La televisión cubana volvió a convertirse en escenario de propaganda política este fin de semana, cuando el periodista oficialista Jorge Legañoa Alonso, actual presidente de la agencia estatal Prensa Latina, dedicó un extenso comentario a cuestionar la oferta de ayuda humanitaria de Estados Unidos al pueblo cubano tras el paso del huracán Melissa, y a presentar al régimen como el único garante de solidaridad y eficiencia en medio del desastre.
El segmento, transmitido en el Noticiero Nacional de Televisión, mezcló cifras, anécdotas y apelaciones emocionales en un intento por reconstruir la narrativa oficial sobre la asistencia internacional y desacreditar la gestión de Washington y de los medios independientes.
El mensaje central fue claro: “Estados Unidos no ha ofrecido nada real” y toda polémica al respecto sería “una manipulación de la maquinaria anticubana”.
El comentarista recurrió a un tono moralizante desde el inicio, citando una frase martiana —“Hacer es la mejor manera de decir”— para justificar la supuesta actuación heroica del Estado cubano.
Desde ahí, desplegó un guion repetido en los discursos oficiales de los últimos días: negar los ofrecimientos de Washington, reafirmar la “transparencia” del gobierno en la gestión de donativos, y responsabilizar al embargo de todas las limitaciones materiales que enfrenta el país.
“Cuba tiene amplia experiencia en gestionar con transparencia los donativos y ayudas”, afirmó Legañoa Alonso, mencionando a agencias de Naciones Unidas y organizaciones religiosas como testigos del compromiso estatal.
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Pero el mensaje fue más allá del reconocimiento de esa cooperación: buscó imponer la idea de que solo el gobierno cubano puede manejar la ayuda, negando espacio a la sociedad civil, a la Iglesia o a las plataformas ciudadanas que han surgido para asistir directamente a los damnificados.
El periodista también evocó el viejo memorando de Lester Mallory (1960), texto recurrente en la propaganda castrista, para sostener que la política estadounidense busca “hacer padecer miserias al pueblo cubano”.
Con ese argumento, intentó presentar como contradictoria la oferta de ayuda de Washington, concluyendo que si de verdad quisiera ayudar “debería eliminar el bloqueo o al menos establecer excepciones humanitarias”.
Un discurso construido para negar la evidencia
Sin embargo, los hechos desmienten la versión del comentarista. Tal como se ha documentado en los últimos días, el secretario de Estado Marco Rubio anunció públicamente la disposición de Estados Unidos a ofrecer ayuda humanitaria “inmediata” al pueblo cubano tras el paso del huracán Melissa, que devastó varias provincias del oriente de la isla.
La Embajada de EE.UU. en La Habana y el Departamento de Estado confirmaron la existencia de exenciones legales que permiten donaciones privadas de alimentos, medicinas y materiales de emergencia.
A pesar de ello, el ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) afirmó que “no ha habido ofrecimiento concreto” y acusó a los medios de “manipular” el tema.
Días después, el gobernante Miguel Díaz-Canel declaró que Cuba “aceptará cualquier ayuda que sea honesta”, una fórmula ambigua que reitera el control absoluto del régimen sobre cualquier canal humanitario. Y aprovechó para llamar "ratas" a los periodistas independientes y activistas en redes sociales con mensajes críticos hacia su gestión.
La declaración se produce mientras organismos como UNICEF y la ONU ya han enviado cargamentos de medicinas, mosquiteros y kits sanitarios a las provincias afectadas, sin que el gobierno cubano haya informado con transparencia sobre la distribución de esos recursos.
Propaganda entre los escombros
El comentario de Legañoa Alonso, lejos de ofrecer información, se convirtió en una pieza de propaganda cuidadosamente elaborada para neutralizar el valor simbólico del gesto estadounidense y mantener intacto el relato de la “plaza sitiada” que el régimen ha sostenido durante décadas.
