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La Habana trató este miércoles de retomar la iniciativa diplomática con una extensa conferencia de prensa encabezada por el canciller Bruno Rodríguez Parrilla y dedicada a denunciar la estrategia de Estados Unidos para alterar el voto de la próxima resolución sobre el embargo en la Asamblea General de la ONU.
Visiblemente nervioso, el canciller del régimen cubano convocó a la prensa internacional de manera extraordinaria para dedicar cerca de una hora a negar las acusaciones estadounidenses sobre el reclutamiento de mercenarios cubanos por parte de Rusia y a denunciar lo que calificó como una “campaña de chantaje y desinformación”.
El canciller acusó a Washington de ejercer “presiones brutales” sobre gobiernos de América Latina y Europa para modificar su postura tradicional de apoyo a Cuba.
Según Rodríguez Parrilla, el Departamento de Estado estaría distribuyendo “cartas amenazadoras” a cancillerías extranjeras, instando a votar contra La Habana en la sesión del 29 de octubre, que volverá a debatir la resolución titulada “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”.
“Se trata de una campaña mendaz, calumniosa e irrespetuosa de la soberanía de los Estados miembros de la ONU”, afirmó el ministro, mostrando supuestos documentos diplomáticos estadounidenses. “Estados Unidos intenta intimidar a sus aliados con amenazas de sanciones si no modifican su voto”.
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Una defensa repetida y sin respuestas
El discurso de Rodríguez Parrilla, plagado de referencias ideológicas y acusaciones contra Washington, evitó sin embargo abordar los temas que más han deteriorado la imagen internacional del régimen: la participación de miles de cubanos en la guerra de Ucrania al servicio del Kremlin.
Denunciando los argumentos de Estados unidos como falsos, el titular del ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) extendió el descrédito y la difamación hacia medios internacionales como BBC, CNN, Deutsche Welle, Radio France, Reuters, Forbes, The Wall Street Journal y otros que, junto a fuentes ucranianas y el proyecto ‘Quiero Vivir’ de la contrainteligencia de ese país han publicado testimonios y evidencias que documentan el reclutamiento sistemático de ciudadanos cubanos por parte del ejército ruso.
Aunque el canciller calificó de “mentira” las cifras divulgadas —que estiman entre 5,000 y 20,000 los cubanos enrolados en las fuerzas rusas—, las pruebas acumuladas durante los últimos dos años desmienten esa negación.
La inteligencia ucraniana (HUR), junto con organizaciones como Prisoners Defenders y medios independietes de comunicación, como esta redacción, han identificado rutas aéreas desde Varadero y Cayo Coco hacia Riazán, contratos firmados con el Ministerio de Defensa ruso y decenas de testimonios de reclutas y familiares.
Por su parte, el Informe sobre Trata de Personas 2025 (TIP) del Departamento de Estado de Estados Unidos incluyó oficialmente el caso cubano como “una forma de trata patrocinada por el Estado”, señalando que el régimen facilitó la salida de jóvenes con promesas falsas de trabajo y aceleró trámites de pasaportes y visados con fines militares.
Para Washington, ya no se trata de redes criminales aisladas, sino de complicidad gubernamental directa.
Una votación bajo nueva presión internacional
A diferencia de años anteriores, cuando la votación en Naciones Unidas era un trámite rutinario con resultados previsibles, este 2025 se presenta con un clima inédito.
La administración de Donald Trump, reinstalada en la Casa Blanca, ha endurecido su política hacia el régimen cubano y activado una estrategia diplomática para romper el consenso casi unánime que durante tres décadas respaldó la resolución contra el embargo.
El cable interno del Departamento de Estado, filtrado por Reuters, instruyó a embajadas estadounidenses a “convencer a gobiernos aliados y socios internacionales de votar en contra o abstenerse”, argumentando que Cuba es el segundo país, después de Corea del Norte, con más combatientes extranjeros al servicio de Rusia.
El documento añade que el régimen de Díaz-Canel “no ha protegido a sus ciudadanos de ser utilizados como peones en la guerra de agresión” y que “su silencio equivale a complicidad”.
Fuentes diplomáticas en Nueva York confirmaron a CiberCuba que Washington ha intensificado contactos con representantes de América Latina y la Unión Europea, mientras Kiev también realiza gestiones activas para incluir el tema de los mercenarios cubanos en las discusiones sobre seguridad internacional.
La coincidencia temporal —la votación del embargo y el escándalo de los reclutas cubanos— ha colocado a La Habana en el punto más delicado de su aislamiento diplomático desde los años noventa.
Un relato agotado
El régimen cubano insiste en responsabilizar al embargo de todos los males económicos de la isla, repitiendo la cifra —difícilmente verificable— de “más de 170,000 millones de dólares en pérdidas” acumuladas desde 1960.
