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El asalto militar a Caracas y la captura de Nicolás Maduro han marcado un punto de inflexión en la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina.
Detrás del golpe quirúrgico —ejecutado por la unidad Delta Force y avalado personalmente por el presidente Donald Trump— asoma una pregunta que recorre pasillos diplomáticos y círculos de inteligencia: ¿es Cuba el siguiente objetivo?
Los indicios no son menores. En los últimos días, el discurso de Washington ha pasado de la advertencia al diagnóstico terminal. Trump aseguró en el Air Force One que “Cuba está lista para caer”, una frase que, más allá de su tono, sugiere que la Casa Blanca percibe el colapso del régimen como inminente.
Su secretario de Estado, Marco Rubio, lleva tiempo advirtiendo que el verdadero adversario no era Caracas, sino La Habana.
En diciembre, fue tajante: “Cuba es la cabeza del monstruo. Si no se corta la cabeza, la serpiente venenosa seguirá causando daño en América”. Para Rubio, la captura de Maduro no es solo un golpe al chavismo, sino un movimiento quirúrgico para aislar y debilitar el núcleo del socialismo continental.
Esta convergencia entre acción militar, doctrina y narrativa política podría anunciar un cambio profundo de política hacia Cuba, uno que se aleja de la “presión diplomática” para acercarse a la disuasión activa, término que domina la nueva Estrategia de Seguridad Nacional aprobada en diciembre.
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En el nuevo documento de política exterior estadounidense, América Latina es descrita como “el espacio geopolítico natural de proyección de Estados Unidos” frente a la influencia de Rusia, China e Irán.
El fin del “régimen especial” cubano
Durante décadas, Cuba fue tratada como una anomalía: un enemigo retórico, sancionado pero tolerado.
La caída de Maduro cambia esa ecuación. Caracas era el pulmón económico del castrismo, su fuente de petróleo y efectivo. Sin ese sostén, el régimen de La Habana enfrenta un vacío financiero que el propio Trump describió como “mortal”.
El nuevo enfoque republicano parece orientado a aprovechar ese colapso sin recurrir, de momento, a una invasión. “No creemos que haga falta actuar: parece que se está cayendo solo”, dijo Trump ante los periodistas.
Pero el hecho de que no descarte una acción militar —respaldado por Rubio y por el senador Lindsey Graham, quien calificó a Cuba como “la cabeza de la serpiente”— muestra que la opción de fuerza se mantiene sobre la mesa como elemento de presión.
La muerte de 32 agentes cubanos en Venezuela no solo derrumba años de negaciones del régimen de La Habana, sino que ofrece a Washington una prueba concreta de la militarización del vínculo entre ambos países.
La admisión oficial de esa presencia, aun envuelta en lenguaje heroico, reconfigura el mapa estratégico de la región: convierte a Cuba en un actor de seguridad activa dentro del conflicto venezolano, y no en un mero aliado político.
En los círculos de poder de Washington, la revelación refuerza la idea de que el eje Caracas-La Habana ya no puede tratarse como un asunto diplomático o ideológico, sino como un problema hemisférico de seguridad nacional.
El reconocimiento público del despliegue militar cubano en suelo venezolano actúa, además, como un detonante político: legitima el argumento de que la política hacia Cuba debe ser revisada y endurecida a la luz de su implicación directa en un escenario de guerra regional.
El tablero interno y la “doctrina Rubio”
La figura del secretario de Estado, Marco Rubio, emerge como arquitecto central del rediseño hemisférico.
Su influencia —amplificada por su ascendencia cubanoamericana y su visión de “democracia controlada desde la seguridad nacional”— ha transformado la retórica tradicional en un marco estratégico que combina cambio de régimen, sanciones energéticas y control de recursos.
Rubio había advertido desde diciembre que “una transición en Venezuela debilitaría fatalmente a Cuba”. Y no se equivocó: la economía cubana, sin petróleo venezolano ni margen financiero, está al borde del colapso.
Washington lo sabe, y el discurso moral de Graham, al denunciar que “Cuba ha matado sacerdotes y monjas”, podría apuntar a legitimar cualquier acción futura bajo el paraguas del humanitarismo y la justicia histórica.
En ese marco, Rubio impulsa lo que en Washington algunos asesores del Pentágono ya denominan, con ironía y precisión, la “Doctrina Donroe”: una relectura del viejo principio monroísta adaptado a la era Trump, donde “América para los americanos” se traduce en “el hemisferio para los seguros”.
Su premisa es simple: ningún Estado del continente puede ser refugio de regímenes que sostengan redes criminales o amenacen la hegemonía estadounidense bajo la coartada ideológica del socialismo.
Esta doctrina híbrida —mitad geoestrategia, mitad cruzada moral— convierte a la seguridad regional en el nuevo lenguaje de la libertad. Y en ese lenguaje, Cuba ocupa ahora el lugar simbólico que antes tuvo Irak: el epicentro incómodo que nadie en Washington descarta abordar, llegado el momento.
¿Qué vendría después?
Los escenarios en debate dentro de la administración apuntan a una transición asistida en Cuba. Washington podría intentar replicar el modelo venezolano: una figura interina “aceptable” para negociar con EE. UU., seguida de un proceso electoral supervisado.
El problema, como advirtió el analista Michael Bustamante en The New York Times, es que “Cuba no tiene una oposición orgánica visible; es un Estado de partido único en un grado que Venezuela nunca fue”.
Por ello, más que un cambio súbito, podría avecinarse una estrategia de estrangulamiento político y económico total, acompañada de un mayor apoyo a la sociedad civil y la promoción de los derechos humanos y la democracia.
Todo ello, sumado al fin del petróleo venezolano, el endurecimiento del bloqueo financiero y la erosión de la narrativa revolucionaria empujarían a La Habana hacia una crisis aún mayor de legitimidad.
En 2026, la Casa Blanca parece decidida a cerrar el ciclo que comenzó en 1959. Y si la “caída de Cuba” ocurre, como pronostica Trump, no será por una invasión clásica, sino por una combinación de asfixia económica, aislamiento diplomático y erosión interna.
Lo que Washington llama “la cabeza de la serpiente” podría estar más cerca de un hachazo de lo que La Habana imagina.
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