Este domingo 28 de diciembre de 2025 marca el último fin de semana del año, y el panorama político en América Latina sigue sin cambios: Nicolás Maduro continúa en el poder en Venezuela y el régimen de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel permanece intacto en Cuba. Con el calendario a punto de cerrarse, también se apaga una de las narrativas más repetidas entre sectores del exilio cubano y venezolano: la promesa de que antes de Navidad o fin de año caería Maduro y, con él, el castrismo en la Isla.
Durante gran parte de 2025, esa idea fue repetida en entrevistas, transmisiones en vivo, redes sociales y espacios políticos en Estados Unidos. Se habló de intervención militar, de operaciones inminentes, de “días contados” para el chavismo. Algunos congresistas y comentaristas aseguraron que el desenlace estaba a la vuelta de la esquina. Influencers del exilio elevaron el tono, prometiendo a sus audiencias que esta vez sí, que “la Navidad sería distinta” para Venezuela… y también para Cuba.
Hoy, con el año agonizando, la realidad es otra.
Maduro resiste, el régimen cubano sigue intacto
Lejos de caer, Maduro cerró el año aferrado al poder, respaldado por el aparato militar, el control institucional y el apoyo estratégico de aliados como Rusia, Irán y China. Incluso se permitió adelantar celebraciones navideñas, lanzar mensajes de aparente normalidad y presentarse como un líder que desafió —y sobrevivió— a la presión de Estados Unidos.
En Cuba, Miguel Díaz-Canel continúa como rostro visible del poder, mientras Raúl Castro y la cúpula militar-empresarial mantienen el control real del país. No hubo grietas políticas visibles, ni concesiones significativas, ni señales de apertura política o social. La crisis económica, el hambre, los apagones y la represión siguen golpeando al pueblo cubano, pero el régimen permanece, blindado y sin pagar consecuencias inmediatas.
Para miles de cubanos y venezolanos —dentro y fuera de sus países— este cierre de 2025 no es solo una fecha en el calendario: es otra oportunidad perdida, otro golpe emocional tras meses de expectativas infladas.
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El daño de vender fechas y crear falsas esperanzas
La crítica no va dirigida a la esperanza —que es legítima y necesaria— sino a quienes la manipulan. Prometer libertades con fecha concreta, sin sustento real, termina siendo profundamente irresponsable. Cada “ya viene”, cada “antes de Navidad”, cada “ahora sí” que no se cumple, deja más cansancio, más cinismo y más desconfianza.
El pueblo venezolano vive desde hace años en un estado de espera permanente. El cubano, acostumbrado a décadas de promesas incumplidas, volvió a ilusionarse al escuchar que el fin del chavismo arrastraría al castrismo. Hoy, ambos pueblos despiden el año con menos certezas que titulares escucharon.
Mientras tanto, los regímenes aprovechan estas narrativas para reforzar su propaganda: hablan de amenazas externas, de invasiones ficticias, de enemigos poderosos. Y así justifican más represión, más control y más silencio forzado.
Trump, Venezuela y el cálculo geopolítico
Donald Trump regresó a la presidencia con un discurso duro contra Maduro y el castrismo, y cumplió parte de lo prometido: sanciones, presión diplomática, despliegue militar en el Caribe y una retórica frontal que contrastó con la pasividad de gobiernos anteriores. Pero Trump no fijó fechas oficiales, ni prometió públicamente una caída para Navidad, aunque muchos hablaron en su nombre.
La realidad apunta a que el tema Venezuela ha sido usado por la Casa Blanca como ficha estratégica, no como cruzada inmediata. Trump ha priorizado otros frentes —especialmente Ucrania y su pulso con Rusia— y todo indica que Caracas forma parte de una negociación mayor, no de una acción impulsiva.
También es evidente que el conflicto venezolano ha servido para desviar atención de tensiones internas en Estados Unidos, proyectar firmeza y reforzar liderazgo internacional. Nada de eso es ilegítimo en términos políticos, pero sí desmonta el relato de una liberación exprés vendida por terceros.
2026: esperanza, pero sin engaños
Al cerrar 2025, la conclusión es clara: ni Venezuela ni Cuba han alcanzado la libertad política, pero tampoco están condenadas eternamente. Los regímenes siguen en pie, sí, pero también lo están el descontento social, el colapso económico y el desgaste interno. El cambio llegará, pero no por anuncios grandilocuentes ni promesas de calendario.
Quizás 2026 traiga escenarios distintos, negociaciones inesperadas o rupturas internas. O quizás no. Lo que sí debe cambiar es la forma en que se habla a los pueblos que sufren. La esperanza no puede seguir siendo utilizada como herramienta de audiencia, de votos o de protagonismo digital.
Este artículo no renuncia a la causa de una Venezuela libre ni a la de una Cuba sin dictadura. Al contrario: las defiende desde el realismo, desde el respeto al dolor de quienes resisten dentro de sus países y desde la convicción de que la libertad llegará cuando haya condiciones reales, no cuando alguien lo prometa frente a una cámara.
El último domingo de 2025 no trae libertad, pero sí una lección: no más fechas milagrosas, no más falsas promesas. Que 2026 sea el año de la verdad, no del humo.
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