Desde sus primeras frases, el periodista adoptó un tono acusador: habló de una “maquinaria anticubana” que, según él, manipula los hechos y presentó el anuncio de Rubio como una simple maniobra política sin contenido real. Con ello, intentó descalificar al adversario y disolver la posibilidad de que la oferta de ayuda sea percibida como un acto genuino de solidaridad.
Legañoa Alonso seleccionó ejemplos para respaldar su versión. Habló de la asistencia enviada en el pasado por Washington tras el incendio de Matanzas o el huracán Ian, pero evitó mencionar que esas donaciones llegaron tras meses de demoras y bajo el control absoluto del Estado cubano, que impidió su distribución directa a la ciudadanía.
Con un discurso aparentemente informativo, el vocero del régimen intentó sostener la imagen de un gobierno eficiente y transparente. El componente emocional también ocupó un lugar central en la retórica. El comentarista evocó imágenes de dirigentes embarrados de fango y brigadas de rescate solidarias, buscando despertar empatía y orgullo nacional.
En ese retrato de heroísmo popular, el régimen se presentó como el único salvador posible, mientras el pueblo apareció unido en torno al supuesto liderazgo de Díaz-Canel. La manipulación emocional resultó evidente: se sustituyó la complejidad de la crisis por una narrativa épica en la que el “heroísmo” y “fidelidad” del pueblo se transformó en virtud patriótica.
La comparación ideológica reforzó el mensaje. Legañoa Alonso recordó las imágenes de Donald Trump lanzando rollos de papel sanitario en Puerto Rico tras el huracán María para contraponer la supuesta indiferencia capitalista a la “eficiencia socialista” del gobierno cubano. El contraste no fue casual: buscó reafirmar la superioridad moral del sistema cubano y presentar cualquier crítica externa como un ataque a la dignidad nacional.
Finalmente, la pieza culminó con el argumento más recurrente de la propaganda oficial: la culpa externa. El embargo volvió a ser la explicación total y conveniente de todos los males.
Según el relato oficialista, no hay errores administrativos ni negligencia estatal, sino una conspiración permanente de la Casa Blanca destinada a impedir el progreso de Cuba. Así actúa sistemáticamente la televisión del régimen: busca una vez más convertir una tragedia humanitaria en un acto de reafirmación política, donde el enemigo es siempre el otro y el poder se absuelve a sí mismo entre los escombros.
Reacción social y desconfianza ciudadana
Mientras la televisión repite consignas, la sociedad civil cubana ha expresado su desconfianza ante los canales oficiales. En redes sociales, numerosos ciudadanos cuestionaron que el régimen controle las donaciones sin rendición de cuentas, recordando experiencias anteriores en las que la ayuda no llegó a los afectados o se desvió hacia el mercado negro y las instituciones militares.
Proyectos comunitarios como “Dar es Dar”, impulsados por activistas dentro y fuera del país, han lanzado campañas para canalizar ayuda directa, pero el Estado mantiene rígidas restricciones para las importaciones de materiales humanitarios y la creación de fondos privados.
En contraste, organismos internacionales y gobiernos extranjeros —como Venezuela, Colombia o la India— ya enviaron cargamentos que fueron recibidos con amplia cobertura mediática, mientras la oferta estadounidense fue minimizada o negada.
Un mismo guion, un nuevo escenario
El segmento de Legañoa Alonso fue un hecho aislado. Encaja en una estrategia comunicativa más amplia, donde el régimen intenta controlar la narrativa sobre el huracán Melissa y convertir la tragedia en una demostración de fortaleza política.
La exaltación del sacrificio, la apelación a la unidad nacional y la demonización del enemigo externo conforman un libreto que el sistema mediático repite cada vez que el país enfrenta una crisis.
El mensaje final no es solo defensivo: busca prevenir el impacto simbólico de que EE.UU. aparezca como un actor solidario ante los cubanos. Si Washington logra ser percibido como una fuente de ayuda y no de agresión, se debilita uno de los pilares ideológicos del castrismo.
Por eso, más allá de los escombros y la urgencia humanitaria, la televisión cubana sigue cumpliendo su papel más fiel: defender al poder, incluso cuando la realidad lo desmiente.
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