Sin embargo, estudios de instituciones como la Brookings Institution y la Universidad de Columbia coinciden en que esas cifras carecen de sustento técnico y omiten un hecho esencial: Estados Unidos sigue siendo uno de los principales proveedores de alimentos y productos médicos a Cuba.
Según datos del Departamento de Agricultura (USDA), solo en 2024 Cuba importó 370 millones de dólares en alimentos y medicinas desde Estados Unidos, incluyendo pollo congelado, trigo, maíz y suplementos farmacéuticos.
Además, empresas estatales y privadas cubanas han adquirido maquinaria agrícola, refrigeradores y piezas industriales estadounidenses mediante intermediarios autorizados, evidenciando que no existe un “bloqueo total”, sino un sistema de sanciones financieras y comerciales -que afectan fundamentalmente a los negocios de la cúpula del régimen cobijada bajo el paraguas de GAESA- con excepciones humanitarias claras.
La contradicción entre el discurso y la práctica económica es cada vez más visible. Mientras Rodríguez Parrilla denuncia un “cerco genocida”, decenas de Mipymes cubanas continúan importando contenedores de productos estadounidenses, europeos y latinoamericanos, que luego se revenden en el mercado interno a precios que triplican su valor de compra.
Cuba teme perder su escudo político
El nerviosismo del canciller no solo refleja el peso de las acusaciones sobre los mercenarios, sino el miedo real de La Habana a perder su respaldo tradicional en la ONU.
Desde 1992, la resolución contra el embargo ha sido aprobada casi por unanimidad —187 votos a favor en 2024—, con Estados Unidos e Israel como únicas naciones en contra. Pero esta vez, la conjunción de factores —la guerra en Ucrania, las denuncias de trata, la campaña diplomática de Washington— podría fracturar esa mayoría y dejar al régimen más aislado que nunca.
A este panorama se suma un contexto regional cada vez más adverso para el eje autoritario que integran Cuba, Venezuela y Nicaragua. Desde su regreso al poder, la administración Trump ha reactivado una política de contención hemisférica basada en la vieja doctrina de zonas de influencia, que busca frenar la expansión de los aliados de Rusia, China e Irán en América Latina.
En las últimas semanas, el Comando Sur de Estados Unidos ha intensificado su presencia en el Caribe, con maniobras navales conjuntas junto a República Dominicana, Barbados y otros socios regionales, en lo que Washington describe como lucha contra el narcotráfico y la captura del estado venezolano por parte del Cartel de los Soles, pero que en La Habana y Caracas son percibidos como un mensaje inequívoco de advertencia.
Paralelamente, el régimen de Nicolás Maduro enfrenta una presión diplomática creciente, sanciones financieras renovadas y un aislamiento político que amenaza con quebrar el sostén energético de Cuba, dependiente del petróleo venezolano. Nicaragua, por su parte, se encuentra bajo escrutinio internacional por su represión interna y sus vínculos con Moscú y Teherán.
En este nuevo tablero geopolítico, la isla deja de ser un problema bilateral entre Cuba y Estados Unidos para convertirse en un eslabón estratégico dentro de una confrontación global por la influencia en el hemisferio occidental, donde Washington pretende restaurar su primacía y debilitar a los regímenes aliados de potencias extrahemisféricas.
Según Rodríguez Parrilla, “esta ansiedad refleja que el gobierno de Estados Unidos comprende que el bloqueo provoca su aislamiento y descrédito”. Pero para muchos analistas, la ansiedad no está en Washington, sino en La Habana. La diferencia es que esta vez el régimen no controla la narrativa.
La imagen de Cuba como “víctima” pierde fuerza frente a los datos, los informes y los testimonios que la muestran como un actor cómplice del expansionismo ruso y un Estado que explota a sus propios ciudadanos en misiones médicas, militares o laborales.
El canciller prometió que “la verdad va a prevalecer sobre la presión y la calumnia”, pero la realidad es que el régimen llega a esta votación debilitado, con su economía en colapso, su diplomacia bajo sospecha y su relato histórico en crisis.
Y si algo teme el castrismo más que las sanciones, es el silencio de sus antiguos aliados cuando llegue el momento de votar. Un cambio en el patrón de estas votaciones en la ONU significaría un torpedo a la línea de flotación de una dictadura que, fracasada en todas sus facetas económicas, políticas y sociales, teme perder uno de los pocos activos que le quedan en el escenario mundial: ese poder simbólico de una pequeña isla comunista, “revolucionaria” y ferozmente “soberana” enfrentada al "imperio" capitalista más poderoso de la historia.
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