
El Centro Loyola Reina se vistió de luto este fin de semana al confirmar que entre las víctimas del derrumbe ocurrido la madrugada del 12 de julio en un edificio de la calle Monte 722, en La Habana Vieja, se encontraba una de sus alumnas: Alejandra Cotilla, una niña de apenas siete años con un talento extraordinario para las artes plásticas, así como su mamá y su papá, también miembros activos de esa comunidad educativa y espiritual.
La tragedia golpeó a toda una familia y dejó una huella imborrable en quienes compartieron con ellos vida, fe y esperanza. En un emotivo mensaje publicado en sus redes sociales, el Centro Loyola recordó a Alejandra como “la más pequeña de nuestro Taller de Dibujo”, destacada por su creatividad, alegría y vocación artística. Su paso por el centro fue breve, pero marcó profundamente a profesores y compañeros, que hoy la lloran junto a sus padres.
“Siempre presente y atenta, era ejemplo de amabilidad y compromiso con la formación de su hija”, escribió la institución refiriéndose a la madre de Alejandra. “Su sonrisa será una inspiración para todos”.
Una tragedia evitable
El desplome del inmueble, ubicado entre Rastro y Carmen, no fue una sorpresa para los vecinos del barrio. Como en muchas zonas de La Habana Vieja y Centro Habana, los edificios en ruinas, las filtraciones, y las estructuras debilitadas forman parte del paisaje cotidiano. En esta ocasión, el costo fue la vida de una familia entera.
Las autoridades del Gobierno y el Partido, junto a vecinos y brigadas de rescate del Cuerpo de Bomberos y la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), trabajaron durante horas para acceder al interior del edificio, donde sabían que había tres personas atrapadas. Sus esfuerzos llegaron tarde. Ninguno sobrevivió.
Aunque en un primer momento las fuentes oficialistas no divulgaron los nombres de los fallecidos, el Centro Loyola Reina hizo pública la identidad de los tres miembros de su comunidad, poniendo rostro a una tragedia que, por su frecuencia, ha dejado de ser noticia en la prensa estatal.
“Oramos para que cambien las estructuras”
En su mensaje, el Centro hizo un llamado a la conciencia colectiva: “Oramos al Padre para que cambien las estructuras que hacen que miles de cubanos tengan que arriesgar su vida viviendo en casas en mal estado”. A través del dolor, el comunicado se convirtió en una denuncia de fondo: la precariedad habitacional como una bomba de tiempo que amenaza todos los días a las familias cubanas.
El derrumbe de Monte 722 no fue un accidente. Fue el resultado de décadas de deterioro, desinversión y abandono institucional, en un país donde se levantan hoteles de lujo a pocas cuadras de viviendas que se caen a pedazos.
Cuba entera ha visto crecer la infraestructura turística mientras el fondo habitacional envejece sin remedio. Miles viven con el miedo de que el techo se les venga encima. Alejandra y sus padres no fueron víctimas de una tormenta, ni de un terremoto, sino de un sistema que sigue fallando en lo más básico: proteger la vida humana.
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