El preso político Yosvany Rosell García Caso, condenado a 15 años de cárcel por participar en las protestas del 11 de julio de 2021 (11J) en Holguín, cumple 39 días en huelga de hambre y se encuentra en estado crítico, mientras crece la presión nacional e internacional por su liberación inmediata.
El líder opositor José Daniel Ferrer García denunció en la red social X (antes Twitter) que “la vida del prisionero político Yosvani Rosell García corre grave peligro” y recordó que “solo reclama su libertad, porque es inocente y no debía estar preso”.

Ferrer agregó que el manifestante “lleva casi 40 días en huelga de hambre y lo mantienen esposado”, responsabilizando directamente al régimen cubano por lo que pueda ocurrirle:
“La criminal dictadura castrocomunista sería la única responsable de lo que le suceda, pero todo el que guarde silencio ante este drama humano sería cómplice. Ver un crimen en calma es cometerlo”.
Las palabras del opositor se suman a un creciente clamor ciudadano y diplomático para salvar la vida de García Caso, quien fue trasladado recientemente al hospital provincial de Holguín con signos de desnutrición severa, deshidratación y riesgo de fallo orgánico.
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Su familia ha denunciado que el preso se niega a recibir alimentación intravenosa o medicamentos como protesta contra lo que considera una condena injusta y arbitraria.
“Solo pide ser libre”
Herrero de profesión y padre de tres hijos, García Caso es descrito por familiares y allegados como un hombre humilde, trabajador y profundamente creyente.
Su esposa, Mailín Rodríguez Sánchez, ha denunciado amenazas y vigilancia por parte de la Seguridad del Estado, mientras continúa exigiendo atención médica y la excarcelación de su esposo.
“Solo pide ser libre. No está pidiendo privilegios, está pidiendo justicia”, declaró recientemente en redes sociales.
Desde su encarcelamiento en 2021, García Caso ha sufrido golpizas, celdas de castigo y aislamiento, según denuncias de su familia y organizaciones de derechos humanos. Ya había realizado varias huelgas de hambre anteriores, pero esta —que supera ya los 39 días— es la más prolongada y peligrosa.
“He regresado a casa impactada, sin poder cerrar los ojos”, confesó este sábado la esposa del preso político en sus redes sociales. “Mi esposo está en el hospital, bajo custodia las 24 horas, con oficiales del G2 vigilándolo incluso en su estado de debilidad extrema. Lleva 38 días sin ingerir alimentos y, aun así, lo tienen encadenado a la cama. ¡Dios mío, qué horror! Lo vi amarrado, sufriendo. No puedo callar ante esto”.
Mailín responsabilizó directamente al régimen cubano por la vida de su esposo: “Yosvany está preso injustamente, solo por querer un mejor futuro para sus hijos y manifestarse pacíficamente, un derecho constitucional. Fue condenado a 15 años sin haber cometido delito alguno. Lleva más de cuatro años sin poder ver crecer a sus tres hijos, y ahora su vida corre peligro. Cada segundo cuenta”.
Crece la presión internacional
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Amnistía Internacional y la Embajada de Estados Unidos en La Habana han expresado su preocupación por el deterioro de su salud y han pedido al régimen cubano su liberación inmediata.
“La vida de Yosvany Rosell corre peligro. Exigimos al Estado cubano respetar sus derechos humanos y garantizar atención médica adecuada”, alertó la CIDH.
En paralelo, activistas cubanos dentro y fuera de la isla han convocado vigilias y acciones en redes sociales bajo las etiquetas #FreeYosvanyRosell, #SOSCuba y #LibertadParaYosvany, en un intento por visibilizar su situación antes de que sea demasiado tarde.
Un símbolo de resistencia
Para muchos cubanos, el caso de García Caso simboliza la dignidad del ciudadano común que decidió protestar sin miedo, y que hoy paga con su salud y su libertad el precio de haberse rebelado contra la injusticia.
Su huelga de hambre, más que un acto de desesperación, se ha convertido en un grito de resistencia y denuncia frente a un régimen represor que castiga la protesta ciudadana con crueldad.
A medida que su estado se agrava, crece también la urgencia del reclamo: su vida pende de un hilo, y el silencio —como advirtió Ferrer— sería complicidad.
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