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Ni la solemnidad intelectualoide ni la retórica “revolucionaria” salvaron esta vez a Abel Prieto del escarnio público. En menos de 24 horas, su defensa del presidente Miguel Díaz-Canel se convirtió en una avalancha de indignación digital.
Más de cinco mil comentarios —en su mayoría de repudio abierto— inundaron las redes tras su tuit en el que afirmaba que “el enemigo miente impúdicamente” y que “nuestro pueblo lo quiere, lo admira y lo reconoce como digno continuador de Fidel y Raúl”.
El antiguo ministro de Cultura, hoy presidente de Casa de las Américas, pretendía contribuir a la campaña de lavado de imagen del gobernante con el hashtag #YoSigoAMiPresidente, lanzada en respuesta al descrédito generado por la frase de Díaz-Canel a una damnificada del huracán Melissa: “Yo tampoco tengo cama para dártela ahora”.
Pero el efecto fue devastador. El pueblo, literalmente, le respondió.
“Sí lo queremos, pero bien lejos”, escribió un usuario. “Que haga elecciones y verá si lo quieren de verdad”, dijo otro. “No hables por mí ni por el pueblo”, se repitió decenas de veces.
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El muro de CiberCuba en Facebook, donde se compartió la noticia, se transformó en una asamblea popular espontánea, una catarsis digital donde miles de cubanos, dentro y fuera de la isla, descargaron su frustración ante el discurso impostado del exministro.
Las reacciones oscilaron entre la ironía y la furia: “A ese lo queremos como la yuca, bajo tierra”; “Lo admiran en sus sueños húmedos”; “Si tanto lo quiere, que se lo lleve para su casa”; “Dejen de burlarse del pueblo”.
Una lectora, con tono de súplica, resumió el sentimiento general: “Por favor, Abel, deja de hablar por los que no tienen ni luz, ni medicinas, ni cama”.
Otros aprovecharon para desmontar la ficción de unanimidad que el régimen intenta sostener. “Que hagan elecciones libres y sabrán cuántos lo quieren”; “El pueblo que lo admira es el que tiene aire acondicionado y nevera llena”; “Usted vive en una Cuba paralela”.
La ironía se mezcló con una profunda indignación social. “Esto es ya surrealismo tropical”, dijo uno. “Abel Prieto no necesita guion, porque él mismo se escribe como caricatura”.
El tono de las críticas no dejó margen a la duda: la mayoría lo acusó de hipocresía, desconexión y servilismo. “Otro guatacón más”; “Chicharrón del año 2025”; “Papagayo del poder”, se leía una y otra vez.
“Usted que fue ministro de Cultura, debería tener vergüenza de usar el lenguaje para mentir”, escribió un profesor jubilado desde Camagüey. “Hablar en nombre del pueblo cuando el pueblo pasa hambre es una falta de respeto imperdonable”.
El repudio fue tan masivo que se volvió tendencia la frase “El pueblo no te avala, Abel”, mientras otros usuarios ironizaban: “El pueblo te quiere tanto como a Díaz-Canel”, o “Solo el pueblo de Casa de las Américas lo admira”.
Algunos comentarios, más extensos y reflexivos, pusieron el dedo en la llaga: “Díaz-Canel es el reflejo del fracaso del sistema que lo impuso: sin liderazgo, sin empatía, designado para sostener una maquinaria agotada. Hablar de admiración es insultar la realidad”.
El enfado popular se alimentó no solo del hartazgo cotidiano, sino del contraste entre la propaganda y la experiencia vivida: apagones de más de 20 horas, falta de medicamentos básicos, salarios pulverizados y un régimen que reacciona a las críticas con coerción o burla.
El elogio de Prieto llegó justo cuando el país aún comentaba el video de retractación forzada de la anciana granmense que había interpelado a Díaz-Canel. La coincidencia terminó de encender la mecha.
Para muchos, su tuit es el símbolo de un divorcio irreversible entre el discurso oficialista y la calle. “Estos viven en otra Cuba, la Cuba del aire acondicionado y los víveres importados”, escribió un internauta. “Nosotros vivimos en la de los apagones, las colas y las lágrimas”.
Las redes sociales, una vez más, funcionaron como termómetro del descontento. Lo que en décadas pasadas se murmuraba en las colas, hoy se grita en los comentarios: “Lo queremos, sí, pero preso o lejos”; “Ni lo queremos ni lo admiramos, lo padecemos”; “A ver si algún día hacen un plebiscito y dejan de hablar en nuestro nombre”.
El episodio confirma un fenómeno cada vez más visible: el régimen cubano ha perdido el monopolio del relato. Cada mensaje diseñado para fortalecer la imagen del poder termina amplificando la indignación ciudadana.
Las campañas de hashtags, los comunicadores dóciles, los intelectuales orgánicos —todo el aparato propagandístico— ya no convence a un público que se ríe, se enfurece o responde con sarcasmo.
“El pueblo habló, y no fue en Mesa Redonda”, escribió un comentarista, sintetizando la escena. “Habló en Facebook, sin miedo y sin censura, y lo que dijo es simple: basta de mentiras”.
Lo que pretendía ser un gesto de lealtad política terminó como una humillación pública para uno de los rostros culturales más reconocidos del castrismo. La publicación de Prieto, que debía mostrar un pueblo agradecido y fiel, reveló justo lo contrario: una sociedad cansada, descreída y cada vez más dispuesta a decir en voz alta lo que antes se callaba.
Entre miles de mensajes, uno destacó por su sencillez y contundencia, como epitafio de toda una era de propaganda vacía: “Abel, tú no hablas por Cuba. Cuba está hablando, y no dice lo que tú”.
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