La ignorancia de Arleen: Martí fue un gran admirador de Edison y la maravilla de la luz eléctrica



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Imagen ilustrativa de Martí y Edición en los inicios de la luz eléctrica © CiberCuba - ChatGPT
Imagen ilustrativa de Martí y Edición en los inicios de la luz eléctrica Foto © CiberCuba - ChatGPT

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Cuando Arleen Rodríguez afirmó, con absoluta seguridad, que “José Martí no conoció la luz eléctrica y era un genio”, no solo evidenció una ignorancia imperdonable: insultó al propio Martí y a la inteligencia de los cubanos. En la ciudad donde vivió sus últimos años, Nueva York, prosperaba ya la luz eléctrica de Thomas Alva Edison, que el Apóstol contempló, estudió y celebró como una de las grandes maravillas de la modernidad.

La frase de Arleen y el apagón moral

¿El apagón es terrible? Bueno, José Martí no conoció la luz eléctrica y era un genio”, dijo Rodríguez, intentando minimizar las penurias de los apagones que hoy castigan a la Isla. El mensaje de fondo es transparente: si el Apóstol pudo crear en la oscuridad del siglo XIX, el cubano del siglo XXI no debería quejarse por quedarse sin corriente durante horas o días. Esa comparación, lanzada en un programa de entrevistas con Rafael Correa, llega en medio de cortes eléctricos prolongados, alimentos echados a perder y un país exhausto, y pretende convertir la resignación en virtud patriótica. El propio Correa, incómodo, la corrige con una frase que la desarma: “Pero Arleen, estamos en el siglo XXI”, recordándole que el progreso no es un lujo, sino un derecho básico de cualquier sociedad contemporánea.

El problema no es solo factual, sino ético. La periodista no se limita a equivocarse sobre un dato histórico; toma la figura de Martí, la deforma y la usa como escudo ideológico para justificar el fracaso energético de un régimen que ha sido incapaz de garantizar un servicio estable. Convertir al Apóstol en patrono del apagón, en símbolo de la aceptación estoica de la penuria, es una operación discursiva que degrada su pensamiento y consagra el atraso como norma.

Quien, en 2026, invoca a Martí para justificar apagones de 40 horas se coloca, sin pudor, del lado de la oscuridad contra la luz que Martí admiró y defendió.

Martí en Nueva York: el testigo de la luz

José Martí vivió en Nueva York, con idas y venidas, entre 1880 y 1895, precisamente cuando la ciudad se transformaba en vitrina de la modernidad eléctrica. En 1882, Edison puso en marcha en Manhattan uno de los primeros sistemas de alumbrado público por electricidad, y la metrópoli comenzó a iluminarse con lámparas incandescentes que extendían la jornada urbana más allá de la puesta de sol. Martí no fue un espectador pasivo: caminó esas calles, vio encenderse esas luces, asistió a exposiciones industriales, leyó y escribió sobre la revolución tecnológica que estaba alterando la vida cotidiana.

En sus crónicas para revistas como La América, el cubano se detuvo una y otra vez en los avances de la ciencia, con especial atención a la electricidad. No era un mero entusiasta impresionable: estudiaba el funcionamiento de las máquinas, describía sus aplicaciones, traducía el lenguaje técnico al lenguaje de la gente común sin perder precisión. La electricidad, para él, era uno de los ejes de la nueva era industrial, capaz de transformar la producción, el transporte, la comunicación y hasta la forma en que los seres humanos percibían la noche. El habanero exiliado en Nueva York fue, en este sentido, un cronista privilegiado del momento en que el mundo empezó a encenderse.

Martí y Edison: fascinación por la “hermosa luz eléctrica”

Si hay un nombre asociado a esa revolución luminosa es el de Thomas Alva Edison, y Martí lo sabía bien. En textos como “Luz Edison”, dejó constancia de su admiración por la capacidad inventiva del estadounidense y por el impacto social de sus innovaciones. Lejos de ser un desconocedor de la electricidad, Martí fue un divulgador entusiasta de las lámparas incandescentes, de las centrales generadoras y de los sistemas de distribución que empezaban a ganar espacio en teatros, bancos, talleres y calles. Escribe que la luz eléctrica de Edison “prospera y gana ciudades”, subrayando no solo la novedad técnica, sino la rapidez con que la tecnología se imponía en la vida urbana.

