ha vivido durante décadas al margen de las penurias del cubano promedio, rodeada de privilegios que niegan en el discurso y ejercen en la práctica.

El joven Castro simplemente lo hizo visible.

A pesar del tono enérgico, el ensayista advierte que encarcelar a Sandro sin respaldo legal sería un error, temiendo el impacto mediático global: “La Revolución Cubana devora a sus hijos como Saturno…”; sin embargo, el abogado parece olvidar –convenientemente– que en Cuba hay jóvenes en las cárceles por publicaciones menos irrespetuosas que las realizadas por el nieto del dictador.

Dicho sea de paso, Limia acompañó su publicación con una imagen de Sandro Castro bebiendo cerveza Cristal frente a una bandera de Estados Unidos, un símbolo que durante décadas fue motivo de acoso, estigmatización y castigo para muchos jóvenes cubanos, solo por mostrar la más mínima simpatía hacia la iconografía estadounidense.

La contradicción es evidente: lo que antes fue motivo de represión, hoy es tolerado —cuando no silenciado— si quien lo hace pertenece a los círculos de poder. Entonces, no se trata de justicia, sino de control del relato, y la preocupación no es el acto, sino el escándalo.

La intención de Limia, al final, parece ser proteger el símbolo, no confrontar la estructura que lo hizo posible.

Defiende con vehemencia la imagen austera de Fidel, su sobriedad personal, y hasta la leyenda de que andaba con las suelas rotas, como si eso invalidara la existencia de una casta blindada y hereditaria.

Al parecer, Sandro molesta no por lo que hace, sino porque lo hace público.

El gesto de Limia, aunque inusual dentro del oficialismo, llega tarde y sin autocrítica, en un momento donde la población vive una de las peores crisis económicas, con apagones, escasez y migración masiva.

Su texto no denuncia el sistema: intenta salvar el relato de que todo lo bueno viene de Fidel, y lo malo es una desviación, o peor aún, culpa del enemigo externo.

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