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Tras la captura de Nicolás Maduro y las declaraciones públicas de Donald Trump y Marco Rubio sobre Cuba, el discurso del gobierno cubano se ha endurecido visiblemente. No es nuevo, pero sí más intenso. Se habla de amenazas, de escenarios de guerra, de resistencia, de defensa de la patria. Y en ese marco vuelve a ocupar espacio central la llamada guerra de todo el pueblo, con ejercicios, entrenamientos y una preparación popular que se muestra en televisión y redes como señal de fortaleza.
La respuesta del gobierno, encabezado por Miguel Díaz-Canel y el resto de la dirigencia, ha sido claramente revanchista y defensiva: cerrar filas, alertar, preparar. Desde su lógica, es coherente. Pero una cosa es la lógica del poder, y otra muy distinta es la realidad del pueblo que recibe ese mensaje.
Y aquí hago una aclaración importante, para que no haya lecturas torcidas: cuando hablo de todo esto no me refiero a las Fuerzas Armadas profesionales. Un ejército institucional, con su formación, su disciplina y su dependencia del Estado, evidentemente se mantendrá del lado del poder. No es ahí donde pongo el foco. Mi reflexión va dirigida al pueblo, a la formación popular, a lo que se está haciendo con civiles en un contexto social extremadamente delicado.
Porque hoy el pueblo cubano no vive una épica. Vive apagones, escasez, cansancio, emigración masiva, frustración acumulada. Eso no es propaganda: es la vida diaria. Y eso se ve también en redes sociales, donde conviven todas las posturas posibles, sí, pero donde predomina un sentimiento de hastío, ironía y desencanto. No hace falta exagerar nada: basta con leer.
Es aquí donde entra la comparación, sin fantasías.
El caballo de Troya, históricamente, no fue un acto de fuerza bruta. Troya no cayó porque su ejército fuera débil ni porque los griegos entraran a la fuerza. Cayó porque introdujo dentro de sus murallas algo que creyó inofensivo, incluso beneficioso. El error no estuvo fuera, estuvo dentro. Y cuando quisieron reaccionar, ya era tarde.
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Traído al presente, el caballo de Troya no es una conspiración ni un enemigo oculto. Es una dinámica. Cuando un poder, intentando protegerse, decide militarizar al pueblo en medio de un profundo malestar social, puede estar creando sin querer un punto de quiebre. Porque movilizar a una ciudadanía cansada no garantiza lealtad. Muchas veces lo que genera es conciencia del contraste entre el discurso y la realidad.
El riesgo no está en el ejército profesional. El riesgo está en la brecha que se abre entre ese ejército cohesionado y un pueblo al que se le pide defensa mientras sobrevive con lo mínimo. Esa brecha es peligrosa porque no necesita violencia para ser decisiva. Basta un impulso. Y ese impulso no tiene que ser bélico: puede ser información, apoyo, acompañamiento, la sensación de no estar completamente solo ni atrapado.
Siempre habrá personas que apoyen al poder. Es legítimo. Cada cual elige su posición. No todos pensamos igual. Pero también es una realidad evidente que la mayoría no vive desde el control, sino desde la limitación. Y esa mayoría no está pensando en guerras ni en enemigos externos: está pensando en cómo vivir mañana.
Por eso digo que hay que tener cuidado. Militarizar al pueblo puede parecer control, pero también puede ser el error de Troya: confiar en los muros, en la disciplina y en la retórica, mientras el verdadero punto de quiebre se va gestando dentro del tejido social.
No estoy llamando a la violencia. Todo lo contrario. Una guerra entre cubanos sería una tragedia absoluta. Lo que planteo es una reflexión: la verdadera defensa de un país no se construye tensando a su gente, sino dándole horizonte, soluciones y legitimidad.
En Cuba, el mayor peligro no es una invasión ni un enemigo externo. El mayor peligro es no entender a tiempo lo que está pasando dentro. Porque cuando un pueblo deja de dormir confiado, no hace falta un asalto. A veces, basta un pequeño empujón… y las puertas se abren solas.
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