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El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla volvió a reproducir uno de los reflejos más persistentes de la propaganda del régimen: utilizar el sufrimiento ajeno para exaltar la supuesta grandeza humanista y moral de la llamada “revolución”.
En un mensaje publicado en X (antes Twitter), Rodríguez Parrilla expresó su “solidaridad y apoyo” al gobierno y al pueblo de Vietnam por las recientes inundaciones que han provocado decenas de muertos y desaparecidos.
El gesto, en apariencia diplomático, llega justo cuando Cuba intenta recuperarse del paso del huracán Melissa, que dejó severos destrozos en viviendas, cultivos y redes eléctricas.
Aunque el gobierno asegura que no hubo muertes, se reportaron dos desaparecidos arrastrados por la crecida de un río y en redes circulan denuncias sobre comunidades incomunicadas y sin auxilio estatal.
A primera vista, las palabras de condolencias de Rodríguez Parrilla podrían entenderse como un gesto diplomático habitual. Pero en el contexto del discurso del régimen cubano en momentos de recuperación de catástrofes naturales, ese tipo de mensajes forma parte de una estrategia mucho más calculada.
Desde hace décadas, el poder en La Habana ha convertido las tragedias de otros países en espejos que reflejan su pretendida superioridad ética y organizativa.
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Cada vez que un huracán golpea el Caribe o el sudeste asiático, los medios oficiales desempolvan la narrativa de que “en Cuba no muere nadie” gracias a su modelo de defensa civil, su disciplina colectiva y la dirección del Partido Comunista (PCC).
Ese argumento, repetido durante generaciones, sirve para reafirmar la legitimidad moral del sistema en un país que vive sumido en el colapso. En lugar de asumir responsabilidades por la precariedad estructural, el gobierno presenta su supervivencia como una hazaña moral, y su miseria como virtud.
Rodríguez Parrilla, uno de los portavoces más disciplinados del poder, reproduce esa retórica con la precisión de un funcionario forjado en el adoctrinamiento y la propaganda de los “buenos tiempos” del Departamento Ideológico del PCC, que ahora –en tiempos de decadente “continuidad”- dirige una tal Yuniasky Crespo Baquero.
Su mensaje de condolencias al “pueblo de Vietnam”, más que un gesto de humanidad, busca reafirmar la idea de que Cuba sigue siendo ejemplo para el mundo, incluso mientras atraviesa apagones prolongados, hospitales sin medicamentos, inflación desbocada y una de las mayores crisis migratorias de su historia reciente.
En la práctica, el régimen proyecta compasión hacia afuera para legitimar su insensibilidad interna. Habla del dolor de otros pueblos, pero ignora el sufrimiento cotidiano de los cubanos que sobreviven entre la escasez, el abandono y la desesperanza.
Mientras el régimen presume de humanidad en el exterior, dentro de Cuba la verdadera emergencia —social, económica y humana— sigue sin condolencias ni responsables oficiales.
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