Su mirada sobre las máquinas de Edison combina precisión y poesía. Describe las instalaciones como aparatos “esbeltos y sencillos, a la par pesados y graciosos, como juguete de gigante”, una imagen que revela tanto conocimiento del mecanismo como sensibilidad estética ante la ingeniería moderna. No habla como quien escucha de oídas, sino como quien ha visto, preguntado, observado el detalle del engranaje. Para Martí, Edison encarna el tipo de hombre de ciencia que pone su talento al servicio de cambiar el mundo, y la electricidad es la herramienta que permite romper el límite de la oscuridad y expandir la capacidad humana de trabajar, estudiar y disfrutar.

En otras crónicas, Martí se refiere a la electricidad como fuerza central de la nueva era, aplicada a la minería, la agricultura, la medicina, la navegación y la meteorología. Llega a hablar de la electricidad como una especie de savia del mundo moderno, metáfora que hoy resuena con fuerza en un país donde la falta de corriente paraliza hospitales, industrias y hogares. Esa visión es incompatible con el intento de reducirlo a un escritor resignado a la vela y al quinqué, ajeno a la maravilla tecnológica que lo rodeaba.

La idea eléctrica: ciencia, dignidad y futuro

La relación de Martí con la ciencia no fue decorativa. En sus textos de La América se esboza una filosofía de la técnica que la concibe como instrumento de emancipación y no de opresión. Para él, el progreso científico debía servir a “los pobres de la tierra”, elevar su nivel de vida, abrirles acceso a la educación, al conocimiento, al bienestar material. La electricidad, en ese programa, representa la posibilidad de iluminar escuelas, hospitales, talleres, campos; de extender el tiempo útil del día y de hacer más segura y productiva la existencia.

Esa “idea eléctrica” atraviesa su pensamiento: la luz no es solo un fenómeno físico, es una metáfora de claridad moral, de transparencia política, de apertura al futuro. Que hoy se invoque su nombre para normalizar la oscuridad resulta, por tanto, doblemente ofensivo. No es solo que históricamente sea falso afirmar que Martí no conoció la luz eléctrica; es que se utiliza al Apóstol para predicar el estancamiento tecnológico, la resignación ante la precariedad y el elogio del atraso.

Mientras Martí celebraba cada avance técnico que acercaba a América a los niveles de desarrollo de las potencias industriales, el discurso oficial contemporáneo parece empeñado en convertir la carencia en virtud y en llamar “resistencia” a lo que muchas veces es simple incompetencia. En el pensamiento martiano, la ciencia y la técnica son aliadas de la libertad; en el relato de Arleen, se insinúa que no son tan necesarias, que se puede prescindir de ellas si hay “genialidad” y sacrificio. Es una inversión completa del sentido original.

La ignorancia de Arleen y la traición a Martí

La frase de Arleen Rodríguez no es un desliz aislado, sino síntoma de una cultura oficial que manipula la historia para sostener un presente indefendible. Presentar a Martí como un genio sin luz eléctrica sirve para enviar un mensaje político: si el más grande de los cubanos pudo vivir sin corriente, el ciudadano de hoy no tiene derecho a exigirla. La ignorancia factual —negar que el Apóstol conoció, describió y celebró la electricidad— se convierte así en herramienta de control social.

Pero esa narrativa tiene un coste alto: distorsiona la figura de Martí hasta hacerla irreconocible. El hombre que se emocionó ante la “hermosa luz eléctrica” de Edison y que vio en la ciencia un camino para la dignificación de los pobres no puede ser usado como coartada para mantener a un país entero en la oscuridad física y simbólica. Al reducirlo a un santo de la penuria, el discurso oficial traiciona su legado modernizador y su fe en el progreso.

Si algo deja claro la lectura honesta de sus textos es que Martí quería para Cuba un futuro luminoso, en el sentido más literal y más profundo del término. Quería escuelas con luz, talleres con máquinas, ciudades vivas de noche, campesinos con acceso a la técnica, pueblos enteros conectados a las corrientes de la ciencia universal. Quien, en 2026, invoca su nombre para justificar apagones de 40 horas no solo yerra en el dato: se coloca, sin pudor, del lado de la oscuridad contra la luz que Martí admiró y defendió.

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Luis Flores

CEO y cofundador de CiberCuba.com. Cuando tengo tiempo escribo artículos de opinión sobre la realidad cubana vista desde la perspectiva de un emigrante.






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