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La confrontación diplomática entre La Habana y Washington escaló este jueves a las redes sociales, cuando el gobernante cubano Miguel Díaz-Canel y el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, protagonizaron un intercambio público a través de X (antes Twitter) sobre la inminente votación en la Asamblea General de la ONU que abordará, una vez más, la resolución contra el embargo estadounidense.
“El gobierno de EE. UU. presiona y engaña a varios países para que cambien su posición tradicional contra el bloqueo”, escribió Díaz-Canel, repitiendo el discurso del canciller Bruno Rodríguez Parrilla durante su reciente conferencia de prensa en La Habana.
“Temen lo que ocurrirá: el rechazo de la abrumadora mayoría de la comunidad internacional a su política genocida y de asfixia económica contra Cuba”, añadió el también primer secretario del Partido Comunista.
La respuesta del alto funcionario estadounidense llegó pocas horas después y con tono inusualmente directo.
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“Ni siquiera usted ha de creer sus mentiras cada vez más descaradas. No existe un ‘bloqueo’ a su país; si fuera así, ¿cómo llegaría todo ese petróleo mexicano y esos turistas alemanes y canadienses?”, ripostó Landau al líder de la llamada “continuidad”.
“El único genocidio que hay por allá es el que ustedes cometen contra su propio pueblo, sometiéndolo al hambre y la miseria por sus políticas comunistas. Y hablando de votos, si tan orgullosos están de su gestión de los últimos 66 años, ¿por qué no permiten que su propio pueblo vote?”, preguntó el alto funcionario.
El mensaje de Landau —subsecretario de Estado y mano derecha de Marco Rubio en el Departamento de Estado— generó un fuerte impacto mediático y puso en evidencia el endurecimiento del discurso de Washington frente al régimen cubano.
Un choque en plena ofensiva diplomática
El intercambio ocurre a menos de una semana de la votación anual sobre la resolución titulada “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, que tendrá lugar los días 28 y 29 de octubre en la Asamblea General de la ONU.
En esta edición, sin embargo, el contexto es muy distinto. Washington ha activado una estrategia internacional para romper el consenso casi unánime que durante tres décadas ha respaldado a Cuba, vinculado ahora al escándalo de los mercenarios cubanos al servicio de Rusia en la guerra de Ucrania.
Un cable diplomático filtrado por Reuters reveló que el Departamento de Estado ha instruido a sus embajadas a persuadir a gobiernos aliados de votar en contra o abstenerse, argumentando que el régimen cubano es “cómplice activo de la agresión rusa” y “utiliza a sus ciudadanos como peones de guerra”.
La narrativa del “bloqueo” se resquebraja
La respuesta de Landau también reflejó el giro comunicacional de Washington, que busca desmontar el relato del “bloqueo genocida” con datos concretos: Estados Unidos sigue siendo uno de los principales proveedores de alimentos, medicinas y productos de primera necesidad a Cuba, pese a las sanciones.
Según cifras del Departamento de Agricultura (USDA), solo en 2024 Cuba importó más de 370 millones de dólares en productos agrícolas estadounidenses, incluidos pollo, trigo y maíz, mientras que el comercio de insumos médicos y farmacéuticos se mantuvo estable.
Además, las Mipymes cubanas importan automóviles, camiones y motos, además de contenedores cargados de electrodomésticos, maquinaria, repuestos y tecnología desde países de la OTAN sin obstáculos reales, lo que desmonta el mito del aislamiento total.
En contraste, la isla mantiene prohibiciones internas, censura, un rígido control cambiario y trabas burocráticas que asfixian su propio sector privado. Para Washington —y buena parte de la comunidad internacional—, el verdadero cerco es interno: un sistema político que impide la libertad económica y política de sus ciudadanos.
Contexto regional adverso
La disputa diplomática también refleja un reacomodo geopolítico en el hemisferio. Desde su regreso al poder, el presidente Donald Trump ha impulsado una doctrina de zonas de influencia que busca contener a los regímenes aliados de Moscú, Pekín y Teherán en América Latina.
En las últimas semanas, el Comando Sur ha desplegado maniobras navales en el Caribe junto a República Dominicana y Barbados, y ha reforzado su presencia frente a las costas venezolanas.
El régimen de Nicolás Maduro —fuente del petróleo subsidiado que sostiene a Cuba— se encuentra bajo creciente presión internacional por sus conexiones con el narcotráfico, mientras Nicaragua enfrenta sanciones por violaciones de derechos humanos y cooperación con Rusia e Irán.
Este entorno regional hostil deja a La Habana sin margen de maniobra y con un temor evidente: que la ONU deje de ser el escenario donde su discurso de víctima obtiene aplausos y vuelva a convertirse en el lugar donde se mida su aislamiento.
Un mensaje entre líneas
La respuesta de Landau no solo desarmó la narrativa del embargo, sino que reveló el cambio de tono de la política exterior estadounidense: de la contención pasiva al señalamiento directo del régimen como responsable de la miseria nacional y la represión política.
Mientras Díaz-Canel insiste en culpar a Washington por la crisis, la evidencia apunta hacia dentro.
Y, en vísperas de la votación en la ONU, el cruce de tuits entre ambos funcionarios resume lo que se juega en la arena diplomática:
Cuba intenta mantener viva la fábula del “bloqueo genocida”; Estados Unidos, en cambio, busca demostrar que el único bloqueo que existe es el que el régimen totalitario impone a su propio pueblo.
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